- Por Juan Carlos Dos Santos G.
- juancarlos.dossantos@nacionmedia.com
La política exterior paraguaya ha ingresado en una dimensión que hasta hace pocos años parecía reservada únicamente para las grandes potencias. El viaje del presidente Santiago Peña a Taiwán y posteriormente a Filipinas no fue una simple agenda diplomática ni una gira comercial de rutina. Fue, en esencia, una declaración geopolítica en uno de los escenarios más tensos del planeta: Asia Oriental.
Durante décadas, Paraguay observó desde la distancia los grandes conflictos internacionales, limitado muchas veces por su condición mediterránea y por una diplomacia tradicionalmente cautelosa. Sin embargo, el nuevo contexto global obliga a redefinir posiciones. Y Peña parece haber entendido que en el siglo XXI la neutralidad absoluta puede equivaler a la irrelevancia.
La visita a Taiwán ya representaba, por sí sola, una señal de enorme peso estratégico. Paraguay es el único país sudamericano que mantiene relaciones diplomáticas plenas con Taipéi, una postura que históricamente ha provocado la irritación de Beijing. Pero el paso posterior por Manila elevó el mensaje a otro nivel. Allí, el mandatario paraguayo no solamente consolidó vínculos económicos con Ferdinand Marcos Jr.; también se posicionó, de manera indirecta, dentro del eje que busca preservar el equilibrio de poder frente al avance de la influencia de China en el Indo-Pacífico.
En este complejo tablero, tampoco el acercamiento a Japón es casual. Tokio actúa hoy como el ancla de estabilidad y el principal promotor de un “Indo-Pacífico libre y abierto”, una visión a la que Asunción parece querer suscribirse para ganar una espalda política que antes no tenía.
El Mar de China Meridional ya no es apenas un conflicto regional. Es el corazón de la disputa global por el comercio, la tecnología y el equilibrio militar del siglo XXI. Por esas aguas circula una parte sustancial de la economía mundial, mientras China expande bases, construye islas artificiales y presiona territorialmente a sus vecinos. Filipinas decidió abandonar la ambigüedad y plantar resistencia. Japón reforzó su cooperación militar. Taiwán vive bajo amenaza constante. Y ahora Paraguay aparece orbitando alrededor de ese bloque estratégico.
Para algunos críticos, esta postura podría parecer arriesgada. Después de todo, China representa una potencia económica gigantesca y un mercado capaz de seducir a cualquier nación en desarrollo. La presión de Beijing sobre Asunción no es nueva. Cada tanto, la diplomacia china recuerda que Paraguay debe “adaptarse a la tendencia histórica”. El gran desafío para el Ejecutivo será demostrarle al sector productivo nacional, especialmente al agro, que la lealtad a este eje democrático es capaz de generar inversiones y aperturas técnicas que compensen la ausencia de relaciones directas con el gigante continental.
La pregunta de fondo es si Paraguay debe sacrificar sus principios y alianzas estratégicas únicamente por una promesa comercial. Peña parece responder que no. Y esa decisión tiene implicancias mucho más profundas de lo que aparenta.
La actual agenda internacional paraguaya intenta construir una imagen distinta para el país: la de un actor pequeño, sí, pero confiable; una nación capaz de integrarse a las cadenas de seguridad alimentaria y cooperación política de las democracias asiáticas. Paraguay ofrece carne, energía y estabilidad institucional en una región marcada por la incertidumbre. A cambio, busca inversiones, tecnología y respaldo internacional.
La gira presidencial demuestra que Asunción comprende que la política internacional ya no se divide solamente entre izquierda y derecha, sino entre democracias abiertas y sistemas autoritarios cada vez más agresivos. El acercamiento simultáneo a Taiwán, Filipinas y Japón refleja una lectura estratégica clara: el mundo está entrando en una etapa de competencia global donde los países deberán definir con quiénes comparten valores, intereses y visión de futuro.
Peña asumió un riesgo calculado. Decidió mover a Paraguay fuera de la comodidad diplomática para insertarlo en la conversación global más importante de nuestro tiempo. La geopolítica demuestra una y otra vez que no siempre son los gigantes quienes terminan influyendo en la historia; a veces, basta con dejar de ser un espectador para empezar a jugar en el tablero.

