- Por Gabriela Teasdale
- prensa@liderazgo.com.py
- Presidenta de Transformación Paraguay
La sociedad paraguaya se ha despertado últimamente con noticias que no solo duelen, sino que aterran por su carga de agresividad gratuita. Desde el trágico desenlace de un altercado entre un conductor y un pasajero de plataformas de transporte hasta la indignante vulneración física sufrida por un joven con discapacidad cognitiva en el ámbito escolar, estos hechos nos enfrentan a una realidad innegable. No son eventos aislados, sino los síntomas visibles de una pérdida de autocontrol y de una erosión de los principios que nos permiten convivir en armonía.
Es imperativo que como sociedad dejemos de mirar exclusivamente hacia afuera para buscar culpables y pongamos la lupa sobre nosotros mismos. Detrás de cada explosión de violencia, detrás de cada joven impulsivo o adulto desbordado, suele habitar una historia de carencias emocionales y de espejos rotos. La crispación que presenciamos en la actualidad es el eco de lo que las nuevas generaciones están viendo y escuchando, tanto dentro como fuera de sus hogares, en un entorno que muchas veces premia la reacción inmediata sobre la empatía.
En un mundo que nos empuja hacia lo superficial, hemos descuidado la atención y el tiempo de calidad. Muchos niños y adolescentes crecen en una soledad acompañada por pantallas que, con frecuencia, difunden contenidos que deshumanizan. Aquello que compartimos en redes sociales o los mensajes que circulan en WhatsApp –y que a veces permitimos bajo el disfraz del humor– suelen ser vehículos de antivalores que contaminan el pensamiento, atentan contra la dignidad y borran la línea ética entre lo que es correcto y lo que nos daña.
Resulta vital rescatar la sabiduría de Gandhi al advertirnos que debemos cuidar nuestros pensamientos porque se convertirán en nuestras palabras, cuidar nuestras palabras porque se convertirán en nuestros actos, cuidar nuestros actos porque se convertirán en nuestros hábitos, cuidar nuestros hábitos porque se convertirán en nuestro carácter y cuidar nuestro carácter porque se convertirá en nuestro destino. Si el interior se nutre de intolerancia o de una exposición constante al conflicto, esa es la realidad que terminaremos proyectando en nuestros vínculos con los demás.
Las tensiones que observamos, reflejadas en fracturas familiares, intolerancia ciudadana y acoso escolar, son el resultado de haber cruzado los límites de lo admisible. Hemos descuidado la gestión de nuestras emociones y olvidado que detrás de cada desborde hay una persona lastimada que, al no encontrar las herramientas para procesar su propia frustración, termina dañando a otros. Es un círculo de dolor donde la herida interna se convierte en una agresión externa.
Hago un llamado a los padres para realizar una autoevaluación profunda. El liderazgo en el hogar no se ejerce con el grito, pero tampoco puede sostenerse desde la ausencia o la falta de tiempo para conectar y conversar. Esta falta de cercanía deja a los hijos desprotegidos frente a las influencias del entorno. Lo que se alimenta en casa se traslada a la escuela y, finalmente, se manifiesta en la convivencia nacional. Es un movimiento que nace en el núcleo más íntimo y se expande hacia lo colectivo. Si anhelamos un Paraguay distinto, debemos comprender que la transformación no vendrá desde afuera, sino que comienza con una cosecha consciente en nuestro propio interior.

