- Ricardo Rivas
- Periodista
- X: @RtrivasRivas
- Fotos: Gentileza
Destino aplica para significar a una fuerza desconocida (para muchos y muchas inexistente) que, como hado o sino ordena lo que acontece, lo que aconteció o, más aún, aquello que habrá de acontecer.
Rara palabra es… destino. Polivalente, si se quiere. Con frecuencia como sustantivo que la aplicamos para referirnos a un punto de llegada. Con el vocablo destino también es posible significar una posición laboral. “El destino quiso que me destinaran aquí”, es un decir popular de aquellas y aquellos que –dentro de una misma organización– cambian de puesto de trabajo.
Destino aplica además para significar a una fuerza desconocida (para muchos y muchas inexistente) que, como hado o sino ordena lo que acontece, lo que aconteció o, más aún, aquello que habrá de acontecer. Curioso. La primera vez que tuve ante mis ojos aquel barco majestuoso fue cuando sobrevolaba a bordo de un helicóptero privado el mar que circunda la Antártida.
El color azul eléctrico de su casco me atrapó. El fuerte contraste con el blanco del resto de la embarcación hizo impacto en mis pupilas y lo grabó –ahora sé que para siempre– en mi memoria. Navegaba suave y sereno. Por momentos los reflejos que disparaba el sol cuyos rayos daban contra los hielos impedía verlo con claridad.
Sin embargo, lo seguimos y, en mi caso, lo grabé con el celu. Días más tarde de aquel avistamiento, de regreso en Río Grande, la ciudad más poblada de la provincia argentina de Tierra del Fuego y en viaje hacia Ushuaia –durante un alto en el camino en el pueblo de Tolhuin– un turista nórdico con el que compartí imágenes antárticas me mostró una vez más aquel navío aunque, en este caso, parecía estar fondeado frente a un témpano gigante que superaba holgadamente sus dimensiones.
COSAS DEL DESTINO
A cambio de mi grabación de video y algunas pintas de cerveza, el bueno de Björn Leif –que así dijo llamarse– me regaló aquella foto. Cosas del destino. “Tengo el triste deber de informarles que uno de nuestros pasajeros falleció repentinamente anoche. Por trágico que sea creemos que se debió a causas naturales. Además, según me informó el médico, los problemas de salud que padecía no eran contagiosos, por lo que el barco está a salvo en ese sentido. Por supuesto, es una circunstancia muy, muy triste que afectará nuestras operaciones y…”, dijo con voz profunda Jan Dobrogowski, el capitán del MV Hondius, un crucero antártico hasta ese momento desconocidísimo para las audiencias de nuestra tan maltratada aldea global.
El silencio a bordo era casi total. Solo las miradas de las unas y de los otros iban de un lado hacia otro para, finalmente, clavarse contra el piso. Tal vez, era el 11 de abril. “Estamos en medio del Atlántico –continuó y precisó el veterano marino que confirmó con sus palabras lo que todos y todas imaginaban– solo podemos ir a unos pocos lugares (que) están en nuestro itinerario (pero) esto es secundario”. Más silencios.
El capitán Dobrogowski recuperó la palabra para decir lo que nadie quería escuchar. “En fin, el barco está a salvo. Este señor, lamentablemente, falleció por causas naturales y, como les decía, hacemos todo lo posible para continuar de manera segura y digna”. Atrás –muy atrás– quedó el primero de los días de abril y Ushuaia cuando se produjo la zarpada.
También los deseos comprados (y frustrados) del pasaje de conocer las islas Georgias del Sur, las Malvinas y los témpanos monumentales que se desplazan en torno del Continente Blanco. El buque se acerca a isla de Tristan da Acunha. Muy alta. El poblado se asienta sobre la cima de un milenario volcán. Por debajo de la línea de flotación del MV Hondius, se estima que hay entre tres mil y cuatro mil metros de profundidad hasta llegar al lecho marino.
MISTERIOSO Y FRÁGIL
Suena y resuena la voz profunda de Jan. “El barco está a salvo”. ¿Nos recibirán? Ese es el más relevante de los pensamientos del comandante, la tripulación, sus pasajeros y pasajeras. Cosas del destino. La Antártida es un continente tan atractivo como misterioso y frágil. En los últimos años pareciera ser tendencia.
Hasta algunas bandas musicales buscan ese destino como escenario. Los Nunatak Survey –científicos británicos que trabajan en la estación Rothera del British Antarctic– en 2007 lo hicieron. Los músicos argentinos Omar Garayalde y Walter Slongho con Los Tolva, en 2011, hicieron jazz, tango y rock en la Base Marambio.
Metallica, el 8 de diciembre de 2013, en la Base Científica Carlini, ofrecieron “Freeze em all”, un concierto silencioso histórico que quienes asistieron lo disfrutaron con auriculares “para no dañar el ecosistema”, me explica telefónicamente Luisina M., estudiante avanzada de periodismo que trabajó más de cuatrocientos días allí.
Curiosidades. Varias fuentes coincidentes aseguran que, en el transcurso de la temporada que corrió entre octubre de 2024 y abril de 2025, entre ochenta mil y cien mil turistas se acercaron a ese continente y navegaron sus costas.
Algunas personas, a bordo de gomones tipo Zodiac –cuando la meteorología lo permitió– desembarcaron para caminar sobre el hielo y la nieve, observar la fauna (pingüinos, lobos y elefantes marinos, algunas aves como los Skuas) y, tal vez, visitar alguna base científica.
Cuerpo y alma de cada visitante son arrollados por las sensaciones. Asumir que con cada paso pisamos una superficie apoyada sobre una masa de hielo que en promedio tiene dos mil quinientos metros de grosor abruma. Respirar aquel aire que inevitablemente es posible imaginarlo como muy parecido al que algunos seres vivos –ningún homínido– inhalaron miles de años atrás, estremece. Cada uno de mis días recuerdo mis vivencias antárticas.
El ruidoso silencio… Sé de qué se trata. Sin ser turista, desde el 15 de noviembre último (176 días atrás) con Daniel Bertagno, un querido amigo-hermano y colega periodista convivimos 35 días en Marambio, poco más de 4.300 kilómetros al sur de mi querida y cálida Asunción.
Por entonces, en largas sobremesas supimos que las corrientes turísticas “posiblemente crezcan exponencialmente” en tiempos cercanos. No falta mucho hasta el próximo noviembre, que es el mes en que cada año comienza el movimiento turístico intenso para saber si será así.
NIEVES ETERNAS
“No son excursiones económicas”, apuntaron varios interlocutores. Pero… La amenaza cierta de que los efectos nocivos que el cambio climático habrá de generar en el “fin del mundo” y que estos serán irreparables, hace que no sean escasas las personas que, desde el tremendismo y (¿por qué no decirlo?) el desconocimiento quieren ver las majestuosas –pero sensiblemente disminuidas– nieves eternas antes de que desaparezcan.
Estudios científicos serios coinciden en señalar que, como consecuencia del calentamiento global, la situación tendrá un punto de inflexión cerca de 2060. Para entonces, sostienen las y los que saben, la reducción de los hielos marinos y terrestres podría devenir en tragedia. Aunque millones no lo crean, esa catástrofe podría suceder. Unos sesenta buques navegan en las aguas de ese tan sensible ecosistema entre los meses de octubre y abril de cada año.
Muy probablemente la mirada del comandante Jan –sumido en un profundo silencio– esté fija en el horizonte. “El barco está a salvo”. Pero a su buque no lo quieren recibir. Se habla de cuarentenas. De burbujas sanitarias. Al parecer tres pasajeros a su cargo –a bordo o después de desembarcar– fallecieron infectados con hantavirus.
En la mesa de un bar establecido en la zona portuaria de Ushuaia me cuenta un colega periodista, cuya identidad preservaré, alguien –con impronta de resignación y conocedor de historias tan parecidas a la que transita el MV Hondius– asegura que “situaciones como estas se repiten en los mares”.
Dice recordar que, en 1720, el capitán Jean-Baptiste Chataud fue encerrado hasta el mes de setiembre de 1723 en el famosísimo Castillo de If (¿estuvo allí alguna vez prisionero el conde de Montecristo?) porque se lo responsabilizó de propagar la que se conoce como gran peste de Marsella.
EL BARCO DE LA MUERTE
Incierto. Pero sostiene que aquello sucedió cuando su barco, el Grand-Saint-Antoine, regresaba de Siria y el Líbano cargado de sedas y telas, descargó aquel valioso alijo en aquel puerto. Cosas del destino, alguien podría decir. Reviso viejos diarios digitalizados. F. G. K. Cheret comandaba el vapor inglés Demerara cuando el 25 de setiembre de 1918 arribó al puerto de Buenos Aires con 562 pasajeros y 170 tripulantes.
Había zarpado de Liverpool el 13 de agosto de ese año. Hizo escalas en Lisboa y Recife. Con su llegada se disparó en la capital argentina un brote letal de gripe española. Quince mil víctimas fatales. Por entonces, al Demerara se lo mencionaba como “el barco de la muerte”.
En 2020, cuando la pandemia del covid, otros dos capitanes –An Jan Smit y Werner Timmers– comandantes respectivamente de los cruceros MS Zaandam y Rotterdam, con pasajeros sintomáticos a bordo ambos navegaron largas semanas por el Pacífico sin que, en ningún puerto, se los autorizara a ingresar.
Cosas del destino. Las horas y los días pasan sin piedad para quienes con incertidumbres navegan. Gemini me actualiza. El MV Hondius “se encuentra navegando por el Atlántico Norte, frente a las costas del África Occidental”. En Praia, Cabo Verde, no le permitieron ingresar. Puso proa a las islas Canarias. El próximo intento será en el puerto de Santa Cruz de Tenerife a donde –quizás– arribe este domingo cerca del mediodía.
OPERATIVO
Tal vez allí, sus pasajeros y tripulantes puedan recibir atención médica y cuidados. Desembarcarán en lanchas. España coordina con un total de veintidós países las repatriaciones de quienes no son españolas o españoles. Compleja operación. La Organización Mundial de la Salud (OMS) –agencia de las Naciones Unidas (ONU)– reporta cinco casos de contagio de hantavirus confirmados y tres sospechosos. La palabra destino con todos sus sentidos pesa fuerte al momento de escribir esta historia.
“Contra el destino nadie batalla…”, canta Gardel cuando interpreta “Adiós, muchachos”, aquel tangazo que César Vedani y Julio Sanders compusieron en 1927. Las imágenes antárticas regresan a mí. Majestuosa. Serena. La poderosa proa del crucero antártico uno a uno aparta o quiebra los bloques de hielo flotantes.
“El mar del Weddell se descongela lentamente”, me dijo un veterano antártico. Vibran mis oídos todavía junto con las paredes metálicas del hangar de la Base Marambio. Había pasado una quincena desde que llegamos para permanecer allí solo treinta y seis horas, cumplir con una misión académica, regresar al continente y dejar atrás la Antártida.
Pese a ello, supimos luego que una veintena de días más pasarían (hasta el 20 de diciembre) para volver. El fin del invierno y la inevitable llegada del verano todavía era onírica. Aun así, los indicios previos aplican. La diurnidad no se da por vencida. “Atardecer permanente”, cuando finaliza cada jornada de trabajo, fue la poética descripción que de ese momento increíble realizara por aquellos días el querido amigo Juan, el jefe de la base.
BIEN PRECIADO Y DESEADO
Con diversa intensidad la luz siempre está. Aprendimos que la oscuridad también puede ser un bien preciado y deseado. Carecer de ella desorienta. Los dos ruidosísimos y veteranos Bell 212 saturan el tan silencioso ecosistema antártico. Los SKUAS (nombre clave del escuadrón de helicópteros) volaron. Tienen una misión para cumplir. El clima no ayuda. Transitoriamente se abrió una “ventana meteorológica”. Así podría permanecer las próximas ocho horas. Parten. Los vemos volar.
Por sobre los dos Bell nubes muy bajas parecen querer aplastarlos contra ese poco espacio de agua que la banquisa liberó a la hora de iniciar el inevitable repliegue veraniego. No es tiempo lo que sobra. Saben (y sabemos) que el mar –ese mar increíblemente azul– está casi congelado.
“Dos grados negativos”, reportó un observador meteorológico cuando pregunté por la temperatura del agua. Solo con los auriculares conectados y los intercomunicadores muy cerca de los labios es posible dialogar a bordo. Con un leve toque en el hombre izquierdo y un dedo índice apuntando hacia abajo alguien llama la atención de un camarada. Breve búsqueda para hacer foco sobre el mismo objetivo.
ESPECTÁCULO
El casco azul oscuro de un crucero con el resto de su estructura en refulgente color blanco asombra tanto por su magnificencia como por la serenidad con que la nave se desplaza cuidadosamente alejada de los eisbank, como llaman en lengua alemana a los bancos de hielo. Es para observar y disfrutar del espectáculo.
Ingresa en una zona sembrada de bloques congelados. Los helicópteros se acercan. La luz del sol rebota contra esa estructura naval. El azul vira a una tonalidad tan oscura que parece negro. Esa enorme postal de la nave en movimiento en segundos queda atrás. ¡Fantástico! La Base Esperanza ya estaba a la vista.
Un grupo de sus habitantes finalizan la invernada. No hay demasiado tiempo. Tendrán que instalarse en Marambio para esperar la llegada del Hércules que los lleve a casa. El clima adverso se aproxima. Es el último vuelo de una serie de ocho que se realizaron aquel día desde poco antes de que se inicie la mañana entre las dos unidades militares.
Solo el miércoles último tres fuentes de alta confianza con las que consulté me confirmaron que “sí, aquel barco era el MV Hondius”. El destino, que así lo quiso, cambió aquella serenidad majestuosa por tragedia y frustración.

