- Marcelo Pedroza
- Psicólogo y magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
Agustín de Hipona en su obra Confesiones, en el libro XI, se pregunta ¿Qué es el tiempo? y a continuación expresa “sé bien lo que es, si no se me pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Pero me atrevo a decir que sé con certeza que si nada pasara no habría tiempo pasado. Y si nada existiera, no habría tiempo presente. Pero esos dos tiempos, pasado y futuro, ¿cómo pueden existir si el pasado ya no es y el futuro no existe todavía?”.
El tiempo puede ligarse a la conciencia humana. Vivimos el presente aunque el devenir constante nos enseña que vamos narrando el paso existencial y en ese andar lo vivido se constituye en pasado y lo anhelado habilita el mundo de los sueños, de las metas, de lo que vendrá, dando paso al futuro. Lo expuesto habita en la mente.
San Agustín, quien nació en Tagaste, Argelia, en el año 354 y murió en Hipona, Argelia, en el año 430, también escribe “en cuanto al presente, si siempre fuera presente y no se convirtiera en pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Luego, si el presente para ser tiempo es preciso que deje de ser presente y se convierta en pasado, ¿cómo decimos que el presente existe si su razón de ser estriba en dejar de ser? No podemos, pues, decir con verdad que existe el tiempo sino en cuento tiende a a no ser”.
Volvamos a la conciencia. En ella reside la memoria, vibra el futuro como expectativa y se activa la atención para darle paso al presente. Para San Agustín, que fue un escritor, filósofo y teólogo cristiano, el alma es una especie de “distensión” temporal, un despliegue interior donde la conciencia se extiende entre lo que recuerda, lo que percibe y lo que espera.
Desde esta perspectiva, el pensamiento tiene una relación esencial con el tiempo. Pensar ocurre siempre en el presente. Incluso cuando recordamos el pasado o imaginamos el futuro, el acto mismo del pensar acontece ahora. La memoria revive el pasado desde el presente; la imaginación proyecta el futuro desde el presente. Nunca abandonamos el instante actual de la conciencia.
El pensamiento parece así poseer una estructura paradójica, la que está situada en el tiempo y que, por otro parte, trasciende las divisiones temporales al reunir pasado, presente y futuro en un único acto consciente.
En cierto sentido, el pensamiento humano está sujeto al tiempo porque fluye, cambia, olvida, anticipa y se transforma. Cada pensamiento particular nace y desaparece. Lo pensado se convierte rápidamente en recuerdo. Incluso nuestra identidad psicológica, constituida por la conducta, las habilidades, las creencias y la imagen de sí mismo, cambia constantemente.
Es que tanto la búsqueda como el descubrimiento están asociados a toda la vida, y desde esta mirada, el pensamiento participa de la temporalidad y de la finitud.
San Agustín percibe algo más profundo, hay en la conciencia humana una aspiración hacia lo eterno. El ser humano puede pensar verdades que no cambian, (aquí la notable línea histórica que lo une con el pensamiento platónico), como la justicia, el bien, las proporciones matemáticas; incluso la idea misma de eternidad, a la que considera como ausencia de sucesión. De ahí su famosa intuición, si el presente no pasara, no sería tiempo, sino eternidad.
La conexión entre pensamiento, tiempo y persona es inseparable. La memoria construye la identidad personal, la atención al presente permite la experiencia consciente y la anticipación imaginaria abre un mundo de proyectos y esperanzas. La mente es la que articula estas dimensiones y hace posible la unidad del yo a través del tiempo.

