- POR DAIANE NEUTZLING
- POR ANAUYLA BATISTA
- ProfesorasdelaFDC,Brasil
Durante años, las grandes empresas en América Latina han repetido el mismo discurso: apoyar a las pequeñas empresas es importante. Sin embargo, en la práctica, estas continúan al margen de las cadenas de valor.
La contradicción es evidente. Aunque las micro y pequeñas empresas representan más del 80 % del tejido empresarial y son responsables de una parte significativa de la generación de empleo y del desarrollo local en todas las regiones, siguen operando en paralelo a las cadenas de valor de las grandes empresas.
En busca de respuestas más concretas, la Fundação Dom Cabral llevó a cabo, en 2025, el estudio “Potencia en la Cadena de Valor: Cómo las grandes empresas pueden generar valor junto con las Micro y Pequeñas Empresas”. La investigación analizó a más de 50 grandes empresas brasileñas e incluyó entrevistas en profundidad con ejecutivos de diversos sectores.
Los resultados muestran un patrón que puede interpretarse no solo como una realidad de Brasil, sino también de otros países de América Latina: las micro y pequeñas empresas (MPE) continúan prácticamente invisibles en las estrategias corporativas, apareciendo como una excepción –sin metas, sin indicadores y sin una integración real con áreas clave como compras, sostenibilidad e innovación–. El problema, por lo tanto, no es la falta de iniciativas. Es algo más estructural: la manera en que se han concebido las cadenas de valor.
Las grandes empresas operan bajo una lógica deeficiencia que prioriza a pocos proveedores, generalmente grandes y estandarizados, que ofrecen bajo riesgo en términos de cumplimiento normativo. Esta lógica tiene sentido desde el punto de vista financiero, pero acarrea un efecto colateral relevante: reduce la diversidad de la base de proveedores y limita el potencial adaptativo de la cadena. Las micro y pequeñas empresas ofrecen algo que los grandes proveedores difícilmente pueden replicar: capilaridad territorial, conocimiento local y capacidad de adaptación rápida. Son estos atributos los que marcan la diferencia en contextos de crisis.
En la práctica, muchas empresas enfrentan problemas operativos precisamente por no contarcon proveedores locales. Importan soluciones que podrían resolverse a pocos kilómetros de distancia, pierden agilidad logística y aumentan los costos, especialmente en escenarios de inestabilidad climática, rupturas en la cadena o choques de oferta.
Además, gran parte de las soluciones adaptadas al contexto local, ya sea en logística, servicios o producción, surge precisamente de pequeños negocios insertos en el territorio. Ignorarlos implica renunciar a una innovación basada en el uso, la proximidad y la experimentación. Es decir, excluir a los pequeños no solo es injusto. Es estratégicamente ineficiente.
No obstante, se observa un cambio de paradigma encurso. Especialistas e investigadores en las áreas de gestión de cadenas de suministro y de valor refuerzan la idea de que la competitividad sostenible (es decir, de largo plazo) depende de una colaboración activa con los negocios locales y con potenciales socios, especialmente proveedores de insumos y servicios. Pero, entonces, ¿qué es lo que funciona?
En primer lugar, adaptar las reglas del juego. No se trata de flexibilizar los estándares, sino de hacerlos proporcionales. Procesos simplificados, exigencias escalonadas y un lenguaje accesible pueden marcar la diferencia entre la inclusión y la exclusión.
En segundo lugar, ofrecer un apoyo real. La capacitación práctica, el acompañamiento técnico y el acceso facilitado al crédito son condiciones básicas para que los pequeños negocios puedan operar conforme a las exigencias de las grandes empresas.
En tercer lugar, modificar los incentivos internos. Mientras las áreas de compras sean evaluadas únicamente por el costo y la eficiencia de corto plazo, la inclusión de pequeños proveedores seguirá siendo marginal. Es necesario incorporar indicadores claros, como las compras locales o el desarrollo de proveedores.
Y, en cuarto lugar –quizás lo más importante–, tratar este tema como una estrategia y no como filantropía. Un error recurrente consiste en posicionar la inclusión productiva como una agenda social. Esto la vuelve frágil y dependiente de proyectos puntuales y de liderazgos individuales, cuando en realidad debería situarse en el centro de la estrategia empresarial.
Porque la evidencia es clara: las empresas que integran a pequeños proveedores construyen cadenas más resilientes, innovadoras y conectadas con el territorio. En un contexto de creciente incertidumbre –climática, económica y social–, depender de redes diversas y locales no es solo deseable; es un factor crucial para la sostenibilidad competitiva.

