• Dr. José Duarte Penayo
  • Filósofo
  • Presidente de la ANEAES

Con gran interés pude leer dos artículos del politólogo Guzmán Ibarra publicados recientemente. Me refiero a “El horror al vacío: la física de la política colorada” y “El 2028 empezó ayer. Cambio de piel en el poder”, los cuales abordan cuestiones fundamentales para entender el funcionamiento de la democracia paraguaya, como la naturaleza institucional del coloradismo, el modo en que se procesa la rotación de élites, la relación entre liderazgo partidario y poder estatal, así como la persistente incapacidad de la oposición no colorada para constituirse en alternativa real.

El trabajo de Ibarra merece reconocimiento por abordar estas temáticas con marcos de ciencia política y sin reducirse a la denuncia moral, algo infrecuente en el debate público paraguayo.

Su descripción de la ANR como partido predominante en sentido sartoriano –que gana elecciones sucesivas donde la alternancia no es frecuente– resulta plausible, y su imagen del partido como “cementerio de movimientos” que trasciende a sus corrientes internas comprende lo que cabría llamar la carne de lo institucional: una materia organizada que muta de forma sin perder sustancia.

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También captura con precisión la orfandad propositiva de una oposición que contempla desde la periferia un teatro político que ocurre intramuros.

Conviene precisar; no obstante, su afirmación de que la rotación de élites se procesa exclusivamente dentro del coloradismo: durante la democracia paraguaya sí han ocurrido alternancias a nivel subnacional y nacional, como el triunfo de Lugo en 2008, por lo que la predominancia colorada es real pero no equivale a un monopolio político.

El fenómeno no es la ausencia de otros actores, sino que la ANR se erige como la única arena de disputa más importante, con un arraigo, rituales y procedimientos claros .

Sin embargo, el problema predominante en el campo opositor no es propiamente electoral, dado que ha ganado elecciones y gobernado. Es más bien organizativo, en el sentido de no haber logrado construir un espacio político alternativo al coloradismo con la densidad institucional necesaria para sostenerse en el tiempo.

Los fracasos recurrentes dan muestra de dicha característica: la Alianza Patriótica que no sobrevivió a sus tensiones internas viéndose quebrada por dentro con la destitución de Fernando Lugo (2012) de mano de sus otrora aliados; las Concertaciones de 2013, 2018 y 2023 que se disolvieron tras los comicios sin el más mínimo intento de consolidarse como espacios políticos permanentes; el auge y declive del Frente Guasu que nunca alcanzó implantación territorial real y que decayó casi al nivel de extinción tras la enfermedad de Lugo, que lo obligó a apartarse definitivamente de la militancia política; las permanentes vacilaciones del Partido Liberal Radical Auténtico, que oscila entre el rol de socio menor en alianzas ajenas y un proyecto propio carente de densidad programática.

Esta dimensión organizativa bajo análisis permite además releer críticamente el diagnóstico fallido compartido por buena parte de la transitología paraguaya, desde Benjamín Arditi en Adiós a Stroessner, con su tesis del paso “del granito al archipiélago” hasta Carlos Martini con Víctor-Jacinto Flecha en Historia de la Transición, que leyó la fragmentación interna colorada como signo de su debilidad terminal. Fernando Martínez Escobar, más recientemente, propone una lectura alternativa esclarecedora, en la que afirma que dicha “correlación de debilidades” no representó una disolución, sino una reorganización funcional que actuó como vector de estabilidad para el sistema democrático paraguayo.

El recurso al horror vacui aristotélico para explicar la dinámica colorada presupone una totalidad cerrada donde el vacío es inadmisible, pero si el partido funciona, como afirma Ibarra, como un “cementerio de movimientos”, el vacío no es la anomalía sino el mecanismo regular de reorganización.

Paradigmas premodernos de centros fijos y órbitas estables resultan inadecuados para un partido cuya eficacia reside justamente en la disputa permanente por el centro mismo. Marcos como la termodinámica de Prigogine, donde los sistemas lejos del equilibrio saltan a nuevos estados de orden, o la descorporización del poder de Lefort, donde ningún ocupante llena el lugar vacío de modo definitivo, comprenden con mayor fidelidad lo que ocurre: cada agotamiento de un movimiento dominante y cada emergencia del siguiente reproducen, a escala faccional, una lógica donde el poder se administra sin un cierre último.

Mi distancia más sustantiva con Ibarra está en cómo interpretar los signos del momento Cartes-Peña. La interpretación que presenta –el presunto agotamiento de la narrativa del “gigante dormido”, la “economía de guerra”, los compromisos incumplidos con acreedores domésticos– merecen atención, pero la pregunta es si obligan a leer un fin de ciclo indefectible o si admiten otra lectura.

Por mi parte, considero que el momento actual se entiende mejor como un ensayo de articulación política cuya fuerza posible solo el tiempo determinará, antes que como un agotamiento consumado.

Lo que el movimiento Honor Colorado introduce no es la fusión partido-Estado al estilo PRI mexicano, sino una diferenciación funcional cercana a la que planteaba David Easton: el partido como canal de demandas sociales y el Estado como procesador de políticas públicas, sin que ninguno capture al otro.

La hegemonía colorada, por lo tanto, no se clausura sino que se regula, y esa regulación, que los artículos describen en términos de crisis y que aquí son leídas como funcionamiento, constituye la verdadera novedad del actual momento paraguayo, caracterizado por un sistema donde el vacío es un mecanismo concreto, donde la diferenciación entre partido y Estado opera como diferenciación funcional y no como tensión, y donde la oposición tiene por delante el desafío de aprender, finalmente, que la unidad puede ser resultado de la acción política en disputa y no su premisa previa.

Estas regularidades no son leyes de hierro de ningún tipo, sino que obedecen a una determinada estructura social que se encuentra en transformación, por lo que la incógnita está abierta a irrupciones que instauren nuevas coyunturas donde el sistema político mismo, con sus reglas formales e informales, pueda cambiar y poner a prueba la histórica adaptabilidad del coloradismo.

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