• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Empezaré este artículo en el mismo lugar donde había concluido el anterior: la Asociación de Jinetes Republicanos “Marca a la Derecha” estaba pensando en proponer a don Pelagio Redomón para la precandidatura a la Vicepresidencia de la República.

Ya que estamos. El amigo es guapo para el arreo, la doma y la sortija. No había cimarrón que le aguante. En su juventud fue guaino de 60 kilos. Se le veían las costillas, pero así era feliz. Hacía lo que le gustaba.

Siempre picaba en punta en el nostálgico lado a lado. A mitad de la carrera, el rebenque ya iba blandiendo al aire como señal de ganador. Con los años, engordó un poco. Sin embargo, no había perdido sus dotes de buen cabalgador. Y un día decidió unirse a una organización que se dedicaba a exhibir sus destrezas –con botas, pañuelos y espuelas– de caballero en el arte de montar potros de buen porte. Adiestrados, también, estos nobles corceles para las más sorprendentes piruetas.

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Mojaba la camiseta por el equipo. Se encargaba de inspeccionar los escenarios donde iban a actuar. Controlaba la seguridad del corral circular dentro del cual marcarían señorial presencia. Era el primero en todo y el último en retirarse. Así que, una tarde de relajo, le metieron el bichito de la política. Y le gustó nomás de entrada.

Pero don Pelagio tenía una virtud que ahora se desprecia: conocía sus limitaciones. Ese dato insignificante para los ambiciosos sin control era la línea rectora de su sabiduría. No figuraba en su hoja de vida aquello de atropellar a ciegas para ver qué pasa por el camino. Ya había anticipado la mirada, como buen karai arandu, sobre lo que el cargo implicaba si ganaban las elecciones. Él ya estaría automáticamente anotado para la siguiente carrera. Sabía que no le daba el cuero. De modo que decidió declinar tan honrosa proposición de sus amigos y colegas. Se sabía íntegro, patriota y honesto, pero, al mismo tiempo, admitía que carecía de otros atributos, especialmente en cuanto a la formación general: de los fines últimos de la política y cómo funciona el Estado. Recordó haber leído en alguna parte un escrito de don Enrique Solano López, que en el seno de su partido había que colocar a cada miembro en su sitio propio: “Al caudillo, en su lucha electoral; al intelectual, en la Legislatura; al hombre de carácter, en el Poder Ejecutivo; al honrado y al probo, en la administración pública”.

Era un convencido de que el hijo del mariscal conocía de lo que hablaba hace 120 años: “Llevar al analfabeto a la Legislatura nada más que por su coraje o prestigio popular; colocar al débil de carácter en algún ministerio nada más que por complacencia, al venal o iletrado en algún cargo de consideración solo por los servicios prestados al Partido en las elecciones o en las contribuciones pecuniarias, sería arruinar al partido estando en la llanura, como ya se le ha arruinado estando en el poder”. Nuestro amigo, don Pelagio, estaba consciente de la profundad de aquella lectura. Juan León Mallorquín era su ídolo preferido: “La democracia es el gobierno del pueblo por medio de los mejores”.

De algunos papeles sueltos de don Gregorio Benítez había recogido las condiciones para liderar dentro de la asociación política en la cual militaba desde su juventud: “Conocer la misión patriótica del partido, los bellos principios de sus estatutos; a los principales caudillos del partido, y ser conocido por ellos; haber prestado servicios en sus filas; ser de suficiente preparación intelectual; de acrisolado patriotismo; de carácter independiente y, sobre todo, de integridad insospechable”. Cumplía casi la mayoría de los requisitos, hombre cabal, como siempre fue, pero no todos. Su reflexión final es de antología: “Un precandidato a presidente de la República no puede empezar su camino embretado por colegiados y cuerpos corporativos para elegir quién le acompañará en ese trayecto. Él y solo él deberá sopesar con quién trabajará más tranquilo y quién le dará la garantía de una buena gestión. Alguien que estará a su lado hasta el último día de su mandato. Escuchará, por supuesto, respetuosamente todas las opiniones. Sobre todo, a la cúpula de su movimiento”.

Ante las ofertas que aspiran a condicionar al precandidato a la Primera Magistratura de la Nación, le recomendó que aplique la sabiduría filosófica del viejo don Mario: “Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”. Buen provecho.

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