- Por Gabriela Teasdale
- Presidenta de Transformación Paraguay
Lo ocurrido recientemente con la suspensión del superclásico paraguayo debido a la violencia en las gradas no es un hecho aislado del deporte, sino un síntoma de una herida social que nos urge sanar. Lo que debió ser una celebración de nuestra pasión colectiva se transformó en un escenario de caos recordándonos que cuando la emoción no es gestionada por los valores se convierte en barbarie.
Históricamente los paraguayos hemos abrazado el concepto del “mbarete”. En su luz representa nuestra fortaleza y resiliencia ante la adversidad. Sin embargo, en su sombra se ha convertido en una justificación para el atropello, el autoritarismo y la creencia de que el más fuerte puede pasar por encima de las normas y del prójimo. Ese “mbarete” negativo basado en la prepotencia no solo está fuera de moda, sino que es el lastre que detiene nuestro progreso como nación.
Frente a esta realidad es imperativo evaluar nuestra propia conducta y preguntarnos: ¿Qué estamos sembrando con honestidad en nuestros entornos? La violencia que estalla en un estadio es el resultado de una cadena de influencias que se potencia en los círculos donde nos movemos y en la presión de esos grupos que validan la agresión como forma de pertenencia. En este escenario la responsabilidad de formar el carácter y forjar valores es compartida e ineludible porque nace en la familia, se refuerza en la escuela, se modela en el trabajo y se garantiza desde el Estado. No podemos exigir paz en lo público si en nuestro día a día permitimos que el arrebato y la agresión sean la respuesta ante lo que no nos gusta.
Un aspecto crítico de esta crisis es nuestra peligrosa costumbre de tolerar lo malhecho. Al callar ante lo incorrecto otorgamos un permiso silencioso. El respeto se ha erosionado al punto de ver agresiones directas hacia los mismos policías quienes están ahí para velar por el orden. Cuando se pierde el respeto por la autoridad se pierde el respeto por la convivencia misma. Esto es una señal clara de que hemos extraviado la jerarquía de los valores fundamentales que sostienen a una sociedad sana.
La madurez de una nación se mide por su capacidad de establecer límites y aplicar consecuencias. Si la violencia surge de un sector, la responsabilidad debe ser asumida con rigor por las instituciones involucradas. Sin reglas claras y sanciones firmes el individuo se siente habilitado a actuar sin conciencia, convirtiendo lo que debería ser una fiesta en un acto criminal.
Solo reconociendo nuestras fallas podemos transformarlas. Los paraguayos portamos una nobleza histórica que merece ser rescatada y puesta al servicio del bien común. Es el momento de que nuestra identidad sea definida por la altura de nuestras acciones y esa grandeza que nace del respeto mutuo, demostrando que somos capaces de convivir con la dignidad que nuestra historia nos exige.
Nuestra verdadera tarea hoy es convertirnos en formadores de seres humanos íntegros. Personas que elijan vivir con discernimiento y entereza, asumiendo el compromiso de sus actos y aspirando a una excelencia de primera clase que se refleje en cada paso. Merecemos una convivencia a la altura de nuestro potencial donde el respeto sea el lenguaje que nos una y la integridad sea, finalmente, la base innegociable de nuestra verdadera fortaleza.

