- Jorge Torres Romero
La agenda pública gira, desde hace años, alrededor de Honor Colorado. No es un fenómeno nuevo ni una consecuencia exclusiva de estar hoy en el poder. Ocurre desde mucho antes de que Horacio Cartes llegara a la Presidencia. El cartismo ha sido, para simpatizantes y detractores, el eje ordenador de la discusión nacional.
Durante el gobierno de Mario Abdo Benítez ocurrió una paradoja reveladora: mientras se acumulaban desaciertos, desgobierno y escándalos de corrupción, buena parte de la conversación política y mediática seguía obsesionada con Cartes. No se discutía el naufragio del poder de entonces; se hablaba del liderazgo opositor.
Hoy la escena no cambió demasiado. La disidencia sigue orbitando alrededor del oficialismo. La prueba más brutal de esa carencia de gravitación es la candidatura de Arnoldo Wiens: tan desdibujada aparece su propuesta que ni siquiera existe conversación sobre quién podría acompañarlo en una fórmula. No hay expectativa, no hay tensión, no hay agenda.
En contraste, todo el país político discute quién acompañará a Pedro Alliana. Y allí está justamente el desafío.
La definición no debe seguir dilatándose.
No se trata de precipitar una campaña anticipada ni de alterar los tiempos institucionales. Se trata de comprender que, en política, los vacíos no existen: se ocupan. Y cuando el oficialismo demora definiciones, lo que se llena es el espacio para especulaciones, operaciones, erosiones internas y expectativas de fractura que celebran los disidentes y una oposición sin proyecto.
Cada día que pasa sin definición alimenta rumores, ambiciones desordenadas y tensiones evitables.
Cartes ya planteó una preferencia. Gobernadores, senadores y diputados también expresaron posiciones. Todos los nombres que circulan son políticamente potables. Todos tienen derecho a aspirar. Y eso, lejos de ser una crisis, demuestra vitalidad democrática dentro del cartismo. Hay competencia porque hay poder. Hay nombres porque hay proyecto.
Pero competir no puede convertirse en pulseada desgastante. Alliana debe elegir. Y debe elegir pensando menos en satisfacer presiones coyunturales y más en construir gobernabilidad.
Necesita un técnico político a su lado. Un socio estratégico. Alguien que complemente liderazgo, articule poder y proyecte continuidad. No necesita operadores enviando mensajes por los medios ni dirigentes recorriendo estudios de radio y televisión para presionar o chantajear.
Necesita diálogo franco. Necesita una fórmula pensada para sostener y profundizar el proceso iniciado por Santiago Peña, cuyos resultados económicos y sociales empiezan a consolidar una narrativa de gestión que el oficialismo no puede poner en riesgo por mezquindades internas.
Porque conviene decirlo con crudeza: los enemigos no están solo afuera. También están adentro.
Toda fuerza de poder tiene sus saboteadores, sus ansiosos y sus calculadores. Una pronta definición de chapa no solo ordenaría expectativas; sepultaría intentos de quiebre, consolidaría gobernabilidad y blindaría los objetivos del gobierno.
El oficialismo necesita cerrar este capítulo y volver a lo esencial: gobernar y mostrar resultados.
Porque mientras tanto la disidencia y la oposición siguen revelando su pobreza estratégica: son incapaces de generar agenda propia. Dependen de las actualizaciones del oficialismo para existir políticamente. Viven pendientes de lo que hace Honor Colorado para reaccionar.
No les sirvan en bandeja una crisis que no pueden construir por mérito propio. Sería un error costoso. Porque cuando un proyecto político con resultados se distrae en sus propias internas, los que no tienen proyecto se benefician sin haber hecho nada para merecerlo. Y ese perjuicio podría ser enorme. Alliana debe anunciar ya a su dupla y constituyen juntos capital político mirando el 2028. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

