- Víctor Pavón (*)
En “Prometeo encadenado”, la obra escrita por el gran poeta Esquilo en el 430 a. C., se explica cómo el ser humano se encuentra agobiado por su trágico destino. Prometeo, mirando hacia el cielo se anima a desafiar la fatalidad. Levanta sus ojos mortales contra lo que parece imposible de vencer e insiste en seguir adelante. Este es el espíritu de superación que caracteriza a la civilización occidental.
La contribución griega a la civilización occidental fue establecer el principio de la libertad y, en Roma, posteriormente, se estableció ese mismo principio en base al orden. Sin orden la libertad degenera en libertinaje, ya sea en la sociedad como en la vida personal.
Los griegos y los romanos lograron lo que nunca antes había ocurrido. Se expresaron en el arte, la filosofía, la historia, la ingeniería, la medicina, la matemática, geometría, el derecho y la astronomía como ninguna otra civilización. En Grecia se inventó la ciencia demostrativa y en Roma se organizó la ciudad sobre la ley.
Sin embargo, ni Grecia (Atenas) ni Roma pudieron romper con la larga agonía de pobreza, hambruna e indignidad que desde siglos soportaban los individuos. Habría de ocurrir un detonante, una revolución moral y económica.
El cristianismo no parecía al comienzo tener intenciones de reformar la sociedad, pero, su mensaje de resurrección como símbolo de fe y esperanza, colocó al ser humano en una categoría nunca antes considerada: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Este mensaje resume el valor del ser humano. Es el respeto que cada uno tiene para sí mismo y hacia otros mediante el servicio, la empatía, deseando el bien ajeno. Aquí hay una veta moral.
Si bien esta vertiente moral venía siendo desarrollada por el derecho natural greco-romano de no dañar a otros, dar a cada uno lo suyo, vivir honestamente, no enriquecerse sin justa causa, proteger el trabajo y la propiedad de otros, el cristianismo fortaleció el inicio del capitalismo liberal (1740): Para ayudar al prójimo no basta la compasión y la caridad, se debe producir y comerciar.
La riqueza ya no fue un pecado, sino una forma de gratitud hacia Dios, tal como lo demostraron puritanos, metodistas y presbiterianos.
John Wesley (1703-1791), predicador de la Palabra, sintetizó: “La religión (cristiana) engendra amor por el trabajo y la sobriedad y estas dos virtudes no pueden evitar producir riqueza… debemos alentar al cristiano a producir y ahorrar y a enriquecerse como consecuencia”.
El capitalismo tiene sus raíces en el cristianismo, ambos vilipendiados y desconocidos.
(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de la Fundación Faro. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”; “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la libertad y la República”.

