DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- marianonin@gmail.com
Los muchachos compraron la cerveza. El asado, más caro que antes, se pagó de todas maneras, porque el clásico no se negocia, nunca.
Un partido entre Olimpia y Cerro Porteño paraliza al país. No es un partido nomás: es un ritual, una herencia, una excusa para abrazarse con desconocidos y llorar con los amigos.
Y otra vez… no fue solo fútbol. Otra vez el miedo se sentó en la tribuna.
Este fin de semana no hizo falta viajar a Buenos Aires ni recordar aquella final entre Boca Juniors y River Plate para sentir vergüenza. Solo tuvimos que mirarnos al espejo de nuestra cotidianeidad.
Piedras.
Insultos.
Familias corriendo.
La Policía desbordada.
Y en el medio, como siempre: las barras.
Ya ni siquiera se esconden. Se adueñaron de la fiesta. Manejan entradas, territorios, negocios paralelos. Y detrás de los bombos y las banderas circula algo más que pasión: droga, alcohol y violencia acumulada. Mucha violencia.
El fútbol es apenas la excusa.
Lo que se ve en la cancha es el reflejo de lo que pasa afuera. Jóvenes sin rumbo, sin oportunidades, atraídos por estructuras que les dan pertenencia… y poder. Un poder torcido, violento, que se alimenta del miedo de los demás. Del nuestro.
Ir a la cancha dejó de ser un plan familiar, hoy es una decisión que se piensa dos veces. Que se calcula. ¿Voy o no voy? ¿Llevo a mis hijos o mejor no? ¿Salgo antes para evitar problemas? Y eso, en un país futbolero, es una derrota.
Nos acostumbramos a naturalizar lo inaceptable, a mirar para otro lado cuando sabemos quiénes son, dónde están, cómo operan. A tolerar que unos pocos secuestren la alegría de miles.
Pero no son “hinchas”. No son “fanáticos”. Son delincuentes.
Y la verdad es que mientras sigamos disfrazando el problema, nada va a cambiar.
Las autoridades reaccionan, pero casi siempre tarde. Los clubes callan o negocian. Y el negocio del fútbol sigue girando, como si todo fuera parte del paisaje.
Pero no lo es.
Porque el miedo no puede ser parte del espectáculo, la violencia no puede ser folclore. Porque la droga no puede seguir financiando tribunas.
El fútbol no está enfermo… lo están enfermando.
Y nosotros, los que solo queremos gritar un gol, abrazar a un amigo o volver a casa con la garganta rota de tanto cantar, quedamos en el medio. Rehenes de una locura que no elegimos y que parece no tener fin.
Pero esa… es otra historia.

