- POR MARCOS BARDAGI
- Profesor de FDC, Brasil
La investigadora llega a su jornada de trabajo, que consiste en acompañar al CEO de una gran empresa, identificar su estilo de liderazgo y, quizás, capturar la forma en que funciona esa organización. Pasa el día como su sombra: participa en reuniones, escucha llamadas telefónicas, lo observa a solas con sus correos electrónicos e incluso en conversaciones one to one con subordinados directos. Jornada intensa.
Al final, al salir de la oficina, comenta con sorpresa al CEO:
—“¡Lo más increíble fue acompañarlo todo el día y percibir que usted no tomó ninguna decisión!”.
Esta historia es central en el libro “La regla es no tener reglas”, de Erin Meyer y Reed Hastings, célebre por desentrañar la cultura de Netflix.
Usted piensa: “pero no decidió porque delegó, y decidir delegar es decidir algo”.
Claro. Correcto.
Pero quizás adoptó esa postura porque conoce lo que viene después.
Ajuste el cinturón: iniciemos el recorrido por el laberinto de las decisiones. Un territorio donde emociones, neurociencia, sesgos cognitivos e incertidumbre nos conducen a una nueva comprensión sobre cómo y por qué decidimos de la manera en que decidimos.
Póngase los zapatos de Hastings y acomódemese: vamos juntos.
FUERZAS LIMITANTES
La racionalidad es limitada. Ortega y Gasset decían: “El hombre es él y sus circunstancias”, y Herbert Simon (1959) desarrolla esta lógica al analizar la toma de decisiones. Estamos condicionados por las circunstancias: nunca sabemos todo, resulta imposible obtener toda la información necesaria en tiempo hábil y, además, seleccionamos fragmentos de la realidad. Nuestras circunstancias nos imponen filtros y formas de pensar personales que impactan la manera en que decidimos. Por lo tanto, jamás utilizaremos la razón de forma pura y cristalina.
Pienso, luego existo. ¿De verdad?
Descartes se equivocó.
Simon todavía no había considerado explícitamente el papel de las emociones. António Damásio, en “El error de Descartes”, se atreve a desafiar al padre de la filosofía moderna y da ese paso decisivo. Su conclusión es categórica: no decidimos únicamente con la razón; la emoción cumple un rol primordial. Damásio corrige a Descartes:
“Siento, luego pienso”.
Y usted cuenta con dos motores de pensamiento en esa materia gris que lleva consigo. En uno de ellos, tiene algoritmos definidos a lo largo de la vida que facilitan las conexiones neuronales. Daniel Kahneman, Premio Nobel de Economía, explicó esto de manera magistral. Se trata del Sistema 1, que piensa rápido; mejor dicho, que ya automatizó las respuestas. Ese sistema extraordinario le permite resolver una serie de situaciones cotidianas ahorrando una enorme cantidad de energía. Aquí las emociones quizás jueguen un rol menor.
Pero cuando la situación se complica, entra en acción el Sistema 2, el que exige atención plena y consumo intenso de energía, porque demanda el máximo de sus sinapsis. En este sistema, es necesario construir respuestas que aún no están disponibles.
LAS TRAMPAS
Ahora bien, ya sea en el Sistema 1 o en el Sistema 2, usted carga consigo cientos de sesgos cognitivos que habitan su racionalidad y pueden conducirlo por el camino de las malas decisiones.
Los sesgos cognitivos son los bugs del software de su cerebro. Aunque existen cientos de sesgos documentados, algunos se vuelven especialmente peligrosos en contextos de incertidumbre. Un ejemplo es el sesgo de confirmación, que lo impulsa a buscar información que solo ratifique creencias preexistentes. Otro es el sesgo de exceso de confianza, que lo lleva a sobreestimar la precisión de sus propias previsiones.
Un ejemplo didáctico del llamado sesgo de anclaje proviene del economista conductual Dan Ariely. En un experimento, ofreció a estudiantes suscripciones a la revista The Economist con las siguientes opciones:
• Suscripción digital: $59
• Suscripción impresa: $125
•Suscripción digital + impresa: $125
Con esta escala, el 84 % eligió la opción 3. Sin embargo, cuando Ariely eliminó la opción señuelo (la 2, claramente inferior a la 3), la preferencia se invirtió drásticamente: el 68 % eligió la opción 1 (digital) y solo el 32 % la opción 3.
La mera presencia de una opción irrelevante alteró radicalmente la decisión de la mayoría. Es decir, tomamos decisiones basadas en comparaciones relativas. Para un líder, esto implica que la forma en que se presenta un problema es tan importante como el problema en sí.
Otro “efecto señuelo” aparece en el concepto de “nudge”, el famoso empujón conductual. ¿Cuál es la mejor manera de evitar salpicaduras fuera del urinario masculino? Colocar la imagen de una pequeña mosca. De este modo, los usuarios se sienten “motivados” a apuntar hacia ella. Los estudios demuestran una reducción del 80 % de las salpicaduras fuera del recipiente.
Y aún hay más. Vivimos rodeados de ruido. El ruido puede entenderse como dispersión aleatoria. Imagine a varias personas analizando un mismo problema y llegando a conclusiones completamente dispares. Eso es ruido. Cuanto más divergentes sean las conclusiones –o cuanto mayor sea la desviación estándar de las soluciones propuestas–, mayor será el ruido. A diferencia de los sesgos, el ruido es esencialmente aleatorio.
LAS HERRAMIENTAS
Ya ha revisado todos los obstáculos para una buena toma de decisiones. Surge entonces la pregunta inevitable:
¿Cómo eliminar o mitigar estas barreras y decidir mejor?
No es sencillo, pero existen apoyos. Veámoslos.
Limpie su escalera de inferencias.
La llamada escalera de inferencias es un concepto que advierte sobre los errores posibles en las distintas etapas del juicio y la toma de decisiones. En sus siete peldaños, es fundamental ejercer un pensamiento crítico riguroso para comprender qué impactos podemos generar en nuestro proceso decisorio. A continuación, un resumen de cada peldaño y sus riesgos:
PELDAÑO (*) RIESGOS ASOCIADOS
Observación
Recuerde la racionalidad limitada: nunca observaré todo
Selección
¿Cómo selecciono? ¿Mi algoritmo interno (mi sesgo) ya no ha filtrado la información?
Interpretación
¿Cómo interpreto? ¿Pediré una segunda opinión?
Premisas utilizadas
¿Están contaminadas por ruido o “empujones” sesgados?
Creencias
¿Qué creencias llevaré al terreno de juego y cómo influirán en mi conclusión?
(*) Con fines didácticos, se excluyen los peldaños de conclusión y acción.
En cada peldaño, cuando sea necesario, se puede aplicar la llamada “higiene de la decisión”:
• Estructurar el juicio: subdividir decisiones complejas en componentes más pequeños y evaluarlos de manera independiente.
• Recoger evaluaciones independientes: solicitar que los miembros del equipo registren sus opiniones antes de la discusión grupal, evitando el anclaje social y el pensamiento de grupo.
• Utilizar escalas y métricas estandarizadas: sustituir juicios subjetivos (“bueno”, “malo”) por evaluaciones en escalas definidas.
• Asignar un “abogado del diablo” rotativo: designar formalmente a alguien para cuestionar la opinión dominante.
SEGURIDAD PSICOLÓGICA: UN FACTOR CLAVE
Para que este mecanismo funcione, es esencial comprender la importancia de la seguridad psicológica. Recuerde que usted sigue en los zapatos de Hastings. ¿De qué sirve contar con un equipo si este no se expresa de forma transparente?
Es necesario crear un entorno seguro, donde las personas se sientan tranquilas para aportar sus puntos de vista y argumentos. Eso es seguridad psicológica: un ambiente donde la discrepancia saludable es valorada.
Este concepto cobró notoriedad con Amy Edmondson, quien lo definió como “una creencia compartida por los miembros de un equipo de que es seguro asumir riesgos interpersonales”. Es decir, poder decir lo que se piensa –incluso si contradice al jefe– sin temor a castigos, vergüenza o estigmatización.
La seguridad psicológica actúa como mediadora en la construcción de la confianza y, en consecuencia, en una mejor toma de decisiones.
CONCLUSIÓN
Finalmente, el camino para decidir mejor está trazado: higienice sus inferencias y garantice que quienes lo rodean se sientan seguros para decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
Ahora sí, puede avanzar.
Y que tome buenas decisiones.

