- Jorge Torres Romero
Por momentos, la política paraguaya parece condenada a repetir su propia historia: fórmulas presidenciales que nacen en la unidad y mueren en la sospecha.
Presidente y vicepresidente, más que socios, han sido rivales en pausa, protagonistas de intrigas palaciegas, conspiraciones y guerras frías que terminaban por paralizar la gestión.
Por eso llama la atención —y no es un dato menor— la dinámica que hoy construyen Santiago Peña y Pedro Alliana. No se trata de una relación decorativa ni protocolar. Hay, en los hechos, una armonía operativa que rompe con esa inercia histórica de enfrentamientos silenciosos.
Alliana no encaja en el molde clásico del vicepresidente ornamental, el famoso “florero”. Es, al mismo tiempo, aliado y contrapeso. Acompaña, pero también cuestiona; respalda, pero no se diluye. Esa dualidad —que en otros tiempos habría sido el germen de una crisis— hoy parece funcionar como un mecanismo de ajuste interno que fortalece la toma de decisiones.
En ese esquema, Alliana se ha convertido también en el cable a tierra de Peña. El articulador político que entiende que cada error del presidente no solo impacta en la coyuntura inmediata, sino que puede condicionar el futuro. Porque en política, la acumulación de desaciertos no solo erosiona el presente: también reduce el margen de maniobra para lo que viene.
Y Alliana parece tener claro que, si aspira a la conquista del poder en 2028, necesita que este gobierno llegue con resultados, pero también con gobernabilidad.
La reciente movida política en torno a su proyección presidencial no fue un acto unilateral ni una aventura personal. Estuvo atravesada por decisiones estratégicas que el propio Peña debió calibrar. Lejos de tensar la cuerda, el proceso evidenció una coordinación política que, en otros gobiernos, habría derivado en rupturas públicas o batallas de poder.
Pero quizás donde más se percibe el peso político de Alliana es en la gestión cotidiana.
Su rol como interlocutor con sectores sensibles –como el vialero y el farmacéutico– lo posiciona como un puente efectivo entre el Ejecutivo y actores que, históricamente, escalan sus reclamos hasta convertirlos en crisis. Allí, el vicepresidente no se limitó a escuchar: intervino, procesó demandas y empujó soluciones, acelerando decisiones que el gobierno no podía postergar.
También fue clave en la reconfiguración del gabinete. En un terreno donde suelen primar las cuotas de poder y las disputas internas, Alliana operó como articulador de cambios y ajustes necesarios, consolidando un esquema más funcional. No es poca cosa: ordenar el gabinete es, en buena medida, ordenar el gobierno.
Y hay un elemento menos visible, pero igual de relevante: su papel dentro de la dirigencia colorada. Alliana se ha convertido en una suerte de “paño de lágrimas” político, el canal donde confluyen tensiones, reclamos y malestares partidarios. En vez de amplificar conflictos, los absorbe. En vez de dinamitar puentes, los sostiene.
Lo que hoy exhiben Peña y Alliana es, justamente, una excepción en la tradición democrática reciente del Paraguay: un binomio que no se sabotea, que no conspira en las sombras, que no convierte la interna en un campo de batalla permanente.
En un país donde gobernar en paz ha sido, muchas veces, una utopía, esa armonía no solo es llamativa. Es, sobre todo, políticamente valiosa. Porque cuando el poder deja de pelearse consigo mismo, empieza –por fin– a gobernar hacia afuera. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

