- Por Marcelo Pedroza
- Psicólogo y magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
Aristóteles (384 a.C - 322 a.C.), filósofo, polímata y científico griego, en su obra Acerca del alma, desarrolla una concepción en la que el pensamiento no es un añadido al alma, sino su forma más alta de realización. En el libro III del texto citado introduce el nous (intelecto) como la facultad que permite al alma pensar lo universal. A diferencia de la sensación, que siempre es de lo particular, el pensamiento capta las esencias.
El fundador de la Escuela peripatética de filosofía en el Liceo de Atenas, distingue entre el intelecto en potencia y el intelecto en acto. Pensar es, así, un acto de actualización, donde el alma se vuelve aquello que piensa, estableciendo una profunda unidad entre sujeto y objeto. El pensamiento ocupa el lugar más alto en la jerarquía de las facultades humanas. No solo permite acceder a la verdad, sino que constituye la actividad más propia del ser humano. En él se encuentra la posibilidad de una vida contemplativa, considerada por Aristóteles como la forma más alta de felicidad. Pensar no es solo conocer, sino realizar plenamente la naturaleza humana.
La célebre afirmación en su libro Metafísica “todos los hombres desean por naturaleza saber” incorpora una dimensión fundamental: el pensamiento está enraizado en el deseo. Este deseo se manifiesta inicialmente en los sentidos, pero alcanza su plenitud en el pensamiento. Existe un movimiento ascendente que va desde la sensación hasta el conocimiento intelectual. El alma aparece como el vínculo vivo entre el deseo y el pensamiento. No se trata de una entidad estática, sino de un dinamismo que transita desde lo sensible hacia lo inteligible. En este proceso, el pensamiento actúa como mediador, elevando la experiencia hacia la comprensión universal.
El pensamiento puede comprenderse como alimento del deseo. Si bien el deseo impulsa a pensar, el pensamiento, al actualizar lo inteligible, satisface parcialmente ese impulso, pero al mismo tiempo lo amplía y lo refina. Así, se establece una relación circular en la que el deseo y el pensamiento se nutren mutuamente. En consecuencia, para Aristóteles, la esencia del ser humano radica en la unidad entre alma, deseo y pensamiento. Por consiguiente, el pensamiento es la actualización suprema del alma, el cumplimiento del deseo de saber y el principio que lo renueva constantemente.

