- Por Jorge Torres Romero
Por momentos, la política paraguaya parece un eterno déjà vu: cambian los rostros, se renuevan los slogans, pero las prácticas siguen siendo las mismas.
Y en ese escenario aparece Soledad Núñez, envuelta en el discurso seductor de la “nueva forma de hacer política”.
Un relato prolijo, bien empaquetado, diseñado para una ciudadanía cansada de los vicios de siempre. Pero basta rascar un poco la superficie para que el maquillaje empiece a correrse.
Porque la supuesta renovación pierde credibilidad cuando se la ve posar sonriente junto a Miguel Prieto, un dirigente que no precisamente simboliza transparencia ni ruptura con las viejas prácticas. Prieto no es una figura cualquiera: fue apartado de su cargo en medio de escándalos de corrupción y enfrenta acusaciones judiciales que lo convierten en todo menos un emblema de ética pública.
Entonces, la pregunta cae por su propio peso: ¿esa es la “nueva política”?
El problema no es solo la foto. Es lo que representa. Es la incoherencia brutal entre el discurso y la práctica. No se puede construir una narrativa de pureza política mientras se tejen alianzas con figuras cuestionadas. No se puede hablar de cambio mientras se reciclan los mismos actores, con los mismos antecedentes, solo que bajo otro paraguas electoral.
La candidatura de Núñez no es una construcción sólida de ideas ni de proyecto. Es, más bien, un ensamblaje de conveniencias. Un rejuntado de sectores ideológicamente incompatibles –derecha, izquierda, liberales, independientes– que no comparten una visión de ciudad, sino un único objetivo: ganar elecciones. Y ese tipo de alianzas, la historia lo demuestra, rara vez gobiernan; más bien sobreviven entre internas, tensiones y parálisis.
En su crítica al exintendente Óscar Rodríguez, Soledad intenta posicionarse como alternativa moral. Pero el contraste se desmorona cuando se observa el doble estándar. ¿Cuál es la diferencia real si del otro lado también se convive con figuras salpicadas por denuncias más graves? La respuesta es incómoda: la diferencia parece ser solo de camiseta política. Nenecho es colorado y Prieto no.
Y ahí radica el núcleo del problema. No estamos ante una renovación, sino ante una estrategia. No es una nueva política, sino una nueva forma de vender la misma política de siempre. Más estética, más narrativa, más marketing… pero con las mismas contradicciones estructurales.
Soledad Núñez encarna, en este contexto, una versión sofisticada del oportunismo: el intento de capitalizar el hartazgo ciudadano con un discurso atractivo, pero sostenido sobre alianzas frágiles y cuestionables. Una promesa que, de llegar al poder, difícilmente pueda sostenerse sin chocar contra sus propias inconsistencias.
Porque la política no se mide por lo que se dice en campaña, sino por con quién se camina. Y en ese camino, las compañías importan mucho. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

