- POR JORGE TORRES ROMERO
Durante años, los grandes medios tradicionales en Paraguay construyeron un relato de independencia que hoy se desmorona frente a una pregunta incómoda: ¿cuánto costaba esa “independencia”?
Bajo el gobierno de Mario Abdo Benítez, la Itaipú Binacional destinó USD 44 millones (entre el 2019 y el 2022) a convenios con medios comunicación, según consta en la página de Contrataciones Publicad. Fue un flujo constante, cercano a USD 11 millones por año. Dinero convertido en silencio o aplauso.
Los principales beneficiarios no fueron medios comunitarios ni proyectos informativos plurales. Fueron a estructuras concentradas como el Grupo Zuccolillo (Abc Color) y el grupo Vierci (UH, Telefuturo, Monumental).
No hablamos de pauta ocasional: hablamos de un sistema aceitado de financiamiento que coincidía, casualmente, con coberturas dóciles y críticas quirúrgicamente selectivas.
El cambio de gobierno alteró esa ecuación. Con la llegada de Santiago Peña, el grifo se cerró. O, mejor dicho, se redujo drásticamente: de decenas de millones a alrededor de 1,5 millones destinados a campañas públicas concretas –salud, prevención, información ciudadana–, y no precisamente a sostener líneas editoriales.
ENTONCES, LLEGÓ EL RUIDO
La virulencia de ciertos titulares, la indignación editorial en cadena, la sincronía de ataques, ya no parecen responder solo a una vocación crítica –que es saludable y necesaria– sino a una herida más prosaica: la pérdida de ingresos.
Mientras tanto, el destino de esos recursos empieza a cambiar de forma tangible: ambulancias en vez de avisos complacientes, patrulleras en vez de columnas indulgentes, escuelas y colegios en vez de suplementos dominicales. Incluso instituciones emblemáticas como el glorioso Colegio Nacional de la Capital, que ayer se reinauguró con un cambio radical, han sido parte de inversiones que apuntan a infraestructura real, no a narrativa conveniente. También hospitales que se terminan, servicios que se fortalecen.
Esto no absuelve al poder político –ningún gobierno debería quedar exento de escrutinio–, pero sí obliga a poner bajo la lupa a quienes históricamente se autoproclamaron guardianes de la verdad.
Porque cuando la crítica depende del cheque, deja de ser crítica y pasa a ser servicio.
La ciudadanía merece medios libres. Pero libres de verdad, no medios dependientes de una estructura proveniente del dinero público disfrazado de “convenios”. Esto no es periodismo. Es berrinche, es pichadura, es la rabia por haber perdido la influencia o el monopolio de la opinión pública.
Y quizás ese sea el verdadero debate que hoy se intenta tapar a gritos o quizás existe un deseo profundo de que vuelvan al poder los mismos protagonistas que volverán a emitir los cheques que los dueños de medios creen merecer y con los cuales forjaron gran parte de su fortuna. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

