- Emilio Agüero Esgaib
- Pastor
La verdad de la resurrección es un hecho trasversal en todo el Nuevo Testamento.
Jesús dijo que resucitaría. En Mateo 16:21 dice claramente Jesús: “El Hijo del Hombre debe sufrir… ser muerto, y resucitar al tercer día”. Si él hubiese incumplido esta promesa, sería un mentiroso o un loco y no habría por qué creerle todas sus demás promesas.
Los apóstoles testificaron la resurrección. En Hechos 4:33; 1 Co 15:3-8; Hechos 2:24-32; Hechos 10:40,41; Hechos 4:2 dice que los líderes religiosos estaban molestos de que los apóstoles predicasen la resurrección de Jesús de entre los muertos.
La primera predicación de Pedro en el libro de Hechos a los judíos habló de la resurrección (Hechos 2:32). La primera predicación de Pedro al mundo gentil (Cornelio) se basó en la resurrección (Hechos 10:40).
La predicación de Pablo luego de ver a Cristo resucitado se basó en su resurrección física de los muertos (Hechos 26:23).
Todo el libro de Hechos de los Apóstoles que cuenta la historia de la primera iglesia naciente y primitiva habla de la resurrección. Toda la teología y enseñanza de las epístolas o cartas apostólicas están fundamentadas en la resurrección.
Apocalipsis, el último libro de la Biblia, habla del Cristo resucitado (Ap. 1:5; capítulo 20).
Existen 104 versículos o porciones en todo el Nuevo Testamento que hablan de la resurrección y si se quitaran todos esos versículos, no habría un hilo conductor en toda la Biblia y el NT sería una ensalada de porciones que no tienen relación una con otra. No habría Nuevo Testamento, no habría Iglesia y finalmente no habría cristianismo sin la resurrección.
La resurrección corporal y física de Jesús es un hecho histórico, real, no simbólico, que ocurrió en un lugar, tiempo y condiciones totalmente documentadas en la Biblia. Habla de una crucifixión, de una muerte real, una tumba, el lugar donde estaba la tumba, el dueño de la tumba, la preparación del cuerpo muerto de Jesús, los guardias, el gobernador político y religioso de su época, Pilato, y el Sanedrín.
Los discípulos le abrazaron los pies (Mateo 29:9). Se le apareció a dos de ellos y durante un buen tiempo conversaron con él camino a Emaús (Lucas 24:15). Tomó pan y lo partió (Lucas 24:30). Comió un pedazo de pescado asado para demostrar que tenía un cuerpo físico frente a varios testigos escépticos.
María, cuando fue a la tumba y vio a Jesús, pensó que era el que cuidaba el huerto (Juan 20:15). Pidió a Tomás que meta sus dedos en sus manos y costado (Juan 20:20). Preparó desayuno para sus discípulos (Juan 21:12). El apóstol Pedro, primero temeroso y escéptico, dice en Hechos de los apóstoles 10:41 “comíamos y bebimos con él después de su resurrección”.
Jesús mismo dice en Lucas 24:39: “Miren mis manos y mis pies. ¡soy yo mismo! Tóquenme y vean; un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que los tengo yo”.
La confesión primaria para ser cristiano era confesar que se creía de corazón en la resurrección de Cristo (Ro 10:9).
Por último, el cristianismo cae o permanece de pie con base en la veracidad de esta doctrina (1 Co 15:3,4; 14;17;20).
Si Cristo resucitó, nosotros también resucitaremos (1 Corintios 15) le escribía Pablo a los corintios. No es que los corintios no creyeran que Jesús resucitó. Sin este requisito de fe no se podría ser cristiano y ellos lo eran (Ro 10:9).
Lo que muchos no creían o dudaban era que ellos, los cristianos, resucitarían (1 Co. 15:12) así como Jesús. Entonces, Pablo les envía esta enseñanza para que tengan una esperanza segura. Les dice que ya que Cristo resucitó, también los que murieron en esa fe y esperanza resucitarían (1 Co 15:20).
Tenemos una esperanza viva y real, por lo que no debemos desanimarnos. La vida no termina en la tumba. Tenemos una esperanza eterna.

