• Ricardo Rivas
  • Periodista
  • X: @RtrivasRivas

Desde la perspectiva de las audiencias y la lógica que impera en la producción de contenidos, tal vez su vida no terminó con su muerte. El debate sobre su decisión se mantiene y la mantiene con vida mediática.

Bob Murphy Kelly, un muy querido amigo en tránsito que durante largos meses frecuenté allá lejos y hace muchísimo tiempo, era un irlandés muy particular, misterioso y atrayente. Religioso católico, mientras estuvo en Buenos Aires no faltó a ninguna misa dominical en San Pedro González Telmo, el histórico templo católico que en 1734 –casi en el corazón de la ciudad vieja de Buenos Aires– comenzaron a construir Juan Bautista Prímoli y José Schmidt, dos curas jesuitas. Políticamente adhería a los ideales y a la lucha del Ejército Republicano Irlandés por aquellos años aún en combate contra el Reino Unido de la Gran Bretaña.

Escucharlo, un poco en inglés y otro poco en español con modismos tangueros vinculados al lunfardo, era atrapante. Incluso, divertido. Acompañado por mi tan querido amigo-hermano y maestro de periodismo y de vida Naume Velyanovsky –por entonces presidente de la República de San Telmo y de los Corresponsales de la Televisión Internacional– se integró a la mesa que litúrgicamente ocupábamos cada jueves en el bar Plaza Dorrego, justo en la esquina de Humberto Primo y Defensa.

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Escenario perfecto para evocar ausencias y generar reflexiones, Naume recordó que alguna madrugada Eladia Blázquez, enorme poetisa, sentenció que “el miedo de vivir es el señor y dueño de muchos miedos más, voraces y pequeños, en una angustia sorda que brota sin razón y crece muchas veces ahogando al corazón”. ¡Tangazo! Sobre nosotros se instaló el silencio. Algunas horas antes, el colega JAP se había suicidado. La muerte –como presencia y debate– se hizo lugar entre nosotros a codazos. Ordenamos una vuelta de Hennesy 8, uno de los mejores coñacs del mundo que, justamente, lleva el nombre de un milico irlandés.

Los pensamientos de todos –cruzados, superpuestos, disruptivos– inquietaban, aunque emergía una coincidencia: la muerte no aparecía como una opción aceptable. De pie y en silencio levantamos las copas “por don J”. Bob adhirió. Sin embargo, luego de mirarnos a todos y a cada uno, en su lengua natal –seguramente en procura de precisión para expresar su sentir– no se guardó nada. “If we can help people come into the world, why can’t we help them or ourselves leave it? (Si podemos ayudar a las personas a venir al mundo, ¿por qué no podemos ayudarlas o ayudarnos a dejarlo?)”. Al parecer, nadie encontró palabras entonces para responder.

ÚLTIMA VOLUNTAD

Noelia Castillo Ramos (25), el pasado 26 de marzo, murió sesenta y ocho minutos antes de que el sol se pusiera en Catalunya. Así lo quiso. Recibió la práctica médica de la eutanasia que solicitara tiempo atrás en el hospital San Camilo de San Pedro de Ribes en Barcelona. Fuentes médicas aseguran que en treinta minutos se completó la operación. También agregan que “murió sedada y sin sufrir”.

Desde el 10 de abril de 2024, cuando ante la Comisión de Garantía y Evaluación de Catalunya (CGAC) solicitó ejercer su derecho a la eutanasia, se desató un fuerte debate global. Las y los a favor y/o en contra no escatimaron palabras para farfullar tanto sobre su presunta “mala” vida, como sobre su tan posible como presunta “buena” muerte.

Mmm. Mil doscientos setenta días antes había intentado morir, aunque sin la tutela del Estado español. No lo consiguió. Pero, desde entonces, su firme decisión estaba tomada. Psicofísicamente afectada y con secuelas graves como consecuencia de aquel intento –entre una extensa práctica de rehabilitación parcial de sus habilidades y la muerte– optó por morir. Quinientos cincuenta y cinco días después de intentar –aquel 4 de octubre de 2022– se hizo su voluntad. La incontinencia verbal global se reinstaló para debatir lo de siempre, en los términos de siempre.

“Jack” murió –naturalmente– el 3 de junio de 2011 en Michigan, donde nació el 26 de mayo de 1928. Más precisamente en la ciudad de Pontiac. Ochenta y tres años antes, cuando en el seno de una familia de origen armenio lo llamaron Jacob Kevorkian. En 1945, con honores, finalizó parte de sus estudios en el Pontiac Central High School. Siete años después alcanzó el grado universitario de médico en la Universidad de Michigan, Ann Arbor ya por entonces considerada como una de las más prestigiosas en los Estados Unidos.

Jacob “Jack” Kevorkian (1928-2011), médico, músico, pintor, político y activista, inventor de Thanatron para practicar eutanasia junto con la periodista Barbara Walters (1929-2022), quien ante millones de telespectadores se colocó la máscara de Mercitron, el otro dispositivo de su invención, para practicar suicidio asistido

“MORIR NO ES UN CRIMEN”

También fue músico, pintor, político y activista. “Dying is not a crime (Morir no es un crimen)”, fue la bandera pública más conocida que levantó. Como médico y activista. Desafiante, en 1987, a través de anuncios que publicó en los diarios “michinganders” (michinguenses), comenzó a ofrecer sus servicios profesionales de “orientación para la muerte”.

Aquella oferta llamó la atención y tuvo demanda. Por aquellas actividades, con frecuencia Jack era noticia en los medios más importantes de la prensa mundial. Sí, mundial. En este punto, es preciso comprender que la idea de lo global, como práctica operativa –aunque muy avanzada, dado que Ted Turner comenzó a operar la CNN el 1 de junio de 1980– estaba en desarrollo y en procura de consolidación. Pero, sin que ese dato histórico pese en el recuerdo de esta historia, Jack avanzaba. Y quienes lo consultaban y solicitaban sus servicios crecían.

Jacob Kevorkian, en aquel contexto y con aquellos fines, diseñó, desarrolló y construyó la que se conoció popularmente como la “máquina de la muerte”, a la que él denominó Thanatron. Con ella facilitaba la muerte a quienes le decían que querían morir y, para alcanzar ese objetivo, se aplicaban sustancias químicas letales que Jack les prescribía.

¡Escándalo! Su licencia para ejercer la medicina le fue retirada. Aquella decisión administrativa la asumió apenas como un obstáculo más. Reafirmado en su convicción de que “dying is not a crime”, fue por más. Creó la “máquina de misericordia”, a la que llamó Mercitron. Con ella, quienes deseaban morir se colocaban una máscara para inhalar monóxido de carbono. ¡Horror!, para millones.

Derecho a querer morir... y poder hacerlo, también decían millones. Kevorkian por sus prácticas terapéuticas era noticia. Siempre y en todo lugar. De hecho, Barbara Walters (1929-2022), la más popular periodista televisiva estadounidense por varias décadas –quien a la hora de morir en su casa de Manhattan dijo “no me arrepiento de nada. Tuve una gran vida”– no solo lo entrevistó, sino que el 11 de marzo de 1993 (ante millones de telespectadores) se calzó la máscara de Mercitron ante las cámaras.

“LA MÁQUINA DE LA MUERTE”

Tal vez, la pareja española constituida entre Tuteiro y Loredana Subiela hayan sido los primeros que se conocieron públicamente de los “asistidos” por Jack. Janet Adkins, docente en Oregon, diagnosticada con mal de Alzheimer, el 4 de junio de 1990, otra de ellos y ellas, se suicidó con la asistencia de la “máquina de la muerte” que creó Kevorkian y Janet misma la accionó.

“Con la muerte busco mi autoliberación”, dijo en un video casero que su esposo Rod distribuyó. Jacob Kevorkian fue arrestado entonces por la policía. Luego juzgado. Entre 1990 y 1998 –dicen algunos de sus biógrafos– asistió a unos 140 “enfermos terminales”. Otras fuentes aseguran que facilitó que más de 400 personas se suicidaran. Dudas. Polémicas. Debates. La primera versión de la historia, se suele afirmar, es periodística.

El diario Detroit Free Press durante el juicio al doctor Muerte –tremendo apodo popular epocal– reportó que no menos del 60 % de las personas a las que aplicó la eutanasia no presentaban enfermedades terminales. Fueron suicidios. Con el paso del tiempo los casos que alcanzaron máxima exposición se multiplicaron. Entre ellos, el 23 de noviembre de 1998, en el programa televisivo “60 minutos”, que todavía se emite en la cadena CBS de los Estados Unidos, se emitió una grabación de imágenes en las que, el 17 de setiembre de aquel año, Thomas Youk (52), diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (ELA), se suicida asistido por Kevorkian, quien le administró una inyección letal (muy parecida a la que en muchos estados norteamericanos se utiliza para aplicar a las y los condenados a muerte).

Fue el límite y, casi, el punto final. Después de cuatro juicios, en tres de los cuales fue absuelto, en tanto que el cuarto fue anulado. Jack fue juzgado por homicidio en segundo grado y uso ilegal de una sustancia controlada. Entrevistado en The New York Times, Kevorkian aseguró que su “objetivo final es hacer de la eutanasia una experiencia positiva” y explicó que con sus prácticas apuntaba a “obligar a la profesión médica a aceptar sus responsabilidades (que) incluyen ayudar a sus pacientes con la muerte”. Fue condenado. Estuvo encarcelado menos de ocho años. El 1 de junio de 2007, Jennifer Granholm, gobernadora de Michigan, le concedió “libertad condicional”. El 15 de enero de 2008, ante una audiencia multitudinaria en la Universidad de Florida, aseguró que su propósito nunca fue “matar a los pacientes, (sino) evitarles el sufrimiento”.

PERPLEJIDAD

Borges, alguna vez, expresó su perplejidad respecto de la muerte. Ya era un adulto mayor cuando dejó escapar ese sentir. “Me resulta extraño pensar que, a mi edad, tan viejo, porque he tenido la imprudencia de nacer en 1899, cuando el siglo XIX finalizaba, habré de conocer algo nuevo como la muerte”.

Presencié aquel momento. Privilegio de periodista, seguramente... Como casi siempre que finalizaba un encuentro con don Jorge, me fui en profundo silencio. Desde Maipú 994, para llegar hasta la plaza San Martín no fueron necesarios más que 3 o 4 minutos. Entre 250 y 300 pasos. No mucho más. Tenía que regresar al diario para escribir sobre el cumpleaños de JLB. No fue aquel, por lo menos en mi memoria, un 24 de agosto muy frío, pero tampoco daba el clima invernal para permanecer en lugares descubiertos más de lo imprescindible.

Sus palabras, aquellas palabras, no solo no me abandonaban, sino que también me atropellaban junto con otras. “No significa mucho para mí este día. Importante fue, seguramente, cuando doña Leonor (Rita Acevedo Suárez), mi madre, celebró en el 1900 el primero de mis años. Festejó toda mi vida. Hoy, apenas es la 85ava. parte de mi larga existencia”.

Aquella sonrisa con la que remató su irónico decir la veo con frecuencia. Inolvidable, por cierto. Cuarenta y dos años después, sentado a una de las mesas del viejo café Saint Moritz, donde en Buenos Aires se cruzan Paraguay con Esmeralda, con alguna foto de don Jorge tertuliano vigilándome, pegado a uno de sus ventanales, con el celu me subo a un buscador para volver a Borges.

CONSUELO

“Cuando me siento desdichado pienso en la muerte. Es el consuelo que tengo: saber que no voy a seguir siendo, pensar que voy a dejar de ser. Es decir, yo tengo la certidumbre (…) de que voy a morir enteramente. (Porque) la idea de ser duradero me parece (…) que es horrible realmente. La inmortalidad sería el peor castigo. Cualquier forma de inmortalidad sería el infierno. (…) Quizás una de las mayores virtudes de la vida es que todo es efímero, incluso lo físico es efímero, el placer es efímero también, y está bien que sea así porque si no sería muy tedioso todo”.

Es palabra de Borges que creía que descreía. La escritora Liliana Heker lo entrevistó a JLB. El 17 de febrero de 2014 –28 años después de su fallecimiento– publicó que le preguntó sobre la palabra muerte. “Me sugiere... una gran esperanza. La esperanza de dejar de ser”. Respecto de la “inmortalidad del alma”. Dice creer “que es una especie de ficción piadosa”. De la palabra vida, sostuvo que “lo incluye todo”. Porque “por desdichado que unos sean –y todos lo somos a veces– uno debe agradecer el hecho de vivir”.

Noelia decidió –en plenitud de conciencia– morir. “Vivió mal y quiso morir bien”, circuló en las redes. TikTok, X, Facebook, millones de reeles lo contaron así. De ese modo y de muchos otros. Síntesis bastarda. Noelia Castillo, Gerónimo Castillo –su padre– la organización autodenominada Abogados Cristianos, médicas, médicos, opinólogos de todo pelaje fueron partes relevantes –sustanciales– para la producción de contenidos periodísticos e informativos de alcance global.

“Cuando me siento desdichado pienso en la muerte. Es el consuelo que tengo: saber que no voy a seguir siendo, pensar que voy a dejar de ser. Tengo la certidumbre de que voy a morir enteramente. (...) La inmortalidad sería el peor castigo”, decía Jorge Luis Borges

MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Desde la perspectiva de las audiencias y la lógica que impera en la producción de contenidos –tal vez– la vida de Noelia no terminó con su muerte. El debate sobre su decisión se mantiene y la mantiene con vida mediática. La estadística que se construye con los cliques, los “me gusta”, las reacciones, el “minuto a minuto” de la tele y “el tráfico” reticular –todos datos cuantitativos– pesan en el armado de las agendas informativas.

“Noelia entregó su vida para poder morir”, vi y escuché decir a infinidad de presentadores y presentadoras de noticias en el momento previo de contar “lo que ha sucedido hoy” ante miles de millones. Un par de académicos de altísimo prestigio transnacional especializados en ciencias de la comunicación con los que consulté –bajo el compromiso de no mencionarlos– después de preguntarme y preguntarse “¿qué sabemos de Noelia?” y responderse que “muy poco sobre toda su vida y casi todo sobre su muerte”, fueron más allá y lanzaron un interrogante: “¿Cuándo será por fin el tiempo de contar historias donde emerjan la condición y dignidad humanas?”.

En el continente europeo, media docena de países permiten diversas formas de muerte asistida. Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, España y Austria son ellos. También Portugal, donde la ley que permite ejercer ese derecho se instrumenta progresivamente. En América, es legal y posible en Canadá, Colombia y Uruguay. En Oceanía, desde 2021, la eutanasia está legalmente reglamentada. Se puede ejercer en Nueva Zelanda y lo mismo sucede en seis estados de Australia, donde ese procedimiento, sin embargo, carece de tutela legal en la jurisdicción federal.