- Emilio Agüero Esgaib
- Pastor
En el evangelio de Juan 18:12-14 y 19-24 nos dice que Jesús fue llevado a Anás, ex Sumo Sacerdote, suegro del actual que era Caifás, y fue llevado “amarrado” así como los corderos eran llevados amarrados a los sacerdotes para ser sacrificados por los pecados del pueblo. Esto es un cumplimiento de la tipología de Cristo, así como Isaac que fue amarrado por Abraham para ser sacrificado y él era un tipo de Cristo (Génesis 22).
Anás era el verdadero poder. Él odiaba a Cristo porque era un peligro para su poder, prestigio y dinero.
Jesús fue llevado a su casa, esto ya fue la primera injusticia, Él no tenía por qué ir a su casa particular ni tenía por qué ser juzgado por Anás que no era el Sumo Sacerdote en ejercicio.
¿Quién fue Anás? Él había sido sacerdote por unos cinco o seis años, pero hacía ya veinte que no lo era. Su yerno Caifás era ahora el Sumo Sacerdote.
Los sumos sacerdotes eran escogidos de por vida, pero estos cambiaban cada tanto ya que Roma los designaba y se volvió un cargo político con ropaje espiritual y religioso. Él era el jefe del clan sacerdotal y manejaba las relaciones con Roma y los recursos del Templo.
En Juan 2:13 vemos lo que Jesús había hecho en el Templo, echó las mesas y denunció la corrupción, esto afectaba directamente la reputación, influencia y negocios de Anás y Caifás, de ahí el odio y la enemistad hacia Jesús. Jesús era un verdadero problema para ellos no solo por afectar su status quo sino porque había una mente diabólica y criminal contra suya detrás de todo esto.
En Juan 18:19 Anás pregunta sobre sus discípulos y doctrina. Esto es el otro acto de injusticia, ¿por qué? Porque si una persona es traída a un juicio por la sospecha de algún crimen es interrogada en base al crimen en sí, no hace preguntas que no vienen al caso.
Lo que en realidad quería hacer es buscar algo de qué acusarle, que diga algo para ser usado en su contra ya que no tenían nada concreto contra él.
En Juan 18:20, 21, la respuesta de Jesús fue abrumadora. Podríamos parafrasearlo así: “No seas hipócrita, sabes muy bien todo lo que enseño. Abiertamente he hablado no como ustedes en oculto, conspirando contra mí.
Si tienes dudas de lo que enseño o de los que me siguen pregunta abiertamente a cualquiera ya que todos saben lo que enseño”. O sea: “si tienes una acusación preséntala y muéstrame tus pruebas o testigos de mis errores”. Anás se sintió avergonzado, y descubierto.
En el verso 18:22, cuando un oficial genuflexo de Anás que percibió su vergüenza golpea a Jesús y Jesús en el verso 23 le hace una pregunta, y esto aún crea más acusación a sus conciencias: “Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?”. Fue una pregunta llena de verdad y confrontación.
El guardia habrá pensado: “te pegué porque dejaste en evidencia a este corrupto e injusto que está buscando mentiras para condenarte, y como soy un cobarde consecuente te pegué para pasar este momento incómodo”. Esa era la verdad.
Anás no tenía más nada que hacer y manda a Jesús ante Caifás para deshacerse de Él y darle alguna apariencia de seriedad en el juicio.
Ahora vamos a Mateo 26:57 y vemos la segunda injusticia contra Jesús: la reunión ilegal e injusta, pero ya no en la casa particular de Anás sino en el Templo, en el Salón de Juicio, frente al concilio. ¿Por qué injusta? Porque un juicio se debería de dar durante la luz del día, en el Salón del Juicio en el Templo, frente a todo el pueblo para que todos participen y no en secreto, solo con el liderazgo religioso y en la madrugada cuando todos duermen. Además, durante toda esa semana de fiestas era prohibido ese tipo de reuniones.
El verso 26:59 dice claramente que “buscaban falso testimonio para mandar matarle”, a ellos no les interesaba la verdad ni la justicia sino sus intereses. Inventaron el crimen y pagaron a falsos testigos.
Ya habían sobornado al traidor Judas para entregarlo. Todo estaba plagado de conspiración injusta. Ellos no querían saber la verdad sino matar a Jesús.

