- Jorge Torres Romero
Hay figuras que no son anomalías. Son síntomas. El senador Javier “Chaqueñito” Vera no es un accidente del sistema: es su consecuencia más honesta. Es el hijo político del desbloqueo de listas, de la ilusión del voto preferencial y, sobre todo, de la irresponsabilidad colectiva de quienes ofrecieron candidaturas sin filtros, sin criterio y sin proyecto.
La oposición hoy intenta tomar distancia, como si se tratara de un error ajeno, de un cuerpo extraño que se infiltró por azar. Pero no. Ellos lo seleccionaron. Ellos lo promovieron. Ellos lo llevaron en sus listas.
No hay atajos discursivos que permitan esquivar esa verdad incómoda. El fenómeno Chaqueñito no cayó del cielo: fue sembrado en la lógica de “que pase el más popular”, del casting improvisado en redes sociales, de la política convertida en un concurso de likes.
Es cierto que la coyuntura política terminó empujándolo hacia el oficialismo, que supo capitalizar su voto. Pero eso es apenas la segunda parte de la historia. La primera –la decisiva– es quién lo puso ahí. Y ahí aparece la responsabilidad directa del espacio de Payo Cubas y Yolanda Paredes, que no pueden desentenderse de haber ofrecido como alternativa de poder a perfiles sin la mínima preparación para la función legislativa.
Pero sería un error reducir el problema a un solo sector. Los partidos tradicionales tampoco pueden mirar para otro lado.
Porque mientras se escandalizan por un “Chaqueñito”, conviven –y muchas veces protegen– a figuras como Erico Galeano en la ANR o Líder Amarilla en el PLRA, nombres que tampoco elevan la vara de la representación parlamentaria.
Y aquí es donde conviene hacer memoria. En 2001, Pedro Fadul, desde Patria Querida, intentó algo que hoy suena casi revolucionario: profesionalizar la política. Armó una suerte de “selección nacional” de candidatos. No fue a buscar popularidad instantánea ni viralidad. Contrató especialistas en recursos humanos, entrevistó perfiles, evaluó trayectorias.
Había docentes, profesionales, trabajadores, gente con oficio y vocación de servicio. Se construyó un equipo con criterio.
Hoy, en cambio, el método es otro. Como el propio Payo lo describió alguna vez: se elige al primero que se cruza en el semáforo o al que mejor mide en redes. Se reemplazó la idoneidad por la notoriedad. Y el resultado es previsible: improvisación, fragilidad institucional y una degradación progresiva del Congreso.
El desbloqueo de listas prometía empoderar al ciudadano. Y en parte lo hizo. Pero también abrió la puerta a una competencia interna sin reglas claras, donde el mérito muchas veces pierde frente al marketing personal. No se trata de eliminar el voto preferencial –sería retroceder–, sino de asumir que elegir mejor no es automático.
Requiere cultura cívica, responsabilidad partidaria y mecanismos de selección más exigentes.
Porque cuando la política abdica de su deber de filtrar, de formar, de seleccionar, el sistema no se vuelve más democrático: se vuelve más precario.
Y si no corregimos el método, seguirán apareciendo más. No por culpa del destino, sino por decisión nuestra. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

