• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Es complicado examinar la vida de los partidos políticos en una sociedad donde la fijación por los símbolos, o la condena al cromatismo, se impone a la urgencia de una reflexiva y rigurosa investigación del pasado, para evaluarlo en su contexto y cotejarlo con el presente, con la madurez e imparcialidad que la razón histórica nos demanda. No digo desapasionado, porque eso sería despojarle al ser humano de ese aguijón que le anima positivamente a hacer lo que hace en cualquier campo de nuestra temporal existencia. Esa pasión que nos invita a proyectar la mirada más allá de nuestros afectos y diseccionar los hechos con escrupulosa meticulosidad, de manera a replantear conductas, procedimientos y visión coherente con los fundamentos ideológicos del partido al que representamos.

La tragedia del Paraguay es la memoria fragmentada. O, aun peor, el extravío voluntario de ese tramo que podría conceder ciertos méritos a los adversarios y, tal vez, desteñir la versión lineal que se ha construido para propio beneficio. La verdad, entonces, no prevalece, sino que penosamente retrocede ante los usos políticos en la interpretación parcializada del pasado, para su manipulación con objetivos fijados en el presente. Así, el conocimiento y el debate sobre lo que fueron los partidos navegan entre la apología y el anatema que se disparaban desde la azotea de la Junta o del Directorio. Interpretación contaminada por el fanatismo, que también ha seducido, y lo sigue haciendo, a determinados académicos y (h)ojeadores del pasado empeñados en hacer historia.

Escribí alguna vez –y me reafirmo– que el abrupto corte del partido fundado por Bernardino Caballero con su vínculo ético y doctrinario se produce, precisamente, en ese período de egocentrismo autoritario que profundizó el infortunio paraguayo y subalternizó los valores, principios e ideología de la Asociación Nacional Republicana al culto exacerbado a la personalidad. Ese proceso dictatorial, el del general Alfredo Stroessner, que concluye en febrero de 1989, es el que los “contestarios” denominaron como el periodo de vaciamiento ideológico y doctrinario del coloradismo. Sin embargo, desaparecido el agente portador del virus, la rabia nunca se fue del todo. De manera persistente continúa merodeando el horizonte ideológico del coloradismo tratando de amoldar al partido a las creencias de algunos de sus líderes, cuando la cuestión debía ser totalmente al revés.

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Resulta impostergable, en estos tiempos en que arrecian los falsificadores de la historia, recuperar la memoria nacional y partidaria, para que el presente pueda ser interpretado y evaluado sin que la verdad sea parcelada por los oportunistas de la hora. La historia del Paraguay es un largo suplicio de dictaduras con breves intervalos democráticos. El Estado de derecho nunca fue la constante en nuestra vida política, sí la autocracia y el mandonismo. El Partido Colorado también fue víctima, en largos tramos de su existencia, de dictaduras propias y ajenas. Las primeras, lo vaciaron de sus fundamentos políticos y filosóficos; las segundas, sin embargo, sirvieron para templar en la llanura el carácter de sus dirigentes y trazar la línea social orientada a garantizar los derechos de las clases obreras y campesinas, enfrentándose a los “eternos defensores de los explotadores del pueblo” (Convención de 1938) y a los que “amasan su bienestar sobre las lágrimas y sangre de los trabajadores oprimidos” (Convención de 1947).

La hegemonía de un gobierno que usurpó los símbolos y estructuras de nuestro partido, para implantar un régimen de terror, terminó por extraviar la memoria del coloradismo. La gran deuda es recuperarla. Y mayor desafío aun, devolverle su identidad doctrinaria y su estatuto inspirado en las grandes luchas sociales y populares por pan, tierra, libertad, trabajo decente y vida digna.

El nacimiento del Partido Nacional Republicano (posteriormente Asociación Nacional Republicana – Partido Colorado), el 11 de setiembre de 1887, respondía a la impostergable necesidad de “levantar al país de su penosa y prolongada postración” y, de esta manera, “asegurar el bienestar general de la comunidad”. Nuestro Manifiesto Fundacional es una verdadera carta democrática, anticipadora de las luchas y demandas sociales, y en el que asume la forma republicana de gobierno, donde el Estado de derecho es la piedra angular para “asegurar la conquista del progreso”, así como “el bienestar moral y material del pueblo”.

Debemos lamentar hoy que algunos referentes del coloradismo situados en el Congreso de la Nación o se candidatan para determinados cargos no sepan siquiera a qué partido se afiliaron y qué ideología deberían sostener, pues se abrazan con los más rancios representantes de la derecha extrema internacional, sumergiendo al Partido Nacional Republicano en un laberinto deliberado, generando confusión entre los más jóvenes, ambiente propicio para empollar los huevos de la serpiente –la del fascismo– en plena democracia. Ese es el peligro cuyo avance debemos detener antes de que sea muy tarde. Buen provecho.

Etiquetas: #El coloradismo

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