• POR LA DRA. SONIA RAQUEL RAMÍREZ

Hablar de inclusión, para mí, no es solo un concepto peda­gógico ni una línea en un proyecto educativo. Es una vivencia diaria que atraviesa mi rol como profesional de la educación y, sobre todo, como madre de un hijo con discapa­cidad intelectual.

Desde mi formación, aprendí que la educación debe ser un derecho garantizado para todos. Pero fue la mater­nidad la que me enseñó lo que verdaderamente sig­nifica incluir: mirar al otro con empatía, reconocer sus tiempos, valorar sus logros y acompañar sus desafíos sin imponer moldes rígidos.

Muchas veces, la inclusión se queda en el discurso. Se habla de abrir puertas, pero no siempre se generan las condiciones reales para que todos puedan transitar esos espacios con dignidad.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

Como docente, entiendo la importancia de adaptar estrategias, flexibilizar pro­puestas y construir entornos accesibles.

Como madre, siento cada barrera, cada mirada y cada oportunidad que se le brinda –o se le niega– a mi hijo.

La inclusión no es un favor ni un acto de buena voluntad. Es un compromiso ético y social. Implica transformar prácticas, cuestionar prejuicios y enten­der que la diversidad no es una dificultad, sino una riqueza.

Necesitamos más espacios donde las diferencias no sean vistas como limitacio­nes, sino como posibilidades. Donde cada niño y niña pueda ser protagonista de su propio aprendizaje y de su propia his­toria, respetando su ritmo de aprendizaje.

Porque cuando la inclusión es real, no solo cambia la vida de una persona: nos transforma a todos como sociedad.

Déjanos tus comentarios en Voiz