DESDE MI MUNDO

  • Por Carlos Mariano Nin
  • marianonin@gmail.com

A veces me paro a mirar cómo miramos cuando nadie nos ve. No lo que vemos, sino cómo nos detenemos, o no, frente a lo que pasa. Con qué prisa pasamos de largo. Con qué facilidad registramos el dolor como si fuera parte del paisaje cotidiano.

El otro día vi un accidente sobre Cacique Lambaré. Hubo un golpe seco, de esos que te dejan sin aire por algunos instantes. La escena quedó suspendida entre el ruido de los autos y los gritos.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

Pero lo que más se me quedó fue otra cosa: la gente acercándose… no para ayudar, sino para filmar.

Celulares en alto. Pantallas encendidas. Manos firmes para grabar, pero no para socorrer. Y mientras tanto, alguien entre hierros retorcidos gritaba de dolor pidiendo auxilio. Alguien que necesitaba una mano más que una cámara.

Las imágenes comenzaron a circular. En minutos ya estaban en las redes. Se multiplicaron los comentarios, los “me gusta”, las reacciones, como si fuera que el dolor también pudiese medirse en clics.

Y ahí, en ese contraste, vi algo que venimos arrastrando sin darnos cuenta hace tiempo, más allá de que la tecnología llegó para acercarnos, nos aleja de la humanidad.

Hoy estamos más conectados que nunca. En Paraguay, como en gran parte del mundo, el celular ya no es un lujo: es una extensión de la vida cotidiana. Nos informa, nos comunica, nos acompaña.

Pero también, lentamente, nos va desplazando de lo esencial.

Así, mientras miramos a través de una pantalla, ya casi no nos miramos a los ojos. Mientras compartimos lo que pasa afuera, no registramos lo que pasa al lado nuestro. Mientras más acumulamos contactos, más crece una sensación silenciosa de soledad.

Es una paradoja incómoda. Una especie de progreso que, en el fondo, nos vuelve más solos.

No es que la tecnología sea el problema. Sería demasiado fácil decir eso y ni siquiera soy experto.

Pero creo que el problema es lo que hacemos con ella. O lo que dejamos de hacer mientras la usamos.

Hay algo profundamente humano que no se puede delegar. Ni automatizar. Ni subir a la nube. El gesto de acercarse. La decisión de quedarse. La simple acción de estar.

Y eso es lo que, poco a poco, parece estar perdiendo espacio.

Las máquinas pueden facilitarnos la vida. Pueden ordenarla, optimizarla, incluso anticiparla. Pero no pueden reemplazar lo que sentimos cuando algo nos toca de verdad.

Al final, entre tanta pantalla encendida y tanto contenido que se acumula sin pausa, lo que realmente importa sigue estando en otro lugar, quizás al lado nuestro.

En lo que vemos y hacemos cuando nadie nos está mirando. En lo que somos cuando no hay un botón de “compartir”. En lo que elegimos hacer cuando la vida, de golpe, nos pone frente a alguien que necesita algo más que un “me gusta”.

En ese momento, habría que dejar el celular.

Pero esa es otra historia.

Déjanos tus comentarios en Voiz