- POR GABRIELA TEASDALE
- Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay
Hace poco, la Albirroja nos dio una lección que trasciende largamente el fútbol. Cuando Gustavo Alfaro asumió el desafío de entrenar a la selección paraguaya, no puso el foco únicamente en la técnica ni en los esquemas tácticos. Eligió algo mucho más profundo, mirar a las personas. Su prioridad fueron los jugadores, entender qué les pasaba, cómo se sentían y qué historia traía cada uno consigo.
En una de sus primeras charlas dejó una frase que, al menos para mí, se volvió de cabecera. Dijo que lo único que tuvo que hacer fue “zamarrear un poco el árbol para que se caigan las arañas y nos demos cuenta de que ese árbol siempre estuvo lleno de frutos”. Y ahí, en esa simple metáfora, se esconde una verdad incómoda pero poderosa. Muchas veces no nos falta talento, nos falta creérnoslo. Esa mirada sobre lo humano nos interpela directamente como sociedad. Nos invita a revisar nuestra propia forma de pararnos frente a la vida. Porque, ¿cuántas veces buscamos afuera lo que ya habita en nosotros? ¿Cuántas veces minimizamos nuestras capacidades por miedo, por inseguridad o por costumbre?
La autoestima verdadera no tiene nada que ver con la arrogancia. No es ruido ni exhibición. Es una forma de honestidad. Es reconocer lo que somos capaces de hacer sin pedir permiso, sin achicarnos, sin disfrazar nuestra luz para incomodar menos. Es dejar de negociar nuestra grandeza. Cuando el “profe” habla de no asustarnos ante la sombra de un gigante, porque puede ser apenas una proyección distorsionada por la luz, nos está regalando otra clave. La percepción construye la realidad. En cualquier ámbito de alto rendimiento y también en la vida, la confianza no llega después del éxito. Llega antes. Es condición y no consecuencia.
No se trata de cambiar quiénes somos. La humildad, ese rasgo tan nuestro, no está en discusión. Pero sí se trata de fortalecer la seguridad en nuestras propias competencias, de pasar de una actitud expectante a una actitud protagonista y de sentirnos dignos de la victoria mucho antes de que el resultado lo confirme. A esto se le suma algo que define profundamente al Paraguay, la resistencia. Somos un país forjado en la adversidad y esa capacidad de sostenernos cuando el contexto aprieta es parte de nuestra identidad. Alfaro habla de “retemplar el espíritu” y esa idea resuena. No es solo aguantar el golpe, es saber que, aun con el viento en contra, nuestras raíces son lo suficientemente fuertes para sostenernos y volver a crecer.
Hoy estamos entusiasmados, ilusionados con ver a la Albirroja nuevamente en un Mundial. Pero más allá del resultado, hay algo que este proceso nos enseñó y sería un error no tomarlo. Cuando uno cambia, todo cambia. Lo que vivió el equipo se convierte en un espejo en el que cada uno de nosotros debe mirarse. Tal vez sea momento de llevar esta transformación a nuestra propia vida, de empezar a reconocernos, de tratarnos con más respeto y de actuar con amor hacia lo que hacemos y hacia quienes nos rodean. De asumir de una vez por todas que tenemos con qué.
Que cada paraguayo y cada paraguaya se anime a trabajar en su mejor versión. Que la autoestima, la confianza y la actitud vuelvan a ser el sello de nuestra garra guaraní. Si aprendemos a cuidar los frutos de ese árbol que Alfaro nos invitó a sacudir, entonces sí vamos a poder proyectar, sin miedo y sin excusas, la grandeza que siempre estuvo ahí.

