- Por Bruno Felix
- Profesor de Fundação Dom Cabral, Brasil
“Usted necesita elegir”.
Este es, quizá, uno de los mensajes más repetidos a lo largo de nuestra formación. Elija su profesión. Elija su especialización. Elija un enfoque y manténgase en él. La linealidad se volvió sinónimo de madurez. La permanencia, sinónimo de compromiso. La profundidad exclusiva, sinónimo de excelencia.
Para algunas personas, esta orientación tiene sentido. Para otras, genera un malestar silencioso que acompaña decisiones académicas y profesionales durante años.
Hay individuos que nunca han tenido dificultad para elegir, no porque les faltaran intereses, sino por lo contrario. Siempre hubo demasiados. Literatura y matemáticas. Arte y tecnología. Emprendimiento y docencia. Estrategia y creación. Se sumergen profundamente, se vuelven competentes, exploran posibilidades y, en determinado momento, sienten que el ciclo ha concluido. Surge la curiosidad por algo nuevo, aparentemente desconectado de lo anterior.
Este patrón suele interpretarse como inestabilidad. Falta de enfoque. Miedo al compromiso. Inconstancia. Como si existiera una falla de carácter o de disciplina.
Pero ¿y si no fuera así?
Nuestra cultura romantizó la narrativa de la vocación única. La idea de que cada persona nace con un llamado específico y que la realización profesional depende de descubrirlo temprano y dedicarle la vida entera. Se trata de un modelo eficaz para quienes son naturalmente especialistas. Hay personas que encuentran satisfacción en profundizar indefinidamente en un mismo campo. Este es un perfil legítimo y altamente valioso.
El problema surge cuando tratamos este modelo como universal y transformamos la amplitud en desviación.
Existen personas cuya estructura cognitiva y motivacional funciona por expansión, no por foco. Personas que aprenden intensamente, integran con rapidez y, al dominar un territorio, sienten la necesidad de explorar otro. No porque abandonen con facilidad, sino porque su estímulo está en el descubrimiento y en la conexión entre áreas. Son los llamados multipotenciales.
Y aquí está el punto contraintuitivo. El desafío del multipotencial no es hacer muchas cosas. Es hacer muchas cosas sin conectarlas.
Los multipotenciales poseen al menos tres ventajas estratégicas en el contexto contemporáneo.
La primera es la capacidad de síntesis. La innovación rara vez nace de la repetición disciplinaria aislada. Surge en las intersecciones. Quien transita por diferentes áreas percibe patrones y conexiones invisibles para quien permanece siempre en un mismo dominio. Al combinar repertorios distintos, crea soluciones que no existirían dentro de fronteras rígidas.
La segunda es el aprendizaje acelerado. La experiencia repetida de comenzar desde cero desarrolla un repertorio transferible y reduce el miedo al cambio. Empezar deja de ser una amenaza y pasa a ser una competencia. Las habilidades adquiridas en un campo frecuentemente se convierten en diferenciales inesperados en otro. Lo que parecía desvío se revela como inversión.
La tercera es la adaptabilidad. En entornos económicos volátiles y tecnológicamente dinámicos, la capacidad de asumir múltiples roles no es dispersión. Es resiliencia estratégica. Las organizaciones necesitan cada vez más profesionales capaces de dialogar con distintas áreas, traducir lenguajes y operar en zonas de transición.
Sin embargo, estas fortalezas solo se convierten en ventaja cuando existe una integración consciente. De lo contrario, se transforman en una sensación de incoherencia.
Los multipotenciales no necesitan forzarse a elegir una única identidad profesional para siempre. Necesitan aprender a cerrar ciclos con madurez, conectar aprendizajes y construir una narrativa coherente a partir de la diversidad. Necesitan transformar esa variedad en un portafolio.
Los especialistas y los multipotenciales no compiten. Se complementan. Mientras los especialistas profundizan, los multipotenciales conectan. Los proyectos complejos exigen profundidad, pero también visión sistémica. Los equipos de alto rendimiento a menudo combinan ambos perfiles.
Quizá la pregunta que nos acompaña desde la infancia esté mal formulada para parte de la población. Al preguntar qué desea ser una persona, presuponemos una identidad fija y exclusiva.
Tal vez la cuestión más adecuada sea otra:
¿Qué combinaciones es capaz de crear a lo largo de la vida?
¿Qué problemas puede resolver precisamente porque no pertenece a un único territorio?
En un mundo complejo, la amplitud no es falta de enfoque. Puede ser una forma sofisticada de inteligencia profesional.
Y quizá el verdadero riesgo no sea hacer muchas cosas.
Sea no aprender nunca a conectarlas.

