• Ricardo Rivas
  • Periodista
  • X: @RtrivasRivas
  • Fotos: Gentileza

Cuando estamos inseguros sobre cómo nos sentimos o no tenemos claro qué pensamos, observamos nuestro propio accionar para inferir –desde la ambigüedad– nuestra postura interna.

No conocí a Narciso. Aunque admito que me hubiera gustado conocerlo porque con el paso de los años tengo claro que conocí e interactué con muchos a los que podría describir y/o asumir que son como él, pero mi deseado encuentro no pudo ser. Claro, es un personaje mitológico que disgustó a Némesis luego de que rechazara a Eco, una ninfa bellísima que pretendía seducirlo.

Aunque sorprendente, entiendo que no podría haber sido de otra forma ni de una manera diferente. El corazón de Narciso no tenía lugar para nadie que no fuera él. Estaba enamoradísimo de sí mismo. Se autopercibía bellísimo y un poco más. Es probable que la única imagen que verdaderamente daba con su idea de la belleza fuera la propia que le era devuelta –una y otra vez– por los espejos de agua sobre los que se inclinaba para verse, mirarse, admirarse y amarse en su deambular orgulloso.

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Hijo del dios-río Cefiso y la ninfa Liríope, aquel chiquilín con su impronta preocupó profundamente a su madre que, angustiada, recurrió en busca de consejos a Teresías –de quien se aseguraba que era “adivino”– en procura de conocer qué sería del futuro de su tan amado Narciso. “Vivirá muchos años” –coinciden numerosos textos que anunció el avizor a Liríope–, quien emocionada trocó tribulación por regocijo. Dejó al consultor sin despedirse y sin escuchar una advertencia impresionante. “Pero, para alcanzar la longevidad, nunca deberá conocerse a sí mismo”, dijo Teresías sin ser escuchado.

Aquel pibe bonito creció. Con sus actitudes arrogantes sacudió a los habitantes del Olimpo y zonas aledañas. Desaprensivo, desoyó a su madre. Continuó de lago en lago... de río en río... de estanque en estanque, mirándose y mirándose hasta que el destino quiso que se cruzara con Eco, quien se enamoró perdidamente de él. Aquella muchacha –Grecia lo sabía– tenía capacidades diferentes por un cruel conjuro.

CASTIGO

La hermosa piba –habitante del Olimpo, aquel viejo, exclusivo y cruel barrio griego mitológico, donde solo residían las deidades– tiempo atrás había sido castigada por la celosa Hera, hija de los titanes Cronos y Rea, esposa y hermana de Zeus, quien prejuiciosa suponía que la joven coqueteaba con su marido, mujeriego incansable, quien en alguna aventura inexplicable engendró a un hijo extramatrimonial al que llamó Heracles, conocido también como Hércules a lo largo de la historia.

Por aquella infidelidad imperdonable recayó sobre Eco, sospechada de femme fatale por Era, un castigo tremendo. Para que no pudiera conversar con Zeus, ni seducirlo, cuando intentaba hablar solo podía repetir las últimas palabras que decían sus interlocutores. Aquella peligrosa trama –atravesada por pasiones, reales o supuestas– terminó en tragedia (griega), por cierto. Narciso no le dio a Eco “ni la hora”, aunque la piba lo perreaba una y otra vez. La ignoró.

Continuó enamorado de sí mismo y, cuando Eco –en un encuentro inesperado trató de ir hacia él para expresarle su amor– no solo la rechazó, le dio la espalda y, en procura de ver su propia belleza más de cerca, se acercó tanto a un estanque de aguas claras para abrazarse y besarse con su imagen que, al entrecerrar sus ojos extasiado, prolongó más allá de la prudencia aquel momento sublime de autoerotismo hasta morir ahogado. La joven devastada se arrodilló a su lado hasta consumir su vida sumergida en la tristeza. La voz agónica de Narciso, desde que expiró, quedó para siempre resonando en las paredes montañosas que los rodeaban…

Es la medianoche del viernes. Sentado en la vieja mecedora recuerdo a mi manera aquellas trágicas historias de vida entrecruzadas de Narciso, Hera y Eco que, desde mi porteñidad, la percibo con perfume de tango rioplatense tal vez escrito por (Enrique) Cadícamo y Cobián (Juan Carlos, bisabuelo de Pablo, un buen amigo fueguino que nunca lo conoció y siempre tiene que explicarlo).

AUTOPERCEPCIÓN

Pero, seguramente, no fue así. La autopercepción parece imponerse en nuestra tan maltratada aldea global. ¿Será consecuencia de la individuación?, propone Dani B, un muy querido amigo y colega periodista. No lo sé. Y… no sé cómo saberlo. Tampoco es mi deseo –en esta semana que hoy comienza– instalar una hipótesis sobre el tema. Ni siquiera un vacuo debate de café que podría disparar un fuego cruzado de estupideces. No y solo no.

JCT, un psiquiatra amigo con amplia experiencia de campo, me explicó alguna vez que la autopercepción “es la forma en que una persona se ve, se entiende, se decodifica e interpreta a sí misma”. Agregó que para hacerlo “repasa una y otra vez las que son sus emociones, sus destrezas, habilidades, atributos físicos y sus inmejorables escalas de valores (...) porque con todo ello opera sobre sí como una forma de espejo interno que marca su cotidianidad”.

¿Narciso? ¿Autoimagen con impacto en la autoestima? “Sí... aunque la autopercepción no suele ser objetiva”, añadió JCT. Alguna vez recuerdo haber leído que Daryl Bem (88) –a quien con frecuencia se lo menciona como el “padre de la teoría de la autopercepción”– palabra más palabra menos sostuvo que cuando estamos inseguros sobre cómo nos sentimos o no tenemos claro qué pensamos, observamos nuestro propio accionar para inferir –desde la ambigüedad– nuestra postura interna.

Devenimos en observadores de nosotros mismos. Y, desde esa plataforma biopsicosocial, miramos, somos y hasta imaginamos ser lo que somos… o lo que autopercibimos que somos. ¡Joder! Todo (absolutamente todo y mucho más aun, con enorme audacia, me atrevo a decir y quizás a sostener enfáticamente hasta que me demuestren lo contrario) lo que cuando niños imaginamos una buena parte de quienes somos categorizados como baby boomers, desde hace algún tiempo, interminables operaciones de mercadotecnia y de producción de sentido –con sus resultados a la vista– nos superan ampliamente.

MICROHISTORIA

Una microhistoria, para que quede claro. Ángel Fernández era un compañero de trabajo de don Ricardo, nuestro querido padre. Cada semana, Angelito, como lo llamábamos con afecto, nos traía –a mi hermano Miguel Ángel y a mí– las revistas de historietas de editorial Columba y las de Dante Quinterno. “El Tony”, “D’Artagnan”, “Savarese”, “Nippur de Lagash”, “Precinto 56”, “El Eternauta”, “Mi novia y yo”, “Patoruzú”, “Las aventuras de Isidoro”, “Gilgamesh”...

La tele –que en la Argentina se inició como gubernamental en 1951– “en blanco y negro” (aunque en verdad se desplegaba ante nosotros en la sorprendente palidez enriquecida de la gama de los grises) no estaba situada (en los consumos culturales epocales) ni, mucho menos, incidía. Pero, aun así, los contenidos (informativos, para el entretenimiento, románticos y/o generalistas) impresos sobre papel lideraban. Detrás de ellos, el cine y la radio. Eran relevantes, tanto para los adultos como para las pibas y los pibes.

Y, en ese contexto, como temas, la lucha eterna entre los malos y los buenos disputaba espacio a las canicas, al “fulbito” en las calles y a las tardes de té con las muñecas. Todos y todas éramos protagonistas. En el juego del poliládron; de los marcianos; de los platos voladores; y, espectadores de primeras filas para ver las pelis de guerra, las de los romances frustrados entre ricos y pobres, las de terror, las de ciencia ficción, que nos disparaban tanto los sueños como los llantos, las tristezas, las alegrías pasajeras como las indeseadas pesadillas.

Dormir, no pocas noches, con el velador encendido, con frecuencia era imprescindible. Millones de personas –niños, niñas, adolescentes, adultas y adultos jóvenes imaginaban y se veían como héroes, heroínas o los craks del fútbol, del automovilismo, del box que salían en las tapas de El Gráfico. ¿Nos autopercibíamos? Tal vez. Pero con certeza debo decir que no recuerdo pibe o piba alguna que me haya ladrado o intentado morder diciendo ser Lassie o Rin Tin Tin, dos héroes caninos inolvidables.

Muchos y muchas supimos del hombre lobo con “Gilgamesh, el inmortal”, que Lucho Olivera, primero, y el maestro Robin Wood nos ofrecían desde aquel comic, hoy de culto

CURIOSIDADES

¿Otro mundo? No, este mismo, allá lejos y hace tiempo... con estímulos diferentes. Pero, sin embargo, desde entonces –incluso desde antes de aquello– y aunque con sus peculiaridades para cada ocasión temporal, algunas curiosidades (y misterios misteriosos) aparecen como perennes y/o constantes que sorprenden por su persistencia de la mano de enormes creativos –como lo eran aquellos artistas plásticos y escritores de muy alto vuelo– que comenzaron a ser parte relevante de nuestras vidas que no eran, como la tele, en blanco y negro.

Así supe de Ray Collins (que el paso del tiempo y el oficio de periodista me revelaron que se trata de Eugenio Juan Zappietro, 90 años), autor de tiras que se leen hasta hoy; de Héctor Germán Oesterheld (1919- secuestrado, desaparecido y asesinado el 27 de abril de 1977 en un centro clandestino de cautiverio); de Robin Wood (1944-2021), admirador confeso de Collins y Oesterheld; y de Lucho Olivera (1942-2005), que con su máxima creación, “Gilgamesh, rey sumerio”, nos paseaba por la historia desde la perspectiva de la ciencia ficción.

¡Fantástico! Héroes, villanos y animales siempre son partes de la historia y de nuestras historias. De hecho, fue por aquellas décadas que supe del hombre lobo, que como mito acompaña a la humanidad desde unos 5 mil años.

En la “Epopeya de Gilgamesh”, seguramente, en la que Lucho Olivera abrevó para dar vida a su obra que en los años 80 del siglo pasado continuó el maestro Robin Wood, habrá comprendido que era necesario incorporar también aquel mito que, desde la niñez y la adolescencia, logró que el personaje mitológico de Licaón –hasta nuestros días– me atrape y quiera saber más de él, del hombre lobo y, más aún –siempre desde la perspectiva mitológica– de la eventual transformación de los hombres en bestias.

TERROR SOCIAL

La historia da cuenta también de que entre los siglos XV y XVII, en Europa, lo que para mí hasta la actualidad es un interrogante a desentrañar a través del conocimiento, el hombre lobo era disparador del terror social en la Edad Media y el Renacimiento. La memoria me lleva, en esta noche de viernes, hasta algunas de mis lecturas juveniles.

Un par de días atrás se inició el quinto año de crueles combates desde cuando Rusia invadió Ucrania. El déspota Vladimir Putin, presidente ruso, dijo que serían “cuatro días”.

En el cuarto año de mi secundario en el Instituto San Román –en mi pueblo natal, el Bajo Belgrano en Buenos Aires, unos 1.300 kilómetros al sur de mi querida Asunción– la siempre bien recordada y respetada Antonia Caputo de Galicchio, la profe de literatura, recomendó leer las “Historias” de Heródoto (de Halicarnaso [484-425 a.NE]). “Especialmente, el Libro IV”, decía doña Antonia.

¿Qué recuerdo haber encontrado en él? A Heródoto, historiador y geógrafo, con frecuencia se lo menciona como el padre de la historia. Fue el impecable relator de las que se conocen como Guerras Médicas cuando el Imperio Aqueménida (medos y persas) se enfrentó con Grecia. Pero en el texto clásico –aquel que sugirió la profe Antonia– el tema son los Neuri, una sociedad tribal que localiza en el norte de Escitia (actualmente Ucrania y Bielorrusia, de allí el recuerdo vinculante), cuyos integrantes eran “hechiceros” y, durante algunos días de cada año, se transformaban en lobos para luego recuperar su humanidad.

THERIANS

Grecia... Grecia... Grecia... Entrecierro los ojos, relajado sobre la vieja mecedora. La nocturnidad avanza implacable. El sábado se impone. La medianoche quedó atrás. Dormito. Una alarma en el celu llama mi atención. “Therians en Instagram” es el mensaje que envía @e#g%z*913, apenas un conocido en la red del que nada sé. Sus posteos no me atraen. Miro sin ver. Escenas de la vida cotidiana en la realidad mixta.

Amante de las palabras y sus significados, recuerdo que unos pocos días atrás fundeu.es me informó que “la voz teriano es una adaptación posible del extranjerismo therian en referencia a la persona que siente tal vínculo con un animal que llega a imitar su aspecto y comportamiento”. Esa voz que deriva del griego “therion” (animal salvaje) y anthropos (humano) satura desde unas pocas semanas los ecosistemas digitales.

Mis búsquedas me indican que no se trata de una forma novedosa de jugar o divertirse, ni mucho menos de disfrazarse. Es una vivencia interna profunda y tal vez conectiva entre humanas y humanos con la animalidad. Desconcierto. ¿Será acaso una evidencia del “homo demens” al que refiere el maestro Edgar Morin?

Nuevo mensaje de @e#g%z*913. Declino de leerlo. Un distinguido académico y amigo, EBZ, sociólogo –sobre el mediodía del viernes que pasó– me explicó que “los therians irrumpieron en las comunidades digitales en el inicio del milenio” y que “últimamente ganan espacio en Instagram y Tiktok”.

Therians. Se autoperciben animales e irrumpen en la fauna digital. Hombres y bestias, desde siempre en la historia universal

TRASTORNO

GRM, doctorada en psicología, va más allá con un WhatsApp: “Tengo un par de pacientes que presentan esa alucinación que les hace sentirse como un animal –cualquier animal, no uno en particular– o alucinan que están transformándose o adquiriendo animalidad”. ¿...?, respondo.

“En psicología, si bien hay corrientes diversas, consideramos la licantropía o licomanía como una forma de trastorno mental”, agrega la amiga que se niega a seguir ilustrándome. “Déjame dormir, es mi único día sin pacientes”. Quiero saber más. Se trata de “(...) un trastorno extraño y no muy habitual (...) entre 1850 y 2012 uno de los autores que ha explorado el trastorno, (Jan Dirk) Blom (de la Universidad de Leiden) solo ha encontrado trece casos documentados (y) sus síntomas son en gran parte atribuibles a trastornos como la esquizofrenia a algunos brotes psicóticos”.

Me largo a andar con la claridad propia del crepúsculo civil. Camino por la playa. El sol supera el horizonte. Doy gracias a la vida. Algunas gaviotas me sobrevuelan...

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