• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

A finales del año pasado, el embajador Salvador Meden me invitó a formar parte de un conversatorio sobre “La diplomacia cultural como pilar de la política exterior del Paraguay”. Iba a compartir espacios con la escritora Ana Martini, Violeta Barúa, de la Secretaría Nacional de Cultura, y Manuel Tornato, director de Relaciones Culturales y Turismo, de la Cancillería. Un sabio consejo nos recomienda no improvisar en estos casos. Así que redacté un discurso que no debía superar los diez minutos.

Tampoco hay que avergonzarse de pedir ayuda intelectual, de modo que recurrí al maestro Mario Ramos Reyes, quien fuera cónsul de nuestro país en Kansas y que fue desvinculado de sus funciones sin razón alguna y sin considerar que era un lujo –y no es un simple lugar común– en el cargo. Es, además, catedrático en la universidad estatal de dicha ciudad de los Estados Unidos. Pero las cosas no siempre salen como planteamos. Cuando llegué al salón de actos del Palacio Benigno López me di cuenta de que no tenía conmigo el escrito. “Y qué pensás hacer”, me pregunta Ana. “Y voy a empezar explicando el concepto”, le respondí.

“Eso sí que resultará complicado”,replicó el arquitecto Rodolfo Oviedo, quien estaba escuchando nuestra conversación, alegando la multiplicidad de sus definiciones. Yo me casé con una de ellas, la de Herbert Marcurse fue mi respuesta: “Proceso de humanización, caracterizado por el esfuerzo colectivo por proteger la vida humana, por apaciguar la lucha por la existencia, por estabilizar una organización productiva de la sociedad, por desarrollar las facultades intelectuales, por reducir y sublimar las agresiones, la violencia y la miseria”. Aquí no falta nada.

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Desde ese punto, tratamos de establecer una conexión entre los valores culturales y los hechos en el campo de la diplomacia, y preguntarnos, igual que Marcuse: “¿Cómo están relacionadas la literatura, las artes, la filosofía, la ciencia o la religión con el comportamiento real?”. Y en esa contradicción es que debemos analizar la imperiosa urgencia de compatibilizar los enunciados con la práctica. Pero el motivo de este artículo se explica porque hace días encontré los aportes del profesor Ramos Reyes para aquella breve conferencia.

Y tiene que ver, también, con el estado en que se encuentra el desempeño de la acción política a nivel nacional. Hacía referencia a un memorable discurso de Juan Pablo II ante la Organización de las Naciones Unidades para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco),el 2 de junio de 1980: “La cultura es la que hace que el hombre, en cuanto hombre, sea más y no solamente que tenga más”. Insistía en la necesidad de evangelizar la cultura, humanizarla, para que vuelva a su fuente original, porque solo una cultura que busca la verdad puede sostener una política que sirva al hombre. Que no es lo mismo que el hombre se sirva de la política.

Por lo que antecede se reclama, y con razón, volver a las raíces, porque cultura viene del latín cultus, que deriva del verbo colere y significa cultivar. Y aunque originalmente se refería al cultivo de la tierra, con el tiempo pasó a significar el cultivo del alma o del espíritu. Y la fuente primaria para ese “cultivo” es la lectura con el propósito de cosechar sabiduría. Un hábito al que la mayoría de la clase política ha declarado una enemistad irreconciliable. La política, desde Aristóteles, ya no es un barbecho permanente, un terreno deliberadamente raleado, pero no con el propósito de enriquecerlo para el futuro, sino al contrario, para volverlo más paupérrimo, aunque fértil para las impetuosas improvisaciones.

Esa mayoría de la que hablamos no puede comprender la cultura como un recurso clave “para el desarrollo y la cohesión social, la identidad y el bienestar” (Unesco).Por tanto, es también una herramienta para la lucha contra la pobreza y la corrupción, dos puntas que históricamente han carcomido nuestra sociedad. Y lo más importante, ningún cambio o transformación tendrá sostenibilidad en el tiemplo si no considera a la cultura como telón de fondo. Por eso el círculo vicioso de hacer todo de nuevo cada cinco años. Y, así, el pueblo paga siempre las consecuencias. Buen provecho.

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