• Por Víctor Pavón

La idea de un Estado limitado a funciones específicas estable­cidas en un documento lla­mado Constitución, fue el resultado de la portentosa tarea de los pensadores de la libertad. Esta línea exposi­tiva se inicia en la Escuela de Salamanca en España en el siglo XVII, conformada por monjes dominicos y jesui­tas, para luego consolidarse en Inglaterra y Francia en la era de la Ilustración en el siglo posterior.

Francisco de Vitoria y Juan de Mariana y otros a quienes no cito por razones de espa­cio, desarrollaron argumen­tos sólidos sobre la propiedad privada, el libre mercado y el gobierno limitado.

Advirtió esta Escuela sobre la intervención estatal en la economía. Lograron, en aquellos lejanos años, des­entrañar la causa de la infla­ción alertando sobre la mani­pulación de la moneda. Sin duda, el legado de la Escuela de Salamanca sigue vigente para luego avanzar todavía más con la Escuela Austriaca de Economía.

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El enfoque aspiracional del emergente liberalismo clásico se centraba en el gobierno limitado, la vida, la libertad y la propiedad pri­vada para evitar los daños del poder estatal, noble y nece­saria intención si tomamos en cuenta que el feudalismo y la monarquía se mostraban como sistemáticos violado­res de aquellos derechos.

Un gobierno limitado por la Constitución y teniendo como contrapeso al Par­lamento, no es una mala idea. El inglés John Locke en su obra “Segundo Tra­tado sobre el gobierno civil” (1690 ) publicado anónima­mente para defenderse de sus enemigos, afirmaba que la ley está sobre el Rey y que también el Parlamento debe subordinarse a la ley natural. En el capítulo V de su libro, encontramos el alegato más brillante jamás conocido sobre la propiedad privada. No en vano es reconocido como el padre del liberalismo clásico.

Locke fue un hombre sabio y valiente, pero, considero él sabía que su teoría tenía un inconveniente: el poder tiende a crecer y a corromper e insistió por ello en su divi­sión en tres partes, el Ejecu­tivo, Legislativo y Judicial. Los resultados fueron exi­tosos. Fallecido en 1704, su legado sobreviviría al tiempo y al otro lado del océano. La Declaración de Indepen­dencia de los Estados Uni­dos (1776) rememora en su texto la genialidad de este notable pensador.

Locke tenía razón hasta que algo pasó. El Estado es un monopolio que obtiene sus ingresos mediante el uso de la fuerza. Su carácter coercitivo se expande según los intere­ses de una minoría obligando a la mayoría, sin consultarles, bajo cargo de multas y cár­cel a dañar su libertad y pro­piedad, tal como ocurre en la democracia.

Me animo a sugerir que quizás fue eso lo que Locke no exa­minó con suficiente deteni­miento (sucede lo mismo con el liberalismo clásico) y si lo hizo, no lo expuso en sus obras.

(*) Presidente del Cen­tro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”, “Cartas sobre el liberalismo”, “La acredita­ción universitaria en Para­guay, sus defectos y vir­tudes”, y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la libertad y la República”.

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