• POR JORGE TORRES ROMERO

La internación del expresidente Hora­cio Cartes generó una ola de mensajes de apoyo que trascienden partidos, simpatías y coyunturas. En política se con­frontan ideas, modelos y liderazgos.

Pero cuando la salud está en juego, lo pri­mero es lo humano. Y en ese plano, corres­ponde desear una pronta recuperación, sin mezquindades.

Cartes no es un dirigente menor en la histo­ria reciente del Paraguay. Fue presidente de la República, líder de un espacio político gra­vitante y protagonista central del escenario nacional en la última década. Su internación no es un dato trivial: moviliza a su entorno, a su partido y a una parte significativa de la ciudadanía que ve en él a un referente.

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Ahora bien, la política también tiene memo­ria. Y allí es donde el mensaje de “solidari­dad” del expresidente Mario Abdo Benítez resulta, como mínimo, desconcertante.

Porque no estamos hablando de una rivali­dad electoral clásica, ni de diferencias ideo­lógicas propias del juego democrático. Lo que se vivió en los años de su gobierno fue otra cosa.

Para Abdo, Cartes no fue simplemente un adversario. Fue un objetivo. Una obsesión. No se trató de disputar liderazgo dentro de un mismo partido, sino de intentar su demolición política, económica y personal. Las tensiones no quedaron en el terreno del debate escalaron hacia una estrategia siste­mática de confrontación que buscó arrinco­narlo, aislarlo y, según denuncian sus allega­dos, afectar también a su entorno familiar y empresarial.

En ese contexto, el posteo solidario suena vacío. Más aún cuando el empresario José Ortiz salió públicamente a señalar lo que considera una falsedad: que quien hoy expresa buenos deseos fue el mismo que –desde el poder del Estado– impulsó acciones orientadas a destruir política y financiera­mente a su rival.

La política democrática implica competen­cia, alternancia y control. Pero no habilita el uso del aparato estatal como herramienta para “fundir” al enemigo. Cuando el adver­sario se convierte en una presa a cazar, el sistema se degrada. Y eso fue lo que muchos observaron durante el quinquenio anterior: una lógica de confrontación total, donde el objetivo ya no era ganar elecciones, sino eli­minar al otro del mapa.

En momentos de fragilidad personal, como una internación, corresponde respeto. Pero también corresponde coherencia. Si la rivalidad fue llevada al extremo de intentar la destrucción del otro, no basta un mensaje en redes sociales para rees­cribir la historia.

La salud de cualquier dirigente merece con­sideración. La dignidad del debate democrá­tico, también. Y si algo debería enseñarnos este episodio es que el poder no puede usarse como arma de aniquilación política. Porque cuando la política se convierte en vendetta, todos pierden.

Hoy se desea la recuperación de Cartes. Mañana, ojalá, se recupere también una forma más madura y menos destructiva de hacer política en el Paraguay. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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