- Por Aníbal Saucedo Rodas
- Periodista, docente y político
Del mito al logos, de las disputas y supremacías alternadas entre razón y fe y los esfuerzos por su conciliación, de la ilusión del progreso ilimitado, del escepticismo radical y el relativismo devorador de verdades, el siglo XXI nos enfrenta al predominio de las emociones primarias sobre las argumentaciones lógicas. La construcción de un enemigo común para formular identidad es el mecanismo para movilizar adhesiones sin necesidad de apelar a la reflexión.
En esa estrategia, pensar es un artículo no solo descartable, sino peligroso, por cuanto podría alcanzar la categoría de discernimiento propio ante la avalancha de consignas que tratarán de incrustarse en el comportamiento colectivo por el mecanismo de la repetición.
De hecho, el discurso político siempre tuvo la impronta de lo ideológico-emotivo, aunque ahora aceleradamente se ambiciona despojarlo de su lado racional. La política, por tanto, se convirtió en el paraíso de las improvisaciones y de los improvisados que pretenden aprender en plena carrera. Y ya no es el lenguaje su instrumento insustituible.
Sociólogos, filósofos, politólogos y sicólogos sociales advierten que la propaganda está retornando con todo su esplender (miente, miente, miente), aunque algunos consideran que nunca se fue del todo, sino que estaba camuflada bajo otros ropajes y denominaciones. Pero la polarización deliberadamente estructurada se fundamenta en consignas como representación política y no en ideologías contrapuestas, es decir, en ideas y no en simples proclamas que alimentan resentimientos, prejuicios y hasta miedos. Cierto es que resulta imposible suprimir las fronteras entre un “nosotros” y un “ellos” (Chantal Mouffe), pero esa situación no implica deslegitimar al adversario convirtiéndolo en enemigo a ser destruido. Tampoco supone la eliminación del conflicto, sino la resolución de las visiones diferentes dentro de una sociedad –democrática, obviamente– por la vía del debate. Un debate que esclarezca las alternativas por las que podrá optar el elector en la apasionada lucha por la hegemonía en el poder. Hoy debemos lamentar que la pasión se redujo groseramente a la descalificación personal o la pretendida y mutua deslegitimación de los partidos políticos. Algunos como “responsables de la decadencia de las últimas siete décadas” y otros por su “incapacidad de gobernar”, producto de la “orfandad popular”. Y en el medio aparecen los “nuevos”, los que sueñan con un tercer frente que pueda romper el dominio de la Asociación Nacional Republicana en el escenario del poder.
Las elecciones municipales, con proyecciones a los comicios generales de 2028, carecen de propuestas serias y viables y se exceden en pobreza argumentativa. Al menos, hasta ahora. También hay que derribar la creencia de que Asunción será la madre de todas las batallas –una expresión que debería estar jubilada–, como tampoco lo fue Ciudad del Este. Después de la victoria del movimiento Yo Creo en las recientes municipales de la capital del departamento de Alto Paraná, periodistas, expertos y analistas políticos trasladaron automáticamente a Miguel Prieto al Palacio de López.
Prieto, aspirando agrandar su imagen más allá del territorio regional, apoyó la precandidatura de Johanna Ortega para pugnar por la Intendencia de Asunción, mientras el Partido Liberal Radical Auténtico apostaba por Soledad Núñez como representante única de la oposición (pulseada que, finalmente, ganó), que se dirimió por el mecanismo de la encuesta. Podríamos afirmar que fue la primera derrota política de Miguel Prieto.
El discurso central del día domingo 22 de febrero en que se conoció el resultado de la encuesta se puede sintetizar en la urgencia de “desplazar lo viejo”. Por ahí también anda uno de los precandidatos a la Presidencia de la República por la oposición interna del Partido Colorado, quien, hasta ahora, tiene como única estrategia criticar al Gobierno, incluso en aquellas áreas que no encontraron solución cuando él formaba parte de la anterior administración.
Nuevamente se anhela triunfar sobre los vicios y defectos del adversario y no sobre las virtudes propias. Para ello, generar emociones es suficiente. No ha ofrecido ningún programa que pueda mejorar o suplantar la gestión del actual presidente y sus ministros. ¿Estamos condenados por el infortunio? No creo. Sería renunciar a la esperanza. Pero hay que consolidar una sociedad política con pensamiento crítico para acercarnos a una democracia de calidad y con equidad. Y andar cautelosos con los “nuevos” de todos los partidos que quieren el poder, pero que aparecen con viejos hábitos y esclerosados discursos. De ahí la importancia de elegir y no simplemente cumplir con el rito de votar. De ahí la importancia de aprender a pensar. ¿Estaremos retornando del logos al mito? Buen provecho.

