• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Casi siempre (pero no siempre), un simple intercambio de opiniones suele subir de temperatura hasta adquirir los contornos de una llamarada convertida en furibunda discusión. Cada uno, con todos los argumentos que le favorecen, pretende imponer su punto de vista.

Y como el debate respetuoso es una asignatura todavía ausente de nuestras aulas democráticas, las formulaciones que debieran ser dialécticas sufren la metamorfosis de la adjetivación iracunda que aspira a aparentar comedidas, pero que contradice la expresión del rostro, razón por la cual el mensaje debe interpretarse desde su significado profundo.

El semblante tiene una connotación que supera la aplicación literal de las palabras. La que se presagiaba como una cita en la cual una flecha de Cupido podría atravesar dos corazones tuvo un brusco desenlace, sin saber cómo ni por qué se originó la inclemente disputa verbal que, de áspera, se trasmutó a agria y, finalmente, a venenosa.

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Como la contención es un estado que en mí suele tener fuertes altercados con la intemperancia, en una lucha constante para perfeccionar el autocontrol, que esta vez no funcionó, empecé a responder en el mismo tenor.

Y en esa jungla de emociones controvertidas, sabiendo que soy ideológicamente adscripto al Partido Nacional Republicano, ella lanzó –urbi et orbi– su anatema final: “¡Sos un hurrero!”. Una espontánea risotada interior detuvo la sangre al borde del río. Pero me sirvió para la presente reflexión.

En cuanto al relato que actúa como fondo de este artículo, una vez superado el momento sanguíneo, las relaciones continuaron con su proceso normal por el bien de la humanidad.

Vayamos al meollo del asunto. A inicios del siglo pasado, Ricardito Brugada inscribía su nombre en la lista de los hurreros. La mayoría de sus improvisados discursos terminaba con ¡vivas! y “hurras” al Partido Nacional Republicano. De vez en cuando hacía lo mismo Ignacio A. Pane, de acuerdo con las crónicas periodísticas de aquella época dorada de la política paraguaya. Por supuesto, no tenía la connotación peyorativa que hoy aspiran a instalar algunos periodistas y políticos de la oposición, para armar un silogismo simple que concluya en la descalificación general. Ya ocurrió durante el gobierno de Fernando Lugo, cuando se trató de conceder una acepción despectiva al término “seccionalero”, para definir al universo colorado desde la perspectiva de ciertas particularidades que son características del partido. Nada nuevo en la historia de la Asociación Nacional Republicana.

Sus adversarios históricos (los liberales), desde antes de la creación de esta entidad política, y más todavía después, intentaban desacreditarla identificándola como lopizta, como si fuera un estigma la reivindicación de la memoria del mariscal Francisco Solano López. Se trataba de construir una suerte de arquetipo –negativo, por supuesto, como un villano– que pueda penetrar en el imaginario colectivo, con el propósito final de derrotarla en todos los frentes, especialmente en el campo de batalla electoral. Naturalmente, por el lado de los republicanos, los disparos apuntaban al origen “legionario” de los fundadores del Centro Democrático o Partido Liberal. Campaña que se desató con furia durante la dictadura de Alfredo Stroessner, con una ANR sumisa a sus despóticos caprichos. Valga aclarar que los denominados “legionarios” se infiltraron en ambos partidos.

Perfeccionar un arquetipo –positivo, diríamos– que se adecue al imaginario colectivo fue brillantemente desarrollado días atrás por los argentinos Lucía Magdalena Collado y Osvaldo Daniel Paulina, expertos en comunicación estratégica, durante la presentación de tres libros: “Estrategias para la construcción de la imagen política en Latinoamérica”, “Política persuasiva: construyendo una comunicación poderosa” y “Militancia digital: la fuerza invisible de la política”. De esto hablaremos en otros artículos.

Durante la convención republicana de 1912, los medios ligados entonces al oficialismo liberal advertían que la reunión de las “hordas coloradas” terminaría en disturbios. No ocurrió tal cosa. Carlos Miguel Jiménez, en la carta dirigida a Juan León Mallorquín el 14 de julio de 1946, solicitando su inscripción en el gran cuaderno rojo de la Asociación Nacional Republicana, señalaba que, “a propósito de cultura intelectual, los ignorantes de otros partidos suelen argüir que el coloradismo es el partido de los ignorantes”. Y él mismo se respondía: “¡Y qué ignorantes! Fulgencio R. Moreno, Manuel Domínguez, Antolín Irala, Pedro P. Peña, Ignacio A. Pane, Blas Garay, Delfín Chamorro, G. Antoliano Garcete… Esto, para no citar sino una parte de nuestros muertos ilustres que fueron maestros indubitados de la juventud paraguaya, brillantes hombres de resonancia continental”.

Actualmente, con diferentes calificativos, volvieron al ataque. Con una lógica desvirtuada de sus principios y metodología tratan de confundir al todo por las partes. Es obvio que, desde aquellos tiempos en que Ricardito Brugada hacía hurras, los personajes que se encargan de tal menester fueron degradándose –hay que decirlo– en agitadores rentados, pero que –también hay que decirlo– se van extinguiendo del escenario político republicano. Por ese silogismo manipulado, ahora todos los colorados somos hurreros, dándole, repito, una connotación peyorativa, de abyección, servilismo y corrupción. Si eso fuera verdad, encontraremos hurreros en todos los estratos sociales, partidos políticos y profesiones. Incluyendo el periodismo. Buen provecho.

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