• Por Alex Noguera
  • Periodista
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En un mundo en que la testosterona pisotea flores todos los días del año, el color lila del 8M es un rayo de esperanza que intenta mejorar las distintas sociedades ante la desigualdad que impera entre hombres y mujeres.

Gracias a los medios globalizados, el mundo entero pudo informarse sobre las marchas que se desarrollaron hace dos días en más de 170 países. En ellas, millones de personas exigieron para las mujeres, entre los puntos más importantes, igualdad de salario, el fin del acoso y la violencia de género y también protestaron contra la discriminación.

La opresión machista fue visibilizada en todo el planeta y desafiada incluso en los países musulmanes, donde el sol de los derechos humanos eternamente está oculto por las nubes de la ignorancia. Desde Pakistán informaron que unas mil mujeres marcharon pidiendo independencia de los hombres; en Yakarta, capital del mayor país musulmán, reportaron que 69 organizaciones se atrevieron a protestar frente al Parlamento y al palacio presidencial; y en 14 ciudades de Turquía las mujeres salieron a las calles a pesar de la prohibición de marchas o manifestaciones vigente desde el año 2016.

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En otros países lejanos como Filipinas, Camboya, Japón, Corea del Sur y Rusia las protestas fueron unísonas. Las voces de hartazgo también se alzaron en varias regiones de África, donde se practican ancestrales aberraciones culturales que no solo mutilan derechos, sino que diariamente arriesgan la vida de niñas y mujeres.

En España se sienten orgullosos por la manifestación sin precedentes que lograron y por la primera huelga feminista de la historia de ese país. Acá, con algarabía pudimos ver que en Paraguay también las mujeres se sumaron a la justa causa social y que por las calles desfilaron orgullosas con los colores del 8M. Sin embargo, decir que las protestas fueron multitudinarias en países más civilizados como los europeos y americanos es una verdad a medias, no por la cantidad de manifestantes, sino por el cristal de la lupa que define la palabra "civilizados".

Lograr la igualdad de derechos entre hombres y mujeres no es tan difícil en teoría, pero sí en la práctica. En primer lugar porque hombres y mujeres pensamos y sentimos de forma distinta. Otro aspecto que conspira contra este fin es el natural desinterés de los unos en perder sus privilegios, que les reportan placer y acomodo. Sexo sin amor y lujos sin trabajar pintan la bandera de los machos que atraviesan la vida en unas desproporcionadas vacaciones perennes.

¿Para qué trabajar si ese es el sentido de las esclavas? Sin fanatizarnos por alguna religión, en Mateo 6:7 encontramos un versículo que ayuda a aclarar esta perspectiva. Habla de "Echar margaritas (o perlas) a los cerdos", lo que significa ofrecer generosidad a alguien que no puede apreciarla.

Es decir, ¿cómo explicarles a los bestiales machos ahogados de testosteronas que existe un mundo mejor y más justo, pero que deben renunciar a su egoísmo? ¿Cómo hacerles entender que el lugar de las mujeres no es solo la cocina y la cama y que tienen mucho que enseñarles sobre sentimientos, sobre valores, sobre un futuro distinto al lodo de la porqueriza en el que chapotean?

En este análisis hay que ser sinceros, aunque duela. Les cuesta apreciar las margaritas; no pueden; así como tampoco pueden ver el mundo ideal las mujeres que rigen su vida por el odio hacia los hombres. En esta necesaria lucha por la igualdad se deben definir bien los conceptos y objetivos. No solo las mujeres luchan en pos del mismo fin, sino que también los hombres. Hablamos de hombres y no de machos; nos referimos a mujeres, no a extremistas con polleras.

En ese contexto, algunos "visionarios" que despliegan argumentos "irrefutables" pregonan sobre el derecho que tiene la mujer sobre su propio cuerpo y de decidir qué hacer con él. Bien hasta ahí si quiere hacerse tatuajes, incluso salir a la calle con los senos al aire o emborracharse o… lo que quieran, en tanto no afecten a los demás, ya que vivimos en sociedad.

Es así que estos visionarios argumentan que las mujeres tienen derecho a abortar porque es su cuerpo, por tanto exigen que la ley les ampare porque quieren matar con mejores condiciones, sin arriesgar la vida propia. Exponen que existe el aborto clandestino a causa de violaciones y que las estadísticas revelan la mortandad de esas frustradas madres. ¿Por qué tiene que pagar el inocente por el culpable? ¿Por qué en todo caso no elevan las penas a los violadores o los matan a ellos? ¿Por qué apañarlos?

La mujer es la prueba de que Dios crea perfección. Es justo apoyar las reivindicaciones que exige. Es hora de que terminen las vacaciones de los cerdos.

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