- Por Jorge Torres Romero
- Periodista
El movido año 2017 también sirvió para desenmascarar a quienes siguen creyendo que venden objetividad e imparcialidad en un oficio altamente contaminado por los factores ajenos a la esencia del periodismo.
La irrupción de la hermana del presidente de la República en la compra de medios de comunicación obligó de manera tácita hasta ahora, a que la sociedad perciba hoy cómo opera la prensa, en general.
La fuerza de un nuevo frente económico en el negocio de los medios, y sobre todo vinculado al poder de turno, dejó en offside a los antiguos propietarios quienes venían imponiendo sus agendas y bajando la línea de lo que ellos, conforme a sus intereses, sostenían que eran los temas que la sociedad necesitaba conocer, debatir y consumir.
Cuando ingresa un nuevo jugador, con una agenda distinta y de contramano a ellos, obviamente irritó a los antiguos dueños de la verdad y desató una guerra en varios frentes, en lo económico y en lo político.
Esta situación, a la larga beneficia a la ciudadanía, que hoy sabe cómo operan los dueños de los medios, además tiene varias voces que oír y una lectura más completa de la realidad. Cuanto más jugadores aparezcan en los medios, más se visibiliza la agenda que otros ocultan, ya sea por desinterés o por el solo efecto de defender un negocio.
Y medio de estos intereses capeamos los periodistas, con principios, convicciones, caprichos, vicios, ideologías, tendencias, clubes, partidos y quizás la mirada crítica y sensible de observar la realidad que nos llevó a abrazar este oficio.
Es cierto que la guerra de los dueños de los medios no es nuestra guerra, pero la peleamos, al punto que un diario obliga a sus periodistas a leer sus editoriales todos los días, como para que compren y se identifiquen con la causa, aunque sea por ósmosis. Es hasta casi una cuestión natural y hasta de sentido común que ello ocurra y no pasa precisamente por una cuestión de necesidad o supervivencia, sino de compresión de cómo funcionan las cosas que a veces coinciden con nuestros ideales (me refiero a las líneas editoriales de los medios).
Eso de satanizar a quienes están de este lado o del otro, o pretender marcar diferencia entre esto es periodismo, aquello es basura o viceversa, solo contribuirá en generar maniqueísmo y desviar la atención de las discusiones de fondo que como país debemos hacerlo y tienen que ver en cómo crear condiciones de crecimiento económico, mejorar la calidad educativa, el acceso a la salud pública, combatir la corrupción, la impunidad, sanear la justicia y que la gente viva mejor.
Si nos enfocamos solo en trasmitir el tenor de los discursos políticos, muy cambiantes por cierto, o en responder solo a las guerras de los poderes de turno no avanzaremos mucho y contribuimos así a que todo siga igual.
Más que nunca estas internas evidenciaron cómo todos los medios y sus periodistas entraron a jugar su propio partido y que aquello de la objetividad e la independencia siguen siendo lo que siempre fueron, un ideal.
Aquel que no asuma que esto fue así, como mínimo es un ingenuo o quiere seguir vendiendo gato por liebre a la gente y además en nada contribuye a superar esta etapa de la discusión ya asimilada por muchos y elevar la prédica en otro escenario donde, como decíamos, se debatan los problemas reales y de fondo.
En nombre de esa objetividad e imparcialidad, que a toda costa muchos periodistas quieren imponer, se han cometido, así como grandes aciertos, grandes injusticias y mentiras. Es mejor asumir, por ejemplo, que uno está en contra de todos los despidos que se dan en los medios de comunicación o quedarse callado, antes que caer en el ridículo de que solo mi indignación pública se da cuando ello ocurre en el grupo donde no trabajo. Así se construye credibilidad. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

