- Por Mario Ramos-Reyes
- Filósofo político
Los seres humanos no somos "espejos" de la realidad, sino que la interpretamos, le damos nuestra perspectiva. Si lo fuéramos, toda la realidad sería vista como idéntica por todos. Pero no es así. Nuestra libertad es tal que permite esa mirada hacia las cosas, unos ven una realidad, otros otra. El "filtro" de nuestra experiencia tiñe las cosas. De ahí que pretender una suerte de neutralidad en donde todo se pueda conocer de una vez para siempre –el gran sueño del racionalismo ilustrado– es una ilusión. Como asimismo es una quimera ese anhelo a veces insoportable de algunos cristianos que critican a otros que no ven lo que para ellos les parece obvio.
Es que los seres humanos no somos meros "espejos" de la realidad.
Por eso, nuestra perspectiva sobre la realidad, sobre el mundo y sobre Dios exige que alguien aclare, explique y, por sobre todo, se presente como testigo. Y ese alguien es un ser humano con un modo propio, el modo de ser persona, con un mundo interior y una subjetividad donde se experimenta y se es consciente de lo que se vive. Esa es la perspectiva cristiana, una experiencia vivencial y concreta, de lo que testimoniamos de las cosas.
Por eso es propio afirmar que, si no somos "espejos", sí somos "testigos", testigos que vemos los que otros no ven. Pero esa posibilidad de "ver" en la realidad los signos del Misterio, no es fruto de un presunto talento, superioridad o capacidad inusitada, sino un regalo, una Gracia. Esa es la fe, que viene de lo Alto y mueve nuestra persona. Ese es, creo, el significado de la Navidad que permanece. La realidad de Dios que misteriosamente mueve la experiencia de la persona y muestra los vestigios, de manera discreta, de la presencia de Dios.
Más de un lector, seguramente, se sonreirá incrédulo ante semejantes afirmaciones. O invocará alguna objeción burlona. Y no dejará de tener razón si, además, se arriesga en sostener que ese Dios cristiano está silencioso. Cruel silencio, frente al sufrimiento gratuito de los inocentes. No hay vuelta de hoja que darle: el mal y la miseria morales que nos rodea y nos agobia, hace incomprensible y hasta inmoral una afirmación de su existencia. ¿Creer en la felicidad dada por un Dios impasible?
Pero el dato del Misterio aunque esté ahí, no se refleja en todos, no es automático. Insisto, no somos meros espejos. Somos personas que deben querer, deben desear. La creencia en el absoluto empieza, después de todo, en el asombro como lo advertía Aristóteles. Es que la voz de Dios, no es evidente, no se "oye" como si fuéramos un eco mecánico que reflejamos su existencia. Solo se nota su presencia en la apertura del corazón de nuestra persona hacia la realidad, apertura que nos provoca a "interpretar" las cosas con una nueva luz, la de la fe.
Yo creo que ese es el prejuicio del cual no puede deshacerse nuestro mundo actual: el pretender que sea Dios el que se deba hacer evidente a sí mismo para que uno lo crea. Y así, la Navidad no permanece. Es una excusa. Nuestra alegría de recibir al Dios que se hace hombre y nos salva de la muerte, entonces, se ignora o no se comprende, y el momento se torna en excusa para tomarnos unas vacaciones playeras o beber hasta el cansancio o ir a un viaje "merecido". Total, la vida es breve y entonces, ¿por qué esperar?
Pero el punto es, en cambio, uno mismo, nuestro yo, el que debe abrirse al misterio para que la realidad del mismo se nos revele. Por eso la Navidad permanece. Y sorprende. Pero exige que, como personas, abramos los ojos a su realidad. Así como, justificadamente, con una exclamación de gozo inmenso, sorprendió al anciano Simeón que esperaba la noticia del Salvador por años y sintió que podía morir con alegría y en paz al ver su cumplimiento, pues la promesa del Salvador para todos los hombres se había consumado (Lc. 2.29).
Se nos olvida que nuestra vida, como pedía nostálgicamente el gran Unamuno, solo se colma con regalos; algo que viene de sorpresa y estamos dispuestos a abrir los ojos. ¡Y esa es la Presencia de la Navidad!

