- Por Óscar Germán Latorre
- Abogado
He tenido algunas dudas sobre el contenido del comentario que pretendo compartir con ustedes. Es una experiencia familiar que me tocó vivir con mis padres, pero también abarca una reflexión sobre quienes mucho hablan de honestidad, de su pertenencia al partido, de su antigüedad y militancia, pero nada dicen sobre los descomunales privilegios que gozaron durante el régimen estronista y que, en muchos casos, hoy constituyen fortunas indebidamente adquiridas.
Al abandonar la carrera judicial, mi padre se dedicó a la actividad política, siendo funcionario público durante gran parte de su vida. Como un anticipo de la historia familiar, cuando mi abuelo paterno falleció, fue mi padre el que pagó sus deudas y esa misma situación me tocó a vivir a mí.
Él falleció en julio del 2007 sin otros bienes más que el de su penosa jubilación, que hoy es percibida por mi madre en carácter de pensión.
Todos los hombres comenten errores y mi padre no era una excepción.
Luego, puedo afirmar y me consta que muchos fueron funcionarios públicos de la dictadura estronista, pero pocos son los que hoy ostentan estancias y sociedades anónimas para disimular sus cuantiosas fortunas malhabidas.
Y acá les comento el episodio familiar al que quería hacer referencia: acababa de producirse el golpe de 1989, no recuerdo en qué mes, pero sí tengo la seguridad de que fue un día domingo. Mi madre estaba desayunando mientras leía el diario en cuya tapa, con letras de molde, se informaba que mi padre había sido procesado por un supuesto delito en perjuicio del patrimonio del Estado. Al concluir la lectura del artículo, el único comentario de mi madre fue "y si por lo menos hubiéramos tenido algo de lo que se dice aquí", a lo que mi padre respondió inmediatamente y con su fortaleza de siempre "para qué tener bienes que no se podrán explotar por falta de recursos". Así concluyó el breve diálogo y luego como abogado me vi obligado a defender a mi padre en una causa cargada de maliciosa persecución y de un falaz y perverso contenido. Mucho tiempo después saltó la verdad de la propia galera del Ministerio Público y el proceso inevitablemente concluyó con el sobreseimiento definitivo de quien su honor y reputación de hombre íntegro eran sus mejores virtudes y únicas riquezas.
La familia ha sabido mantener el apellido como un símbolo de integridad, que es con el trabajo su signo característico.
Hablar de mis padres me introduce a una historia que se ha repetido durante más de tres generaciones y en la medida en que examino el camino transitado, me percato de que muchas de las pisadas que dejaron mi padre y mi abuelo yo mismo las reproduje.
Cuando alguien dispone de una cuantiosa fortuna, pero pretende desvincularse del origen ilícito y del mecanismo de adquisición de esos bienes, definitivamente estamos en presencia de un simple avivado, que busca escabullirse y evitar el debate sobre ese patrimonio malhabido con el pretexto de que fueron adquiridos por sus padres o algún familiar, que hoy ya no están vivos.
Y para agravar más esta irritante situación, sutil pero firmemente reivindican el pasado como una expectativa de tiempos mejores. Por supuesto, serán tiempos mejores para los mismos privilegiados de siempre, pero seguirán siendo las piedras que cada paraguayo deberá cargar sobre sus hombros si en las próximas elecciones nos dejamos guiar por el canto de las sirenas, que solo nos ofrece la posibilidad de estrellarnos nuevamente contra las mismas rocas de un régimen atroz. Que la dictadura quede definitivamente atrás, apostemos a un futuro de cambios, de respeto a las libertades y de libre competencia, que permitirá que los mejores sobresalgan por sus méritos y no por sus privilegios de familia.

