• Por Augusto Dos Santos
  • Periodista

Cualquiera que hubiera tenido más de una charla personal con Peña, sabe que la teoría del Gobierno títere (en el sentido de depender de Horacio Cartes en sus decisiones) es mucho forro y poca carne. Por lo tanto aquí hay una primera cuestión: la personal. Santiago Peña medido por su historia, su decisión de formarse en los Estados Unidos, hacer carrera en el Banco Central, trabajar para dos gobiernos en cargos claves, su polémica decisión de afiliarse al Partido Colorado, puede tener altas y bajas desde el análisis de quienes pudieran criticarlo, esencialmente por asumir la afiliación a la ANR, pero bastan dos charlas con él para asumir que es un hombre demasiado seguro de lo que busca y lo que busca es ser gobernante.

Esto coincide con el hecho, casual o no, que de toda la oferta existente tanto en el interior como afuera de la ANR, al día de hoy, no tiene nadie que se acerque a su nivel de conocimiento del Estado y su manejo, al menos si nos guiamos por lo que se ha visto hasta hoy en el comparativo de las exposiciones públicas.

Es cierto también que hasta ahora es un misterio lo que ofrecen los sectores opositores (internos y externos) porque solo se han escuchado críticas a HC como estrategia discursiva de campaña, hasta hoy.

Ya no hablaremos de los debates directos entre precandidatos en los que la superioridad de Peña obligó a su contendiente a colgar los guantes y huir del ring sine die.

LO QUE ES SER UN PRESIDENTE

Cualquiera que tenga un mínimo conocimiento sobre cómo funciona un Gobierno sabe que el "titerazgo" puede plasmarse en una dictadura (tipo Trujillo) pero difícilmente en un estado de derecho en el que el juego de poder es soportado por un sistema de equilibrio constante entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo y en donde el presidente de la República es un actor fundamental que termina siendo aliado o contrapeso de las mayorías parlamentarias.

Un presidente de la República acumula demasiado poder autónomo en un sistema democrático como el que vivimos desde 1989 (decir con luces y sombras ya es un ridículo de obviedad) y solo los que ignoran cómo eso funciona pueden pensar en la hipótesis del Presidente títere.

Nadie que recibe todos los días el sonido del taco vigoroso del comandante del más afinado regimiento, el Escolta Presidencial, del comandante de la Policía Nacional y una vez por semana de todos los generales del Ejército tiene ya a esta altura del campeonato razón alguna para pensar en que está menos protegido que algún otro ciudadano del Paraguay, por más poder que este tuviera, ante cualquier decisión que quisiera tomar.

Los que tienen un mínimo de conocimiento de cómo funciona el poder saben que los sectores más poderosos de la economía nacional prefieren que la voz que le atienda el teléfono al otro lado sea la del presidente de la República.

También saben que bastan pocos meses para que la sinergia de la identificación del poder se afirme en relación al nuevo Presidente y eso pone a la cuestión del poder en piloto automático. La única forma como ello puede cambiar sería que sucediera lo que a Fernando Lugo o Raúl Cubas Grau, quienes perdieron el control de la mayoría del Congreso y consecuentemente, el piso.

Se concreta –por tanto– pocos meses después del arribo al poder de un Presidente un fenómeno de concentración que puede equipararse al fenómeno de la gravitación planetaria. El sistema deja de satelizar alrededor del anterior Presidente (aun cuando siga siendo líder político) y empieza a girar alrededor del nuevo mandatario. Ministros, secretarios, edecanes, otros presidentes de otros países, embajadores, empresarios, presidentes de partidos, dueños y editores de medios están buscando sostener algún tipo de relación con el nuevo propietario de la lapicera y eso instituye la autonomía de un Presidente por naturaleza, por su propia dinámica, por su propio peso, casi se diría por inercia.

Quizás leyendo un poco de física cuántica se puede comprenderlo mejor, principalmente para entender que las teorías conspiraticias funcionan estupendamente desde la idea hasta el hecho factual. No hay nada más factual que el poder. No hay nada más factual que una persona que detenta el poder, al margen de la habilidad que tuviera o no de compartirlo, de construir mayorías.

Por lo tanto y en resumen, lo de Santi Peña "Presidente títere" es un cuento que puede entenderse como una buena estrategia electoral de la oposición política y mediática al proyecto de Honor Colorado, centrada en el voto anticartista. Pero nadie que lo conozca al propio Santiago Peña, o que sepa cómo funciona esa cima del poder denominada Presidencia de la República puede creer en esta teoría.

También tiene mucha obstinación la estrategia de la oposición a Peña que recurre a permanentes espacios de debate en los que por todos los medios se trata de instalar sus responsabilidades con las carencias del sistema de Gobierno: inseguridad, alguna falla estructural en alguna escuela, problema de medicamentos en algún hospital, lucha contra el EPP. Es una treta muy inteligente porque se trata que Peña rinda cuentas sobre problemas y casi no le reste espacio para sus propuestas, cuyo desarrollo argumental es su fortaleza. En el caso de su competidor, Marito Abdo, la demanda es distinta: no debe ni rendir cuentas ni hablar de sus planes de Gobierno, solo debe criticar a Horacio Cartes y nadie le preguntará nada más.

En resumen, nadie critica al candidato oficialista porque no sabría gobernar, porque robó algún dinero, porque se quedó con alguna licitación del Estado o porque tiene alguna deuda con el pasado. El resto de los candidatos no debe preocuparse porque nadie los incomodará con preguntas sobre sus fortunas, sus posibilidades de gobernar o sus antecedentes. Es lo mejor que te puede pasar como candidato.

Si nos detuviéramos a pensar como electores tendríamos otra dimensión sobre este problema. Al centrar la tensión de las elecciones sobre la polaridad amigos vs. enemigos, estamos condenando nuevamente, por cinco años más, a los votantes a elegir desde el partidismo, desde el sectarismo, desde la pertenencia a determinada línea de intereses y no por la calidad del candidato. Una vez más, en rigor, corremos el riesgo de no elegir, sino sencillamente de optar por quien representa a nuestros intereses o los intereses que nos manejan, sean ellos el propio Abraham Lincoln o el mismísimo Frank Underwood.

Hace 200 años, el pueblo es títere de malos gobiernos. Hoy un laboratorio proselitista y mediático tratando de instalar que un gestor de Gobierno actualmente en oferta electoral –y en promedio mejor que otros– es un títere de alguien. Mientras ello sucede, estamos a punto de graduarnos nuevamente como una masa acrítica, más concentrada en sumar votos que en elegir un buen Presidente.