Por: Emmanuel Báez Rodríguez

@mrtenno

Como padre, pocas cosas son peores que ver a una hija tendida en el suelo llorando desconsoladamente luego de caer por la escalera. Supongo que lo peor fue que ocurrió hace unos días cuando azotó una fuerte tormenta con vientos huracanados y las calles estaban prácticamente bajo agua, por lo que el trayecto de casa al sanatorio fue más lento de lo que habría sido en un día tranquilo.

Afortunadamente, horas después del período de atención crítica, tras un susto gigantesco, nuestra pequeña traviesa seguía jugando como si nada hubiese pasado, aunque el chichón que se le quedó en la frente durante unas horas más sirvió como recordatorio de que la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos, y que nunca hay que dar nada por sentado. Cualquier espacio de tiempo que consigan en el día es bueno para una muestra de cariño, por más pequeña que sea.

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En esta ocasión empiezo con la moraleja, una que es bastante repetitiva, porque creo que debe ser el primer pensamiento ante cada amanecer.

Como padres y como seres humanos, es imposible evitar días como estos, que llevan a uno a gritar improperios al aire como si el mañana dependiese de ello, descargando la frustración generada por infortunios realmente inesperados. Más aún si las adversidades se presentan en combos, como si formaran parte de un paquete promocional del destino que debe ser aplicado en conjunto para un efecto mayor.

Fue así como al salir del sanatorio, con el corazón regresando a sus latidos normales, un automóvil nos embistió de costado cuando cruzamos el semáforo en verde. El día no había terminado, así como la lluvia que seguía golpeando de forma intermitente, como burlándose de las circunstancias. Después de unos gritos de pavor, además del correspondiente regaño al otro conductor, procedí a calmarme ante la mirada asustada de mi novia. Mi hija, por otro lado, parecía mucho más tranquila que nosotros dos combinados.

Aunque no lo demostré en ese preciso instante, me regocijé en el simple hecho de que no pasó a mayores, sin pensar demasiado en el "qué hubiera pasado si…" y más en el "no pasó nada grave", algo que procuro que me caracterice cuando suceden accidentes de este tipo. Descubrí con el tiempo que es difícil pero valioso aprender a buscar el lado bueno a las cosas malas. Como dice el dicho más cliché: "Luego de la tormenta, siempre sale el sol".

Les pido disculpas si me volví algo monotemático con mis anécdotas y las supuestas lecciones que les quiero dejar cada domingo. Pero les prometo que, si hacen el intento y buscan ese rayo de sol, la vida se vuelve mucho más hermosa, en especial en compañía de quienes los acompañarán por el resto de los días.

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