Los que vaticinaban, esperaban o querían que la convención de la ANR terminara en caos y hasta a los tongos, se habrán quedado decepcionados; fue relativamente tranquila y hasta breve para ser conflictiva. Casi se podría decir, protocolar, dialogada y sin mayores incidentes.

Incluso algunos observadores internacionales neutrales, que esperaban lo peor, de acuerdo a lo que se anunciaba en el debate en las redes sociales, siempre subjetivas, sin saber de qué sujetos, en el ámbito político, en los debates del Congreso y en algunas instancias mediáticas, al tono de los comentarios polémicos, y a los pronósticos de algunos medios de comunicación, quedaron asombrados por la enorme diferencia entre los vaticinios apocalípticos y la pacífica, aunque ruidosa, convención colorada.

Duró apenas un mediodía y no hubo debates demasiado escandalosos, ni conatos de violencia. Es cierto que la convención tuvo los claros ribetes del pasado de nuestros partidos políticos tradicionales, copiados por los nuevos, pero fue hasta más pacífica y menos amenazadora que la reciente asamblea del PLRA, con descalificaciones y conflictos internos.

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Mantuvo las características de la tradición, pero se habló sobre temas nuevos; la destitución de un ministro no colorado y el planteo formal de buscar la reelección por las vías constitucionales; es decir, no pretender imponer la mayoría absoluta, sino buscar la más adecuada. No se santificó la enmienda. Se planteó la posibilidad, que ya había sido conversada con la disidencia interna, de la Constituyente.

Hubo factores culturales del tradicionalismo político nacional, especialmente del colorado, pero no la intención de aplastar a las "minorías".

La reciente elección de los liberales fue más ferozmente sectaria y persecutoria que las del tradicionalmente autoritario Partido Colorado de los tiempos de la dictadura.

  • Hubo factores culturales del tradicionalismo político nacional, especialmente del colorado, pero no la intención de aplastar a las “minorías”.

Es cierto que hubo alusiones al pasado, que nuestra política debería mandar ya a los archivos de la historia; pero se habló también del presente y del futuro. Es un avance, aunque el ámbito de la Convención haya tenido las características culturales y gestuales de la política tradicional, se habló del futuro, un factor que, aunque parezca elemental, no suele ser considerado en el discurso político nacional, ni en los partidos tradicionales ni en los nuevos; es como si estuviéramos repitiendo los esquemas beligerantes del pasado, marcados por los conflictos históricos del francismo y el lopismo, y acentuados por la declamatoria estronista.

Con las características de nuestra política tradicional, enmarcada en el conflicto de los unos contra los otros, el discurso cartista propone ciertos aires de actualidad, de modernidad; no solo en el ámbito de la renovación económica y política, de la transparencia y el sinceramiento de la administración pública, a través de la ley que obliga a poner al sector público en la palestra mediática de la trasparencia de las nuevas tecnologías, sino hasta poner en la asamblea de la convención temas de la administración que corresponden al ámbito del Ejecutivo; es hasta paradójico que se haya hablado del recambio de cargos que son atribución del presidente de la República y no de una convención partidaria.

Es un tema aparentemente secundario, ya que el ministro está en cuestión desde hace tiempo, tanto en el ámbito político como en el de la ciudadanía, pero de fuerte significación política para la asamblea oficialista, que, más de ser una simple reunión pasa a tener cierto poder de interlocución con el Ejecutivo.

La convención colorada tuvo mediáticamente otro factor de peso político, anticipado por los trascendidos, que fueron adquiriendo carácter oficioso y hasta oficial; la conversación entre el oficialismo y la oposición, que redundó en negociaciones para garantizar los tribunales internos, y en una participación general de las partes.

Sería mucho pedir que todo hubiera terminado con un "final feliz" de cuento de hadas; pero hay que reconocer que la convención, pese a las marcas de los discursos conflictivos del pasado, con los conflictos de la realidad del presente, donde, es obvio

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