Por Augusto dos Santos

PERIODISTA

Hace una década, en la Penitenciaría de Coronel Oviedo los muchachos instalaron un taller mecánico. Por unos mangos que compartían con los directores los reclusos mecánicos podían laburar sin drama.

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Llegó a funcionar muy bien, venía gente de todas partes con sus fracturas de homocinéticas o sus carburadores carbonizados y en general eran rápidos y baratos.

Nadie podía explicar cómo la gente podía entrar sin dramas a reparar sus autos en la penitenciaría y salir de vuelta. Todo funcionó bien hasta que un día a uno de los mecánicos se le fue la mano con su ahínco por probar el buen funcionamiento de un auto en reparación y en vez de dar una vuelta por la ciudad, como solían hacer, fue hasta Pedro Juan Caballero y nunca más volvió. Este hecho pintoresco es el reflejo de cómo funcionaron siempre las instalaciones penitenciarias en el Paraguay.

A nadie le interesó jamás mejorar las condiciones del sistema penitenciario y mucho menos de la Penitenciaría de Tacumbú. La deficitaria gestión era absolutamente funcional a lo único que andaba eficientemente: el robo.

Pero no cualquier robo, sino uno vinculado a la más perfecta forma de "mexicaneada": robarle dinero, en forma de coima, a los delincuentes y criminales de diversas especies, principalmente a los consagrados mafiosos y pudientes caídos en desgracia.

Hoy se habla de la repartija de beneficios por parte de un director de Penitenciaría que habría generado "buena onda y protección" en base a dádivas destinadas a personas de todos los poderes existentes (incluyendo a algunas del cuarto poder). Pero obviamente la mafia no deja rastros y probar estas contribuciones es harto difícil. (Salvo que sea verdad que hay una lista de aportes por ahí)

Pero ocurre algo que sería escandaloso en cualquier sitio del mundo, menos en el Paraguay: Tacumbú funciona como una factoría corrupta hace medio siglo y más. Mínimamente desde el inicio de la transición habrían pasado unos 15 ministros por el Ministerio de Justicia.

Todos ellos fueron testigo de estas irregularidades, de los privilegios y de la mala praxis institucional que allí reinaba. Todos ellos terminaron sus funciones sin producir cambios. Nadie se acuerda de ellos.

Pero un día llega una persona convertida en ministro, encargado de despacho (o sea, ni siquiera es ministro formalmente) y produce el golpe estructural más importante de la historia.

Empieza golpeando al más fuerte (Pavão) y sigue con los demás y anuncia que demolerá las celdas. Y cualquiera pensaría que todos estarían aplaudiendo al ministro provisorio que hizo lo que 15 ministros no provisorios que le antecedieron no se animaron; pero no; en realidad lo fusilaron a Martínez.

Y quien pasea por los medios acusándolo con una santidad digna de mejor suerte es justamente el director que es responsable de la mayor parte del guisado corrupto. Realmente es un supermercado de paradojas.

Es por ello que el sentido común de uno empieza a desconfiar. Si no nos enojamos con los ministros que protegieron o no se animaron con la corrupción de Tacumbú y si nos agarramos con Martínez es porque en el fondo nos cae bien que todo siga como está.

Al final, quién se cree este Ever Martínez para venir y patear la vieja olla podrida que tan generosa era alimentando a los muchachos.

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