Por: Emmanuel Báez Rodríguez

@mrtenno

La primera vez que vi a mi primera hija, se estaba escondiendo detrás de las piernas de su mamá. Tenía tres años y casi no hablaba. Luego aprendí que existen casos en los que los niños no empiezan a comunicarse hasta después de los cuatro o cinco años, y que no existen razones médicas exactas, si bien hay factores que pueden influir en el desarrollo del lenguaje a temprana edad.

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Ahora tiene más de seis años y ya está en la etapa en la que quiere leer todo lo que se cruce en su camino, desde carteles publicitarios hasta etiquetas de productos. Le fascinan las sílabas hasta el punto en que puede llegar a frustrarse demasiado cuando una palabra le resulta difícil de pronunciar, pero la alentamos a que no se rinda y lo siga intentando, aunque no podemos evitar pedirle que repita trinitrotolueno o fotosintetizador.

Yo aprendí a querer las palabras gracias a mi mamá que, con 68 años, sigue enseñando ortografía y gramática en universidades e institutos varios, así que me gustaría que mis hijas aprendan eso de mí, aunque ya no tenga tanto tiempo para leer novelas como lo tenía hace unos cinco años. Las tareas de la escuela nos permiten practicar de forma divertida varias veces por semana, y hasta ahora, es una actividad que le interesa bastante.

La parte "divertida" es la más importante, ya que es la mejor forma de que los niños aprendan algo. Paseando en auto con mi hija se me ocurrió un juego rápido en el que tenemos que mencionar la mayor cantidad de palabras con una letra elegida, y es un juego que ahora mismo ella siempre empieza cada vez que salimos a dar unas vueltas, también incluyendo a mi novia las veces que salimos en familia.

En casa, suele acercarse a nosotros a preguntarnos cómo se escribe alguna palabra que luego practica en su pizarrón acrílico o en alguna hoja de papel, ya que suele jugar a escribir invitaciones de cumpleaños para enviar a sus amigas. Su mamá y yo no dejamos de sorprendernos del progreso, recordando cómo en una ocasión, tres años atrás, se puso a llorar porque quería comer pororó y no sabía cuál era la palabra.

Fue un proceso hasta delicado para nosotros mismos, porque consideramos que la comunicación es el pilar más relevante de toda familia, y en muchas ocasiones no sabíamos exactamente qué hacer cuando las palabras no servían de mucho. Cuando empezó a ir a la escuela, su lenguaje aumentó considerablemente, ya que la interacción constante con otros niños fue un gran catalizador. Sin embargo, como casi todo desarrollo que tiene que ver con los hijos, las cosas fueron mejorando -sobre todo- con paciencia y amor.

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