Desde el agudizamiento de la crisis político, social y económica que vive Venezuela, que arrancó en aquel aciago febrero del 2014, cuando una masiva movilización de opositores fue reprimida brutalmente por la Guardia Nacional Bolivariana por orden de Nicolás Maduro y que provocara decenas de muertos, la postura del Gobierno paraguayo frente a estos hechos ha sido muy clara, firme y determinante: el rechazo a toda forma de violencia que vulnere las libertades públicas e individuales así como el deterioro de las condiciones de vida de los venezolanos.

Desde aquel tiempo, esta posición del Ministerio de Relaciones Exteriores de nuestro país se ha puesto de manifiesto y se ha denunciado en foros internacionales este deterioro que crece cada día ante la pasividad de los líderes regionales, que ven cómo los medios internacionales destacan la escasez de productos básicos en los supermercados, una imagen impensable hasta hace unos años en uno de los países más ricos en recursos naturales.

Ante la grave situación del país caribeño no caben medias tintas o una posición vacilante. Era tiempo de adoptar un endurecimiento del discurso para dejar constancia de la mala calidad de la gestión de Nicolás Maduro y demandar profundos cambios.

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A diferencia de la despreocupada reacción de los gobiernos amigos sobre estos acontecimientos, la Cancillería paraguaya ha asumido un rol de intransigencia con el que busca provocar acciones y reacciones, todo con el afán de que una acción internacional conjunta permita a los venezolanos una vida más digna.

Pese a que al principio se halló solo en su apuesta firme y decidida por una solución en Venezuela, esa solitaria voz ha empezado a cundir y crecer en el contexto de las naciones de la región, tanto que hoy los gobiernos de Argentina y Brasil, dos países aliados económica y políticamente de Caracas, se han mostrado a favor de la posición paraguaya.

Esto se ha hecho patente en el espinoso caso de la presidencia pro tempore del Mercado Común del Sur (Mercosur) que es rotativa y que cada semestre lo asume un gobierno de un miembro pleno del bloque. Debido a que en el presente semestre le correspondía a Venezuela, y atendiendo a la complicada situación política, económica y social allí, saltaron las alarmas en el grupo.

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Pese a que al principio se halló solo en su apuesta firme y decidida por una solución en Venezuela, esa solitaria voz ha empezado a cundir y crecer en el contexto de las naciones de la región, tanto que hoy los gobiernos de Argentina y Brasil, dos países aliados económica y políticamente de Caracas, se han mostrado a favor de la posición paraguaya.

El gobierno uruguayo ha obviado la crisis caribeña y ha decidido otorgar la presidencia del bloque al gobierno de Maduro, en Montevideo, esta semana en una reunión de cancilleres; pero esta intención se ha frustrado gracias –en parte– al férreo y firme discurso del Paraguay, que ha tenido acogida en Buenos Aires y está empezando a permear en Itamaraty.

Precisamente, en la capital uruguaya los ministros no pudieron arribar a un acuerdo sobre el caso venezolano y han decidido posponer para agosto la decisión sobre la presidencia pro tempore del bloque, que es un status especial que asume un gobierno en el semestre que le toca gestionar, ya que sobre él recae la representación política y legal del Mercosur por los próximos seis meses, una etapa de enormes desafíos como, por ejemplo, la definición de las alianzas comerciales con la Unión Europea, entre puntos muy importantes.

Además, el gobierno que asuma la representación debe mostrar las credenciales democráticas ante la comunidad internacional que hoy están seriamente vulneradas en el país caribeño, contrariamente a lo que dispone el Tratado de Asunción.

Por ello, resulta plausible y meritoria la postura del Gobierno Nacional sobre el punto de no transigir sobre estos aspectos, pero también es digno de elogio que ya la Argentina y, de manera gradual, el Brasil se allanen y acompañen la postura paraguaya.

Un halago extra supone, asimismo, el editorial que dedicó esta semana el prestigioso diario The New York Times, uno de los periódicos más influyentes de EEUU y uno de los más respetados a nivel mundial, valorando la postura asumida por la diplomacia paraguaya.

En resumen, el diario insta a los gobiernos de Mauricio Macri, Michel Temer, Horacio Cartes y Tabaré Vázquez a conformar un frente común para exigir cambios en el país caribeño, como, por ejemplo, la liberación de los presos políticos, la realización del referéndum revocatorio este año y la venia para el envío de ayuda humanitaria para los venezolanos.

El apoyo de Buenos Aires, y también comedido de Brasilia, así como del periódico norteamericano, respaldan enormemente la batalla diplomática iniciada por el Paraguay, lo que deja entrever que la senda transitada es la correcta.

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