Las movilizaciones estudiantiles y ciudadanas enmarcadas bajo el eslogan "UNA no te calles", registradas en los meses finales del año pasado, trajeron una saludable bocanada de aire fresco en una institución corroída por la corrupción y la venalidad y en la que roscas de privilegiados se reparten alegremente recursos y asignaciones de toda clase.

Los estudiantes, con frecuencia por fuera de sus propias organizaciones –algunas de ellas involucradas en el esquema de privilegios–, protagonizaron jornadas memorables, logrando avances importantes y muy valiosos hacia una mayor transparencia y honestidad en el manejo de los fondos de la principal universidad del país. Estas manifestaciones democráticas se replicaron rápidamente en todas las facultades de la UNA, así como en las filiales que la institución posee en el interior del país. Esta veloz propagación del lema "UNA no te calles" y de su efecto movilizador es una muestra de cuán extendida están las irregularidades y los manejos turbios y oscuros en esta más que centenaria universidad.

Las manifestaciones –caracterizadas por su naturaleza pacífica, pero firme– mostraron también que los cambios no provendrán del mismo grupo que viene detentando la administración de la UNA desde hace varios años. Es un paso indispensable es desarticular las roscas que se apoderaron de la alta casa de estudios, que fracasaron en el propósito de elevar el nivel académico y científico de la universidad y solo se concentran en la obtención de beneficios indebidos.

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Las movilizaciones ciudadanas, y muy especialmente las estudiantiles, suelen estar apoyadas en sólidos principios y sirven de inspiración a otros sectores. Pero también ocurre con frecuencia que la primera efervescencia se va disipando con el transcurrir del tiempo. Por ello es esencial consolidar cuanto antes las conquistas logradas y garantizar la transparencia, en previsión de la reacción que pudieran impulsar las claques que gobiernan aún en algunas facultades.

Por todo ello, no es de extrañar lo que sucede en la facultad de Economía, donde las viejas prácticas parecen estar volviendo, de acuerdo con publicaciones de este diario. Un sector de los profesores, con el respaldo de funcionarios, que tiene afinidad con el ex decano de la facultad trata de hacerse con la conducción de la institución. Todo indica que para conseguirlo están dispuestos a ignorar las disposiciones del propio estatuto.

La educación superior no puede ser dejada en manos ni de mediocres ni de comerciantes que solo buscan su propia conveniencia. La formación de nuestros técnicos y profesionales es un asunto de la mayor importancia estratégica para la nación y el Estado debe involucrarse absolutamente en él. En una política integral de educación de calidad –que debería ser una de las prioridades de la clase política nacional y de los candidatos a cargos electivos–, la UNA debe tener necesariamente un papel muy destacado.

No es posible siquiera pensar en un desarrollo educativo profundo y avanzado sin el concurso de esta institución. Por ello, es preciso sanearla a profundidad evitando que las facultades se conviertan en feudos de pequeñas cúpulas y de esta manera hacerla objeto de inversiones estratégicas.

Una reforma de la universidad para eliminar los manejos y abusos de cúpulas y asegurar la autonomía con respecto a los partidos políticos y caudillos de cualquier signo ideológico deben ser las metas irrenunciables.

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