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La historia detrás de la foto: 78 años de una vida juntos

  • Don José Escobar Cabañas y doña Cayetana Román forman la pareja de ancianos que el año pasado se hizo famosa por una foto en la que reflejan su infinita alegría por acceder a una vivienda más digna en Pilar. Pero tras esa imagen hay toda una historia de amor de una pareja que hace 78 años transita la vida juntos.

Por Aldo Benítez

Don José cumplió 101 años el 5 de enero pasado. Hace poco más de un año que vive –junto a su esposa Cayetana–, en la casa que la Gobernación de Pilar le regaló cuando cumplió cien años, como una forma de homenaje por ser uno de los cinco excombatientes de la Guerra del Chaco que todavía viven en el departamento de Ñeembucú.

El equipo de La Nación llegó a la humilde casa de don José, ubicada en el barrio Obrero, cerca del mediodía del viernes y sorprendió a la pareja en pleno almuerzo. El olor a guiso salía de la pequeña cocina, donde don José y doña Cayetana estaban almorzando en compañía de Olga, una de sus hijas que llegó desde Capiatá para visitarlos. Lo que antes era la vivienda, hoy es la cocina de la familia, y necesita de varios arreglos para que sea más confortable para esta pareja.

Don José no requiere ayuda para almorzar. A pesar de su avanzada edad y de los duros pasajes que le tocó vivir como excombatiente, no quiere –se niega rotundamente, con la inocente terquedad que caracteriza a las personas ancianas– que alguien ose siquiera ofrecerle alguna ayuda para poder comer. Tras el almuerzo, la pareja se sienta frente a la cocina. Un calor húmedo golpea la tranquila siesta de este barrio, que hasta hace poco tenía como principal preocupación la subida de los ríos o el estancamiento del agua de las lluvias, pero que, por ahora, parece ser un problema que se aleja.

A doña Cayetana la amabilidad le brota por los poros y sus 93 años no le impiden hablar con ánimo. Ella invita a todos a tomar asiento, a buscar un lugar con más sombra para sentarse, ofrece agua y hace chistes. Se sienta dispuesta a conversar sobre su vida y mientras se da la charla, hace acotaciones pícaras y ríe con gusto con cada comentario.

Cayetana y José se conocieron allá por 1937, dos años después de finalizada la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, contienda en la que un joven José –junto a otros dos hermanos suyos– participó como soldado defendiendo a la patria paraguaya. Según recuerda la propia Cayetana, la zona de Tacuara’y, del distrito de Tacuaras en Ñeembucú, fue el lugar en que se conocieron. En aquellos tiempos, José era un apuesto joven que se dedicaba a cantar en serenatas, motivo por el cual se hizo conocido por la zona y llamó su atención, como a la de varias jovencitas. En alguna de aquellas noches de canto y guitarras, José la conquistó y desde entonces empezaron su historia juntos.

En un entendible guaraní, Cayetana dice que los primeros tiempos fueron difíciles, porque ella era muy joven –tenía entre 15 y 16 años– y José tenía cerca de 23 años. Pero él estaba recién llegado del Chaco, y con una fama de excombatiente y cantante de serenatas, las tentaciones eran demasiadas en un pueblito alejado de la urbe. “Se portaba mal, pero siempre finalmente terminaba viniendo junto a mí”, precisa Cayetana, con una pícara sonrisa que le llena la boca y le brillan los ojos. Aclara luego que José “sentó cabeza” y empezó a trabajar por su familia, día a día. “No pensé todavía en su regalo por el Día de los Enamorados, pero seguro va a querer algo para comer, le gusta mucho la torta” cuenta Cayetana, que además afirma que el gusto por las cosas dulces es una adicción que comparten ambos.

Olga, la hija que en ese momento estaba de visita, asiente las expresiones de su madre con una sonrisa y agrega: “Era el estilo de la época, la mujer tenía que estar esperando, pero siempre siguieron juntos, eso realmente es admirable”, cuenta.

Don José es excombatiente de la guerra, pero no de la vida. Cuando terminó la guerra, tiempo después fue convocado nuevamente por las Fuerzas Armadas para ir a hacer “control de superficie”, según recuerda. Luego tuvo que trabajar de lo que sea, porque en ese entonces, el Estado no le reconocía el servicio militar que había realizado. Se dedicó principalmente a la albañilería, oficio en el que trabajó después de retirarse definitivamente de las fuerzas militares. “Estuve casi cuatro años de vuelta en la zona, para controlar que no haya ningún movimiento raro de los bolivianos, pero ya no hubo nada. Todo ese tiempo me quedé hasta que mis superiores me ordenaron volver”, narra don José, que a sus 101 años tiene recuerdos nítidos de la guerra, de los nombres de sus superiores y de las situaciones difíciles que soportaron en la contienda bélica.

En ese sentido, resalta y reitera que en uno de los pasajes de la guerra, tuvieron que soportar casi 18 días sin comer. Fue el momento más difícil que soportaron junto a sus camaradas, porque muchos de ellos se sintieron morir. Don José perdió la capacidad auditiva y la vista se le nublaba, pero sus recuerdos se mantienen intactos. Es enérgico en sus expresiones y también hace una reflexión sobre su época de “joda”. “Yo cabezudeaba mucho, pero ahora ya me porto bien”, asegura, lo que genera una risa generalizada entre todos.

En la casa están también dos nietos y un vecino de la pareja. Doña Cayetana supo ser madre de seis hijos de don José, quienes le dieron más de una docena de nietos y hasta ahora van por un par de bisnietos. La familia Escobar Román se agranda con el paso de los años, pero como en muchos casos familiares, varios de sus hijos tuvieron que dejar la casa paterna y están por otras ciudades del país, buscando mejores oportunidades. No se quejan de la visita de sus hijos o nietos, pero ambos desearían recibirlos con más frecuencia, aunque como reclamó don José al equipo de La Nación, quienes los visita tienen que hacerlo con un regalo. Los demás hijos de la familia son Eugenio, Fermina, Pedro, Daniel y Georgia.

La indiferencia social

Cuenta Olga que hace unos años su padre fue beneficiado con el sistema de pensión para excombatientes, pero que anteriormente tuvo que trabajar como cualquier otro ciudadano. En Ñeembucú, según datos de la Gobernación local, todavía viven cinco soldados paraguayos que participaron de la guerra del Chaco. Pero en Pilar, don José es el único que sigue con vida.

“Recién después de aquella foto que se hizo muy famosa el Estado se interesó por ellos. Por suerte se consiguió la casa de la Gobernación, que fue la única institución que se acordó de él para darle una casita más digna”, cuenta Olga. En efecto, antes de la casa que ahora tienen, vivían en una antigua vivienda que construyeron juntos, pero que con el paso del tiempo sufrió varios problemas de estructura. Ante la grave situación que atravesaban con la casa y tras el aviso de vecinos y amigos, las autoridades gubernamentales de Ñeembucú decidieron donarles la casa, que le construyeron en el mismo patio de la antigua vivienda.

Para sus nietos, don José y doña Cayetana son un ejemplo de lucha y tenacidad. Los acompañan cada vez que pueden y les sirven la comida, y por más que sea un poco tedioso para los niños escuchar las historias de guerra del abuelo, están presentes y tratan de tenerlos contentos y hacerles sentir sus afectos.

La imagen de la felicidad

La histórica foto que recorrió hace un año por medios de todo el mundo e inundó las redes sociales, fue obra de Karen Quintana, del departamento de prensa de la Gobernación de Ñeembucú. Una vez que se publicó la imagen desde la cuenta de Facebook del ente, la misma generó una reacción en cadena que rápidamente se viralizó y propició todo tipo de comentarios, principalmente por la espontánea felicidad que muestran tanto don José como doña Cayetana al momento de recibir la vivienda, de manos del gobernador local, Carlos Silva. La familia de José y Cayetana vive hace décadas en Pilar, en donde se establecieron luego de la guerra del Chaco. Don José es uno de los cinco veteranos de la contienda que todavía viven en Ñeembucú.

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