Comunidades rurales de cuatro departamentos del país se encuentran en pleno desarrollo de una interesante iniciativa de construcción de una muralla verde o cortina rompeviento para proteger a las familias más vulnerables ante los riesgos de sufrir desastres a causa de fenómenos meteorológicos severos.

Se estima que durante el último medio siglo se ha perdido cuando menos un tercio de la tierra cultivable debido a la ero­sión y degradación del suelo. Ante esta alarmante situa­ción, con el fin de restaurar ecosistemas dañados, frenar la desertización y proteger a las poblaciones de los even­tos climáticos extremos, ha recobrado impulso la cons­trucción de la Gran Muralla Verde a lo largo de una vein­tena de naciones africanas asoladas por múltiples crisis a menudo relacionadas a la lucha por recursos escasos, a las que se suman los cada vez más frecuentes desastres naturales que causan estra­gos fundamentalmente en los países en desarrollo.

En efecto, datos del índice ND-GAIN de la Universidad Notre Dame de EEUU indi­can que en su gran mayoría los países más vulnerables al cambio climático son los que generan menos emisión de gases de efecto inverna­dero, fundamentalmente por su menor grado de industria­lización.

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Nuestro país no resulta ajeno a estos fenómenos. De hecho, en los últimos años hemos visto multiplicarse los pro­blemas vinculados a eventos meteorológicos severos, que cada vez más y con mayor magnitud afectan a las pobla­ciones humanas.

En este contexto de creciente inseguridad por la exposición a estos fenómenos, al punto de que el cambio climático pasó a ser considerado como la principal amenaza a la salud mundial en el siglo XXI, cabe destacar un proyecto enca­bezado por la organización Tesãi Reka Paraguay denomi­nado Salud Familiar Comuni­taria, mediante el cual se está erigiendo una muralla verde para proteger a las comuni­dades más vulnerables sobre todo de las tormentas y grani­zadas, que son los eventos que mayores perjuicios materia­les y humanos generan en las comunidades.

EL PROYECTO

El plan se lleva a cabo en 18 comunidades rurales de los departamentos de Caaguazú, San Pedro, Concepción y Canindeyú con el apoyo de la Cruz Roja Suiza, y una alianza estratégica con la ONG A Todo Pulmón y el Instituto Forestal Nacional (Infona).

Samuel Barrios, asesor en Gestión de Riesgo de Desas­tres de la Asociación Tesãi Reka Paraguay, habló con Nación Media para brindar más detalles sobre esta ini­ciativa de cortina rompe­viento para proteger a comu­nidades vulnerables.

Sobre cómo se fue gestando el proyecto, refirió que en primer lugar se realizó un trabajo de investigación en unas 200 comunidades para identificar cuáles están más expuestas a las amenazas naturales, incluyendo tor­mentas, granizadas, sequías, heladas, etc. De este releva­miento lograron identificar 40 comunidades con mayor grado de exposición, por lo que empezaron a trabajar en la prevención y reducción de riesgos. Así, la principal prio­ridad que resultó fue la nece­sidad de abordar el fenómeno de las tormentas.

“Elaborando un mapa de la comunidad con sistema de información geográfica iden­tificamos que las comunida­des estaban muy expuestas por la pérdida de cobertura boscosa. Ahí surgió la idea de proteger a las comunida­des creando estas barreras rompeviento para cerrar los corredores de viento”, explica Barrios, quien cuenta con una licenciatura en Planifi­cación y Gestión de Políticas Sociales y es especialista en Desarrollo Territorial y Eco­nomía Social.

De esta manera, hecho el diagnóstico, se inició la pla­nificación de las medidas de prevención y mitigación de riesgos de desastres por tor­mentas mediante la cons­trucción de cortinas rompeviento fores­tales o murallas de árboles. A renglón seguido se socializó con la comunidad el mapa sateli­tal mediante el cual se explicó con evidencia cuáles eran las viviendas más expuestas a las amenazas de tormentas. Esto a fin de sen­sibilizar sobre la problemá­tica y sobre la importancia de trabajar en la instalación de las barreras verdes con vistas a reducir el riesgo de sufrir desastres naturales.

Posteriormente, se trabajó en un plan comunitario para la instalación de las barreras vivas de 500 a 1.000 metros de largo en zonas estratégi­cas luego de una labor previa de ingeniería para determi­nar la dirección de los vien­tos predominantes. Luego se realizó la capaci­tación a las familias con téc­nicos forestales para la pre­paración del suelo, el cultivo, cuidado y mantenimiento de los plantines. Cabe subrayar este último punto como de fundamental importancia, pues al tratarse de un pro­yecto a mediano plazo estas barreras estarían listas en un lapso de cuatro a cinco años, por lo que el correcto seguimiento al desarrollo de los plantines es clave para el éxito de la iniciativa.

Así también, la capacitación tuvo en cuenta aspectos como la correcta disposi­ción de los árboles, puesto que para que estos cum­plan su función de muralla rompeviento no deben ser coloca­dos en hileras simples, sino responder a un sis­tema de encastre con los árboles más grandes dis­puestos en dirección a los vientos predominantes, precisó el especia­lista, quien destacó la alianza estratégica con las instituciones anteriormente mencionadas para la capaci­tación a los pobladores en el control de plagas, limpieza y el preparado de un hidrogel para la conservación de los plantines.

SELECCIÓN

Sobre la elección de las espe­cies a ser cultivadas, indicó que la tarea está a cargo de ingenieros forestales, que realizan la selección de acuerdo a los árboles preva­lecientes en el territorio, así como también árboles exóti­cos de rápido crecimiento con características aptas para servir de barrera, además de especies frutales para coad­yuvar a la seguridad alimen­taria de las familias.

“El sistema agroforestal con­siste en la combinación orde­nada de diferentes sistemas productivos en un mismo terreno”, explicó Barrios, quien para dimensionar la magnitud del proyecto pre­cisó que hasta el momento se llevan construidos 20.610 metros lineales de mura­lla rompeviento compuesta por tres líneas de plantines de árboles, una de cada espe­cie, con una cantidad de 7.519 ejemplares de especies nati­vas (cedro, kurupa’y, yvyra­pytã, entre otras), 5.114 de especies exóticas y 8.000 de especies frutales (naranja, mandarina, pomelo, níspero, durazno, acerola, inga’i), que totalizan 20.633 plantines sembrados hasta el momento.

Samuel Barrios.

Con relación a cuál es el prin­cipal punto que destaca de esta experiencia, refirió que “es muy importante mencio­nar el proceso participativo, la importancia del empode­ramiento de las personas que viven en comunidades vulnerables y en riesgo ante desastres, así como la pre­disposición de las familias, que ceden sus propiedades y se comprometen a cuidar los plantines. El trabajo de sensibilización y el diagnós­tico participativo con apoyo de sistema de información geográfica permiten que las medidas implementadas ten­gan buenos resultados”.

Por último, desde la organi­zación ponen de relieve que las murallas de árboles no solo sirven para proteger las casas y los cultivos de las tor­mentas, sino que además el ramaje hace de refugio de los animales durante las grani­zadas, ayudan a la regenera­ción de los suelos y al mejo­ramiento de la calidad del aire, por lo que se trata de una estrategia de protec­ción integral de la salud, el medioambiente y la econo­mía familiar.

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