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Aunque su cuna fue la sabana poco boscosa, la humanidad desde hace mucho ha recurrido a los bosques para obtener alimentos, combustible, madera e inspiración sublime. Los bosques, que aún dan subsistencia a 1.500 millones de personas, mantienen los ecosistemas locales y regionales y, para los otros 6.200 millones de personas, proporcionan un amortiguador –frágil y en ruinas– contra el cambio climático.

Ahora las sequías, los incendios forestales y otros cambios provocados por los seres humanos están agravando el daño provocado por las motosierras. En los trópicos, que cuentan con la mitad de la biomasa forestal del mundo, la pérdida de cubierta arbórea se ha acelerado dos tercios desde el 2015. Si fuera un país, las pérdidas convertirían a la selva tropical en el tercer emisor de dióxido de carbono más grande del mundo, después de China y Estados Unidos.

La cuenca del Amazonas es el lugar donde el riesgo es más alto, y no solo porque contiene el 40% de las selvas tropicales del mundo y alberga entre el 10 y el 15% de todas las especies terrestres. Las maravillas naturales de Sudamérica quizá estén peligrosamente cerca del punto crítico más allá del cual será inevitable que se conviertan en lugares parecidos a estepas, aunque las personas dejen de talar.

El presidente brasileño Jair Bolsonaro está acelerando el proceso en nombre del desarrollo, según dice. El colapso ecológico que sus políticas quizá precipiten se sentiría de manera más drástica dentro de las fronteras de su país, que abarcan el 80% de la cuenca, pero se extendería más allá de ellas. Esa situación debe prevenirse.

Los seres humanos han estado mermando las selvas tropicales de la Amazonía desde que se asentaron ahí hace más de 10.000 años. Desde la década de 1970, lo han hecho a una escala industrial. En los últimos 50 años, Brasil ha cedido el 17% de la superficie original de la selva, más grande que el área total de Francia, a las carreteras, las presas, la tala, la minería, el cultivo de soja y la ganadería. Tras una iniciativa gubernamental de siete años para ralentizar la destrucción, aumentó de nuevo en el 2013 debido al cumplimiento debilitado y a una amnistía destinada a quienes deforestaron las selvas en el pasado. La recesión y la crisis política afectaron aún más la capacidad del gobierno de hacer cumplir las normas.

SIERRAS ELÉCTRICAS

Ahora, Bolsonaro ha permitido con gusto la entrada de las sierras eléctricas. Aunque el Congreso y los tribunales han bloqueado algunas de sus iniciativas dedicadas a arrebatarles su estatus de territorio protegido a algunas zonas de la Amazonia, el presidente de Brasil ha dejado claro que quienes violen las reglas no tienen nada que temer, a pesar del hecho de que fue electo para que restaurara el orden público. Puesto que entre el 70 y el 8% de la tala en la Amazonia es ilegal, la destrucción ha aumentado a niveles históricos. Desde que se hizo del cargo en enero, los árboles han estado desapareciendo a una tasa de más del doble del equivalente a la superficie de Manhattan a la semana.

La región de la Amazonia es poco usual en cuanto a que recicla gran parte de su propia agua. Conforme las selvas se encogen, hay menos reciclaje. Tras cruzar cierto umbral, eso provoca que más zonas de la selva se sequen, de tal manera que, en cuestión de décadas, el proceso se vuelve un ciclo. El cambio climático está acercando ese umbral año a año conforme aumenta la temperatura de la selva. Bolsonaro lo está llevando al límite. Los pesimistas temen que el ciclo de degradación incontrolada quizá comience cuando desaparezca de un 3 a un 8% más de la selva, lo cual podría ocurrir pronto con el gobierno de Bolsonaro. Algunas pistas sugieren que los pesimistas quizá tengan razón: durante los últimos quince años, la Amazonía ha sufrido tres sequías graves, y los incendios están aumentando.

El presidente de Brasil rechaza ese tipo de hallazgos, así como la ciencia en general. Acusa a los fuereños de ser hipócritas –¿acaso los países ricos no talaron sus propias selvas?– y, a veces, de usar el dogma del medioambiente como pretexto para que Brasil siga siendo pobre.

NO SOLO BRASIL

“La Amazonia es nuestra”, exclamó Bolsonaro hace poco. Lo que ocurre en la Amazonia brasileña es asunto de Brasil, piensa el presidente. Solo que se equivoca. La “muerte de la selva” afectaría directamente a los otros siete países con los que Brasil comparte la cuenca del río. Reduciría la humedad canalizada a lo largo de los Andes hasta Buenos Aires.

Si Brasil estuviera represando un río de verdad, no sofocando uno aéreo, los países que están río abajo podrían considerarlo un acto de guerra. Conforme se queme y se pudra la enorme reserva amazónica de carbono, las temperaturas en todo el mundo podrían aumentar hasta 0,1 grados Celsius para el año 2100. Quizá pienses que no es mucho, pero el límite ideal del acuerdo de París solo permite un aumento de 0,5 grados Celsius, más o menos.

Los otros argumentos de Bolsonaro tampoco tienen sentido. Sí, el mundo rico ha arrasado con sus bosques. Brasil no debería copiar sus errores, sino aprender de ellos, como lo ha hecho Francia, por ejemplo, al reforestar mientras aún puede.

La paranoia sobre las conspiraciones de Occidente es solo eso. La economía del conocimiento le da un valor mucho más grande a la información genética contenida en la selva que a la tierra o los árboles talados. Aunque no fuera así, la deforestación no es un precio necesario del desarrollo. La producción de soja y res en Brasil aumentó entre el 2004 y el 2012, cuando la tala de la selva frenó un 80%. De hecho, además de la Amazonia en sí, la agricultura brasileña quizá sea la víctima más grande de la deforestación. La sequía del 2015 provocó que los productores de maíz en el estado central brasileño de Mato Grosso perdieran un tercio de su cosecha.

PROTECCIÓN

Por todos estos motivos, el mundo debería dejarle claro a Bolsonaro que no tolerará su vandalismo. Las empresas alimentarias, presionadas por los consumidores, deberían rechazar la soja y la res producidas en terrenos de la Amazonia talados ilegalmente, como lo hicieron a mediados de la década del 2000. Los socios comerciales de Brasil deberían condicionar sus acuerdos para que haya un buen comportamiento. El acuerdo al que llegaron en junio la Unión Europea y el Mercosur, un bloque comercial sudamericano cuyo miembro más grande es Brasil, ya incluye disposiciones para proteger la selva tropical. A todos les conviene mucho aplicarlas. También es algo que le interesa a China, que se muestra ansiosa respecto del calentamiento global y necesita que el sector agrícola brasileño alimente su ganado.

Los signatarios adinerados del Acuerdo de París, quienes prometieron pagarles a los que están en vías de desarrollo para plantar árboles que absorban el carbono, deberían hacerlo. La deforestación conforma el 8%o de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, pero atrae tan solo el 3% de la ayuda destinada para combatir el cambio climático.

Si acaso hay algo positivo en las tácticas de tierra quemada que emplea Bolsonaro en la selva tropical, es que han hecho que la crítica situación de la Amazonia sea más difícil de ignorar, y no solo para los fuereños. El ministro de agricultura de Brasil animó a Bolsonaro a permanecer en el Acuerdo de París. La deforestación descontrolada podría terminar afectando a los campesinos brasileños si en el extranjero se boicotean los productos agrícolas brasileños.

Los ciudadanos brasileños deberían presionar al presidente para que cambie de dirección. Tienen la bendición de contar con un patrimonio único en el planeta, cuyo valor es tanto intrínseco y vital como comercial. Dejar que perezca sería una catástrofe innecesaria.