La sociedad en su conjunto debe evaluar si existen o no otras cosas en la vida además del trabajo. Al igual que todos los años, el año que comienza solo tendrá aproximadamente 8.800 horas. La mayoría de la gente pasará cerca de una tercera parte de ese tiempo durmiendo, y más o menos otra tercera parte peleando en las redes sociales. La mayor parte del tiempo restante lo pasará en el trabajo. En algunos rincones del mundo de la política hay cada vez mayor interés en tratar de reducir la cantidad de tiempo que la gente debe pasar en el trabajo.

El Partido Laborista del Reino Unido ha dicho que considerará la instauración de la semana de cuatro días laborales la próxima vez que suba al poder. A los personajes de la izquierda estadounidense también les atrae esa idea. Para poder evaluar si dichas propuestas de reducir el tiempo de trabajo tienen algún fundamento, primero necesitamos entender por qué todavía no se han reducido más las horas en esos países.

La disminución de las horas de trabajo por persona es uno de los beneficios menos proclamados del desarrollo económico. A finales del Siglo XIX, los trabajadores de las economías industrializadas casi solo trabajaban. En 1870, el trabajo de tiempo completo por lo general representaba entre 60 y 70 horas de trabajo a la semana, o más de 3.000 horas al año. Durante el siglo siguiente, el alza de los salarios estuvo acompañada de un descenso constante en horas laborales por semana, que para 1970 se habían reducido a cerca de 40, en promedio. Aunque fue un beneficio menos visible que una mayor remuneración o un nivel de vida más elevado, esta reducción fue un regalo de más o menos mil valiosas horas de tiempo libre cada año para los trabajadores.

Es difícil medir las horas trabajadas. Pero los mejores análisis indican que esos regalos han sido mucho menos generosos desde entonces, al menos en algunos países. En Francia y Alemania, las horas de trabajo por persona han seguido disminuyendo durante las últimas décadas, si bien con mayor lentitud que en el pasado. En Alemania, donde uno de los sindicatos más grandes recientemente obtuvo para sus trabajadores el derecho a una semana laboral de 28 horas, ahora los trabajadores dedican al trabajo menos de 1.400 horas al año. El descenso en Estados Unidos y el Reino Unido ha sido considerablemente menor; de hecho, la jornada laboral en esos países ha aumentado desde el año 2000.

¿Por qué varía tanto el tiempo que pasamos trabajando? Los análisis de las diferencias entre los países se enfocan en la cultura: desde luego, los europeos, amantes del placer, dedican menos horas al trabajo que los puritanos estadounidenses y los afanosos coreanos. Sin embargo, con frecuencia esas historias no son del todo ciertas. Por ejemplo, los italianos y los griegos trabajan muchas más horas que sus vecinos del norte supuestamente más diligentes.

Por su parte, los economistas a menudo consideran la opción de trabajar más o menos horas en términos de la “sustitución” contrapuesta y los efectos en los “ingresos”. Los factores que aumentan la rentabilidad del trabajo (como las reducciones de las tasas impositivas marginales o un mayor salario) hacen que cada hora de trabajo sea más lucrativa, y por tanto puede hacer que los trabajadores elijan trabajar más: sustituir horas laborales por tiempo de ocio. Por otra parte, cuando las personas son más ricas, tienden a consumir más de las cosas que disfrutan, incluyendo el placer. Así que una mayor rentabilidad efectiva del trabajo, mediante el aumento del ingreso, también puede provocar una caída.

En la mayoría de los estudios se ve que, en la práctica, predomina el efecto del ingreso: cuando aumentan los salarios, la gente trabaja menos. Entonces, en realidad parece extraño el reciente aumento en las horas de trabajo en EEUU y el Reino Unido, especialmente debido a que la jornada laboral está aumentando más entre los trabajadores de altos ingresos. Está de moda explicar esta singularidad mencionando que cada vez se disfruta más el trabajo altamente calificado. Los profesionales del saber actuales están rodeados de colegas inteligentes que abordan problemas difíciles e interesantes de importancia en el mundo real. ¿Por qué tendrían que sacrificar el tiempo que pasan de esa forma tan gratificante a cambio de las horas dedicadas a actividades de ocio que a menudo son menos satisfactorias?

Sin duda, eso describe la situación de algunos trabajadores afortunados. Sin embargo, existe más de una forma de ver esta dinámica. Por ejemplo, las investigaciones de Linda Bell del Barnard College y de Richard Freeman de la Universidad de Harvard concluyeron que la desigualdad explica gran parte de las diferentes jornadas laborales en EEUU y en Alemania. Cuando la pendiente de ingresos en una economía o dentro de alguna ocupación es más empinada, la gente trabaja más y por más tiempo a fin de aumentar sus probabilidades de ascender en la escalera de los ingresos. Por lo tanto, tal vez la desigualdad contribuya a que haya un producto interno bruto más elevado (la diferencia en productividad por persona entre EEUU y Bélgica, por ejemplo, depende totalmente de la diferencia en las horas de trabajo más que de la productividad por hora). Pero como resultado, el éxito en las profesiones selectas depende tanto de la disposición de concentrarse en el trabajo y dejar de lado todo lo demás, como de otros factores.

ES MEJOR JUNTOS

Además, quizás muchos trabajadores sientan que no tienen control sobre la cantidad de tiempo que se espera que trabajen. Según Michael Huberman de la Universidad de Montreal y Chris Minns de la Escuela de Economía de Londres, el poder laboral importa tanto como la desigualdad para determinar las tendencias en cuanto a la jornada laboral. Históricamente, las organizaciones sindicales han encabezado la lucha por reducir las horas de trabajo. Los debilitados sindicatos de EEUU y del Reino Unido han sido mucho menos capaces de obtener concesiones que sus contrapartes del continente. De igual forma, no han tenido la fuerza para conseguir los mejores salarios que permitirían que la gente más pobre trabajara menos sin tener que recibir ingresos inaceptablemente más bajos.

El papel que han jugado los sindicatos en la obtención de semanas de trabajo más cortas no es solo por su capacidad de negociación. En un aspecto importante, es necesariamente colectiva la decisión de qué tanto trabajar. Los profesionistas, sin importar cuánto les guste su trabajo, podrían llegar a apreciar un mundo en el que formar una familia o tomar todos los días de vacaciones asignados no implique que pierdan la oportunidad de acceder a un ascenso laboral. Pero a menos que los profesionistas se pongan de acuerdo para hacer un recorte de manera colectiva, los que eligen dedicar más tiempo al ocio se arriesgan a quedar fuera de la jugada y dejar las decisiones a las pocas personas obsesionadas por el trabajo que ascienden a puestos gerenciales.

Igualmente importante es que las decisiones individuales con respecto al trabajo inevitablemente se producen como respuesta a las elecciones hechas por los compañeros. Edward Glaeser de la Universidad de Harvard, Bruce Sacerdote del Dartmouth College y José Scheinkman de la Universidad de Columbia describen un efecto “multiplicador social”, que se resume en la idea de que pasar el tiempo de una forma en especial se disfruta más cuando otras personas hacen lo mismo. Sale caro faltar al trabajo cuando los demás están ahí y es más divertido asistir a festivales cuando los demás también están libres para hacerlo. Es importante tener una flexibilidad individual para elegir las horas de trabajo; cada persona tiene diferentes necesidades y preferencias. Sin embargo, en un cierto nivel, la sociedad en su conjunto debe evaluar si existen o no otras cosas en la vida además del trabajo.