La economía estadounidense experimenta fuerzas en muchas direcciones. Quizá los mercados financieros se hayan tambaleado desde hace algunas semanas; es cierto que el índice S&P 500 cayó un 7,3 por ciento en octubre. Sin embargo, la economía real de Estados Unidos todavía parece gozar de una excelente salud. Las cifras divulgadas el 26 de octubre reflejan un crecimiento económico del 3,5 por ciento, expresado en tasa anualizada, para el tercer trimestre del 2018. La mayoría de los economistas esperaban una ralentización más pronunciada después de la expansión del 4,2 por ciento registrada en el trimestre anterior. Solo en otra ocasión desde la crisis financiera, en el 2014, Estados Unidos ha experimentado dos trimestres consecutivos con un crecimiento tan rápido. ¿Podrá prolongarse esta racha?

Muchos temen que no será así. La economía recibió un impulso temporal gracias a los recortes fiscales del presidente Donald Trump. Si bien esos recortes se seguirán aplicando, es posible que su efecto en el crecimiento no perdure. Junto con la ley presupuestaria de febrero, impulsarán el crecimiento anual del producto interno bruto entre 0,6 y 0,8 puntos porcentuales al cierre del 2018. No obstante, en el mejor de los casos, su influencia se desvanecerá hasta 0,3 puntos porcentuales en el 2019, según cálculos de Karen Dynan y Jason Furman, del grupo de expertos Instituto Peterson de Economía Internacional. La mayoría de los pronósticos esperan que Estados Unidos regrese pronto a una tasa de crecimiento más cercana al dos por ciento, y que el principal legado de los recortes fiscales sean unas finanzas públicas debilitadas.

Los partidarios de los recortes fiscales replican que estos desencadenarán un mayor crecimiento y más inversiones de manera permanente. Aunque el envejecimiento de la población es un lastre, el auge de la economía podría favorecer un crecimiento más rápido en la productividad. Así se obtendría el último ingrediente faltante para la recuperación y el crecimiento tendría apoyo, aunque el efecto inmediato del estímulo fiscal vaya desapareciendo.

A primera vista, los datos de crecimiento no ayudan mucho para concluir este debate. En el primer semestre del 2018, en comparación con el mismo período del 2017, los impuestos individuales sobre la renta bajaron cerca de 0,4 puntos porcentuales como proporción del PIB, mientras que los corporativos bajaron alrededor de 0,7 puntos porcentuales. En el tercer trimestre, la tributación y el gasto del gobierno aportaron cerca de 0,7 puntos porcentuales del total de la tasa de crecimiento del 3,5 por ciento, según cálculos del centro de estudios Instituto Brookings. Aunque es la mayor aportación del gobierno al crecimiento real del PIB desde el 2010, la economía quizá experimentaría el repunte en crecimiento incluso sin ella.

Sin embargo, una inspección más detallada revela que más datos respaldan a la perspectiva pesimista. Consideremos los dos componentes del crecimiento: inversión y comercio. Las inversiones fijas no destinadas a terrenos fueron muy bajas en el tercer trimestre, en particular dada la solidez de la economía en general. Solo el 12 por ciento de las 116 empresas encuestadas hace poco por la Asociación Nacional de Economía Empresarial declararon haber hecho mayores inversiones debido a los recortes fiscales. Se necesita mucho tiempo para planear las inversiones y los datos no son muy claros. No obstante, el plan era que el recorte fiscal aprobado por Trump produjera una bonanza sostenida en las inversiones. Hasta ahora, no hay muchas señales de que sea el caso.

Es posible que también haya problemas en el mercado inmobiliario. La inversión privada en vivienda, incluido el gasto de los arrendadores en equipo, experimentó una baja por tercer trimestre consecutivo. Algunas posibles explicaciones son que la demanda se vio limitada por la asequibilidad, y la oferta quedó restringida por los mayores costos del terreno, una escasez de mano de obra inmigrante para la construcción y aranceles que han elevado los costos. Es posible que también los cambios en el tratamiento fiscal de la vivienda y los aumentos en las tasas de interés tengan cierta injerencia.

Por su parte, los aranceles de Trump están sacudiendo el comercio. Aunque las ventas de soja registraron un aumento, la tendencia ya se ha revertido. Las empresas se surtieron de inventario, lo suficiente para sumarle dos puntos porcentuales al crecimiento para el tercer trimestre. El problema es que quizá fue como parte de sus preparativos para enfrentar el aumento en los precios de las importaciones tras la entrada en vigor de los aranceles a los productos chinos. En tal caso, esos inventarios representan un gasto anticipado en vez de un crecimiento genuino. Es posible que la reducción en las inversiones se deba a inquietudes de índole comercial. La edición más reciente del Libro beige de la Reserva Federal, que reúne comentarios del sector privado sobre la economía, incluye varias menciones de la incertidumbre que impera en el ambiente comercial.

Si la inversión no aumenta, el crecimiento dependerá más del consumo, que a su vez depende de alzas en el empleo, las horas de trabajo y los salarios reales. “La permanencia de la expansión depende por completo del mercado laboral”, afirmó Julia Coronado, de la consultora MacroPolicy Perspectives. Hasta ahora, parece estar resistiendo. Los salarios en el sector privado están creciendo al ritmo más rápido visto en una década; se esperaba de algunos datos que debían divulgarse el 2 de noviembre que mostraran otro mes de aumentos sostenidos en el empleo, así como un alza en los salarios suficiente para colocar el cambio con respecto al año anterior por encima del tres por ciento por primera vez desde el 2009.

Puede presentarse otro riesgo como resultado: que la Reserva Federal aumente las tasas de interés demasiado rápido. El banco central debe responder de manera adecuada a la aplicación y el retiro de los estímulos fiscales. No se espera que aumente las tasas de interés en su siguiente reunión, que concluirá el 8 de noviembre. De cualquier forma, los inversionistas esperan otro aumento en diciembre, y tres más durante el 2019. En vista de que los mercados se han ralentizado, estas expectativas casi no han cambiado, pero podrían hacerlo si los datos de la economía real experimentan un giro sorpresivo para mal (las tasas más altas también podrían explicar la ralentización en la inversión).

Claro que los pesimistas están en lo correcto cuando expresan que, aunque haya espacio de maniobra para que la productividad crezca más rápido, el crecimiento se desacelerará conforme vaya desapareciendo el estímulo fiscal. Además, es más fácil para la Reserva Federal manejar una recesión si sabe que se avecina, en vez de ser algo que surja repentinamente. Hay que recordar que, por lo regular, antes de una recesión se aplican medidas monetarias demasiado agresivas. Quizá el crecimiento se vea bien por ahora. Sin embargo, los encargados de las políticas deben estar listos para actuar de inmediato.