Por: Javier Barbero

Claro que no podemos saberlo. Aunque apelemos a la lectura de cartas, a los horóscopos, a consejeros o a médiums. No podemos anticiparnos a lo que va a pasar por el sencillo hecho de que no podemos controlar nada. Esto es así, aunque estemos en un paradigma donde nos educan en el control y en el volver predecibles a los demás, al tiempo y a las cosas.

Podemos tener fe y alimentar una esperanza. Podemos hacer hasta ciertas predicciones de que un elemento A, en condiciones B, puede terminar siendo C. Sin embargo, casi siempre ocurren quiebres, excepciones a la regla y aspectos que no tuvimos en cuenta cuando afirmamos que esto o aquello ocurriría. El desafío es —desde mi perspectiva de coach— aprender a ser y a estar relacionados sin saber cómo serán las cosas. ¡Qué fuerte suena!

Aun aquello que sucedió tal como creíamos seguirá estando en caos mientras esté vivo. La entropía o el desorden parece ser una ley del universo físico. La entropía es visible todo el tiempo en los cambios emocionales que tengo, en las hojas de la planta que se secan y mueren, en las nubes que cubren el sol, en la enfermedad del cuerpo que aparece sin que la desee, en lo que mi pareja siente, en los accidentes que acontecen, en la bolsa de valores.

No sabemos cómo serán las cosas. Sólo sabemos que mientras haya vida tendremos la posibilidad de elegir cómo responderemos ante aquello que nos pasa o que nos toca.

Entonces, podemos comenzar por ver que el reto es recordar que ante lo vivo no podemos controlar casi nada. Y que una relación es algo vivo. Y que mi mente es algo vivo. Y que todo lo vivo tiene autonomía.

Un espacio saludable en una relación es conversar sobre qué queremos que en esa relación suceda. Y elegir cómo trabajar para que ese resultado pase. Considerando que lo que hoy consensuamos, ante otras circunstancias deberá ser rediseñado o negociado. Estar del lado de la vida de una relación es responder, no tener, no convertir lo vivo en una certeza de cartón pintado.