A todos, en algún momento, nos duele vivir.

No nos causa dolor la vida. La vida no nos hace nada. Solo es un hecho que sigue siendo un misterio infinito más allá de las explicaciones científicas, ideológicas y metafísicas. La vida “es”, independientemente a nuestras historias personales. Ella elige por nosotros incontables veces y nosotros a su vez elegimos qué hacer con lo que la vida ya determinó.

Tampoco —y esto es una perspectiva personal—, necesariamente el universo siempre “conspira”, como dice Coelho. Todos nos hemos confrontado con situaciones que no hubiéramos preferido y se nos han roto en pedazos las expectativas porque a pesar de orar, imaginar, creer o esperar, las cosas no sucedieron como hubiéramos querido.

Y es en los momentos en que nos duele vivir que tenemos la libertad de crear un útero privado donde nutrirnos y hasta resguardarnos para —literalmente— poder seguir y sobrevivir a “eso” que nos ha roto el corazón, con esperanza y ganas de seguir respirando.

El útero que podemos crear es según las palabras de mi maestra Katia del Rivero “el acto de hacerme responsable de mí y crearme un espacio propio y de posibilidades para mí, sabiendo que soy capaz de hacer eso porque soy un ser humano igual de valioso y capaz que cualquier otro (…)”.

Y ese acto de hacerme responsable de mí puede comenzar creando un refugio privado ante el desamparo. Puede que resulte fuerte, sin embargo, es un hecho y por eso lo repito: la vida “es”, independientemente a nuestras historias personales. “La vida quiere vivir”, decía un memorable personaje de Memorias de Antonia, de la cineasta Marleen Gorris. Y eso “es”, la acepte o no tal cual se presenta. Me conecte o no a su energía. Me ría o llore.

En las redes sociales y en las conversaciones cotidianas se juzga a la vida como si se tratara de nuestro más odiado o amado vecino. Es habitual escuchar cosas como: “La vida es injusta”, “La vida me ama”, “La vida es un suplicio” o “La vida es bella”.

Y si bien todos decimos declaraciones similares desde la lingüística, es posible mirar que “injusta”, “me ama”, “suplicio” y “bella” son tan solo juicios que hacemos con nuestra mente al interpretar los hechos de una manera o de otra. De allí que un postulado muy sostenido hoy desde la neurociencia es que de alguna forma “cada quien vive la realidad que crea desde su forma de percibir y de dar significado”.

Por eso, aunque sea natural pensar que “la vida es injusta” en un escenario particularmente duro y hasta trágico, también es un acto creativo poder darnos a nosotros mismos un espacio cómodo y calentito donde reposar y aliviar nuestro corazón quebrado.

Y este útero espiritual se construye con todo aquello que desde la persona que sos, signifique nutrición y cobijo. Entonces, el “refugio” para tomar fuerzas y seguir, para transitar un duelo o reconstruirte por dentro, puede ser profundizar en tu fe, elegir a propósito estar rodeado de personas amadas, darte un permiso que hace mucho no te das y mandar por un rato todo al carajo para liberarte y ser quien necesitás ser, independientemente de lo que se espera de vos, de lo que digan, de lo que crean los otros.

Diseñar un útero puede ser retomar esa vocación que dejaste atrás, irte de viaje y estar a solas, hacer un trabajo de ayuda comunitaria o lo que para vos signifique algo bueno.

Por último, el útero siempre se define por vos. Los úteros ajenos y prestados terminan en la mayoría de los casos siendo parches o alivios momentáneos. Cuando nos duele vivir, un acto soberbio de sanación es que no nos importe nada más allá de lo que necesita nuestro ser para seguir conectado a la vida. Una vida que sigue su curso, que “es”, que no se detendrá para llorar a nuestro lado o reír a carcajadas.

Parafraseando al genial Viktor Frankl, quien atravesó la experiencia de vivir en un campo de concentración, es nuestra responsabilidad buscar o recuperar un sentido para poder seguir viviendo. El útero personal puede ser un buen lugar mientras tanto.