Por: Javier Barbero

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¿Cómo se enfrenta la gente a las situaciones difíciles? ¿Qué es aquello que nos permite adaptarnos a situaciones traumáticas como la pérdida de un ser querido, un trabajo, o incluso cuando nos anuncian que tenemos una enfermedad grave? La respuesta se llama resiliencia.

La resiliencia es la capacidad de afrontar las adversidades y lograr adaptarse ante las tragedias, los traumas, las amenazas o el estrés severo.

Que seamos resilientes no significa que no experimentemos dificultades o angustias, ya que en algún momento de nuestras vidas todos sentimos tristeza, incertidumbre, malestar o dolor, ya sea físico o emocional. Ser resilientes significa que a pesar de todos los obstáculos que se nos presenten y el gran impacto que tienen las situaciones en nosotros, somos capaces de sobreponernos e ir adaptándonos bien a lo largo del tiempo.

Para ser resilientes es fundamental conectar con el estado de realidad de lo que nos toque vivir. Porque este recurso no se desarrolla en la negación de los hechos.

Por una parte es importante tener clara la visión y por otra saber que las cosas no dependen al cien por cien de nosotros. Es muy importante no crearnos expectativas de cómo van a suceder las cosas, o cuándo. Uno tiene que estar muy alerta y preparado para cambiar de dirección o de planes. La vida nos va indicando este camino.

Si uno está atento y se va adaptando a los resultados que le van llegando, no tendrá frustración y estará en reinvención constante, siguiendo la danza de la vida. La frustración viene cuando nos hemos puesto altas expectativas, hemos seguido el camino que pensábamos sin tener en cuenta ninguna señal y luego, los resultados no fueron los esperados.

Todo es un aprendizaje.